Crónicas de París sin Torre Eiffel.
Los mimos, igual que los bebés, vienen de París. Ettienne Decroux inventó la mima corpórea, y luego su alumno Marcel Marceaux hizo famosa la pantomima blanca, y Lecoq tuvo durante años una auténtica fábrica de mimos. Un mimo como yo tendría que terminar en París tarde o temprano. Nunca pensé que fuera a ser tan pronto, aunque siempre he lamentado que Decroux muriese en 1992, tres años antes de que yo me convirtiera en mimo. Lamento de veras no haberlo conocido.
El pueblo francés fue el más feliz del planeta cuando la selección francesa ganó el mundial de fútbol. Cuatro días después, un avión aterrizó en el aeropuerto de Orly con su servilleta dentro. Ah, sí, París, la ciudad más romántica del mundo, de donde vienen los bebés y adonde van los mimos a tomar cursos de verano. Pronto habría de descubrir que la Torre Eiffel es lo menos sorprendente que hay por allí.
Primero un bus me llevó a alguna parte. Comencé a caminar sin rumbo, y pronto me hallé un callejón que daba a una mansión del más puro estilo Herman Monster. Leí la placa en la reja: "Este es el observatorio de París. Por aquí pasa el meridiano de París. Visitas guiadas gratuitas a tales y tales horas."
O.K. Después del avionazo transatlántico yo estaba muy desubicada, así que me senté en el meridiano de París a ubicarme. ¿Han notado la tendencia que tienen los relojes electrónicos a descomponerse durante los viajes? Mi reloj más querido, después de estar durante cinco años conmigo, se descompuso durante un viaje en tren de Saltillo para acá. Bueno, el infame relojillo que cruzó el atlántico conmigo tuvo la gentileza de seguir andando, pero se le descompusieron los botones, así que me costó un round de lucha libre adelantarlo las nueve horas que el meridiano de París le lleva de ventaja al de Monterrey.
Ahora, era tiempo organizar el resto del día.
Lógicamente (la lógica disfunciona, al igual que los relojes) comencé por el punto número dos. Consulté mi Guía Michelin y enfilé para la estación de metro más cercana. Se me atravesó en el camino, para mi desgracia, una avenida más o menos importante, con tres carriles en cada sentido. Oh, bueno, no era nada que yo no pudiese superar con ayuda de un semáforo, y seguramente tenía que haber uno en la esquina. En la esquina, un montón de coches esperaban la luz verde... pero ¿dónde está el semáforo? Rayos. Contemplé a los coches arrancar, y veinte segundos después los ví hacer alto, pero no podía hallar el semáforo por ninguna parte. Analizado el caso, el semáforo terminó por aparecer. Mis dificultadas para encontrarlo eran perfectamente explicables y comprensibles en virtud de que el aparato y las tres luces medían en total unos cincuenta centímetros. Era casi un semáforo con focos de cocina. Misterio resuelto. Compré algunos boletos de metro en un expendedor automático aparentenmente diseñado por Pedro Picapiedra. Menos mal que mi entendimiento con las máquinas es de lo más natural. Los espacios publicitarios del metro estaban llenos de retratos de Diego Rivera, detalle que me hizo sospechar que el avión no me había llevado de Dallas a París, sino de Dallas al D.F., en algún recorrido guardagújico. Las estaciones, sin embargo, se sucedían cada quinientos metros, cosa totalmente imposible en el D.F. Viendo la cosa con más calma, resultó que un museo francés había montado una retrospectiva conjunta de Diego y Frida. Los museos franceses anuncian sus exposiciones en el metro. Locos.
En el teatro me recibieron mal. "Oiga, esto es un teatro, no hay videocasettes por aquí. ¿Está usted bien de cabeza?" Hombre, pues no del todo, pero gracias de todos modos. A pie con mi ridículo equipaje a cuestas anduve algunas calles. Terminé en avenida Constitución. No... el río llevaba agua, así que no podía ser Constitución. Desorientada, alcé la vista, y allí está La Puerta de Alcalá... no, tampoco. La ferrosa, oxidadota Torre Eiffel. Era el momento de repasar mi lista cosas qué hacer. Ahora, otra vez lógicamente, me tiré en el pasto a dormir. El asunto del alojamiento estuvo muy entretenido. "No tenemos espacio aquí, pero hay un cuarto en el albergue de junto" Ya estás peinao pa’ tras. "Décimo piso. El elevador de los pisos pares está al fondo" ¡Décimo! ¡Que qué! ¿Qué tipo de conejera es esta? Mi ánimo no mejoró mucho al descubrir que el elevador era sustancialmente más pequeño que un refrigerador. Bueno, necesitaba un sitio para pasar el fin de semana, antes de que los mimos brasileños pudiese ayudarme a encontrar alojamiento para todo el verano. El cuarto resultó ser la cama, el clóset y dos mesas, ventana al poniente...y medio metro cuadrado de piso libre; pero eso sí, estupenda vista. Me desconecté el cerebro un rato. Veinticuatro horas después, mi aburrimiento me hizo bajar por las escaleras los diez pisos y hablar con la recepcionista. Oye, que si no sabes dónde se aloja un hispano, para platicar un rato. "Vamos a ver... Rodríguez, éste podría ser...504" En menos que lo cuento Rodríguez me llevó a la cafetería y me presentó a un puñado de auténticos hispanos peninsulares.
"Ah, tú erez de Monterrey. Acá todoz los mexicanoz que conocemos zon de Monterrey, del Tec. Ahorita justamente hay doz chavaz. Míralas, allá vienen." Aparecieron un par de chavas bonitas.
"Tipo de que, vamos a una disco. Nos dijeron que está tipo bien padre."
Que les vaya bien, niñas, yo soy mimo y tengo que estar bien descansada para mi clase. Los españoles igualmente se excusaron de ir a la disco. "Ezaz mujerez son tremendaz. Gastan como mil dólarez al día."
No, pues sí. Españolitos del corazón, cuéntenme cómo estuvo la crisis del control del fútbol en la Madre Patria. "Pues nada, doz televisoraz se disputaban la excluziva de la tranzmizión de los partidoz." En eso más o menos transcurrió mi fin de semana, y llegó el único, terrible, y espectacular lunes. Ahora mi misión imposible consistía en encontrar la escuela. Había que ir a la estación Belleville del metro. Eso de Belleville sonaba como al Príncipe del Rap, que vive en Bell Air. Consulté una vez más la Guía Michelin. Eran como tres cuadras hasta la rue Bisson. Rue Bisson, número 10, tercer piso, segunda puerta, allí debía estar la escuela de los mimos. El edificio estaba muy feo, pero no tan feo como la escalera, de caracol, de madera, oscura, telerañienta, y... ¿apestosa? Toqué en la segunda puerta. Me abrió una de esas señoras que salen en las películas de la guerra de Viet-nam. Hola, busco al maestro Tommy Leabhart, que va a dar una clase de mima corpórea. La señora, que obviamente no hablaba ni francés ni español ni nada entendible para mis occidentales orejitas, puso cara de susto. Yo creo que era budista, porque si hubiese sido cristiana habría echo la señal de la cruz y rezado La Magnífica. Hice de nuevo el espeluznante recorrido por las escaleras, con la sana esperanza de no haberle causado un infarto a la chinita. Estupendo. Ahora, subsistía la imperante necesidad de encontrar mi escuelita. Desdoblé el papel donde estaba la dirección. Rue Bisson, 10ter. Ter ter ter ter… he allí la clave del misterio de la chinita. En la ciudad de México, cuando por esas cosas incomprensibles de la vida hay dos números iguales en la misma calle, al segundo número se le agregaba "bis." Donceles 14 bis. Entonces, está claro, esas cosas incomprensibles de la vida ocurren en París más a menudo, y entonces, naturalmente, llega a suceder que en la misma calle existan tres edificios con el mismísimo número. Aquí en la rue Bisson, por ejemplo, estaba el número 10, es decir, la pulguienta vecindad donde vive la chinita; el número 10 bis, que es una maquiladora de ropa... y, por supuesto, el 10 ter que es donde está la escuela de los mimos. Más claro ni el agua. Subí la escalera para encontrarme finalmente con Tommy Leabhart, el famosísimo editor del Mime Magazine, el alumno gringo del profe Decroux, y también el chaparrito pelón que ahora estaba frente a mí. "Ah, tu eres Tania, de México, lo pude adivinar desde que entraste." Así que el tal Tommy resultó adivino. Supér. Tomaré mis clases con un mimo gurú y adivino. Llegaron los demás. Tommy hizo una pequeña encuesta para decidir en qué idioma dar la clase. Sorpresa. Entre las veinticinco personas del grupo, había seis franceses. ¿El resto? Mimos comunes y corrientes, venidos de casi todo el mundo occidental, Europa del Este incluida. A la hora de comer la delegación de mimos comelones salió en busca de los restaurantes de chinos. Frente a un plato de sushi vegetariano Elke, de Bélgica, y Hutta, de Austria, trataban de explicarle al joven brasileño Louis que el flamenco, "dutsch," es distinto del alemán, "Deutsch," y por consecuencia ellas tenían que entenderse en inglés. En esos laberintos estábamos cuando apareció un vendedor de chácharas ofreciendo gorilas de pilas. El vendedor puso a un gorilita en el piso y lo encendió: "Dale a tu cuerpo alegría, Macarena..." y el gorililla agitaba los brazos y la cadera. Genial. La Macarena me persigue hasta el restaurante chino del barrio más recóndito de la ciudad más romántica del mundo. Sáquenme de aquí. Al final de la clase de la tarde halleme de nuevo en la urgente necesidad de pedir posada. La flamenca y la austriaca se quedarían en un departamento de la novia del brasileño, a tres cuadras de la escuela, pero me negaron asilo. Eso estuvo muy bien, porque esa misma noche las muchachas descubrieron que el departamento incluía un número ciertamente ingrato de pulgas. Hutta pasó buen tiempo telefoneando farmacias, hasta que encontró una donde se hablaba inglés, y al preguntar por un pulguicida efectivo, el farmacéutico le respondió "Mate usted al gato" y colgó. Los franceses a veces son un tanto histéricos. El caso es que eran las nueve pe eme y yo no tenía dónde dormir. Comenzaba a desesperar cuando mi suerte de perro callejero entró en acción y apareció un gigante de cabellera roja. Es decir, una gigante flaquísima de cabeza roja, es decir, Britta, que dijo que en su casa había espacio y que iba para allá con obligada escala en la tienda de la esquina para comprar chelas. Le pregunté si hablaba alemán, y respondió que no sólo eso, sino que era alemana, entonces procedí a decir "toll," como quien dice, chido. Dimos como ochenta mil vueltas por el barrio, porque allá en el rancho casi ninguna tienda está abierta a las nueve de la noche. Finalmente fue posible agandallar un par de caguamas, de marca impronunciable. La "casa" resultó ser un depita misérrimo en el sexto piso de una vecindad, no menos despostillada que el 10 de la rue Bisson. La diferencia básica es que este era el 27 de la rue Morand, y que el tramo final de la escalera estaba tapizado con posters de Nueva York. Pero
¿No es todo esto muy grato? A medida que avanzó la cena Britta confesó no ser en realidad alemana, sino rumana. Hablaba rumano, así que encontró muy agradable el español, muy digno de curiosidad y de atención. Hablar español fue todo un alivio en ese rato, aunque a causa de la cerveza estuve hablando alemán como si hubiese nacido en Hamburgo y no en Veracruz. Esto me provocó que Britta me ascendiera de la categoría de aborigen exótico a la de persona civilizada.
Pronto Britta y yo establecimos rutinas de coexistencia pacífica. A mí me tocaba hacer el desayuno, a ella la comida, y la cena era recalentado. Lo más aparatoso del desayuno era ir por el pan. La panadería estaba a la vuelta, pero bajar y subir seis pisos antes de haber despertado requería una buena dosis de buena voluntad. Claro, que cualquier cosa era preferible a comer el pesadísimo y detestable pan negro que Britta había traído de Alemania en cantidades industriales. Guácala. Tuve que comer, a pesar de todo, dosis considerables de este pan, porque despreciar el pan negro de un alemán que te da alojamiento es muy descortés, y muy temerario. Bueno, la cosa se puso de maravilla, con las clases de mima corpórea a todo dar y un depa cerca de la escuela, al moderado precio de tener que comer pan negro con mantequilla. Hubo entonces oportunidad de observar con más detenimiento el barrio. El mercado de Belleville se instala los martes y los viernes; no es muy distinto de un mercado mexicano, excepto por dos cosas. Primero, los marchantes, de origen árabe y africano en su mayoría, gritan sus ofertas en francés. Segundo, uno encuentra las frutas y verduras poco reconocibles. En su mayoría se trata en realidad de las mismas frutas y verduras que se ven aquí, pero el cultivo y la mercadotecnia las hacen un tanto distintas. Las sandías, por ejemplo, no suelen ser mayores que un balón de fut. Los pepinos en lugar de ser lisos, gordos y jugosos, son largos, flacuchos, estriados y un tanto resecos. Al igual que aquí, los carteles de ofertas están escritos con pésima ortografía, así que no es una buena idea aprender los nombres de las frutas y verduras en los carteles del mercado, como descubrí al buscar "avricot" en el diccionario. El compañero Bruno compraba plátanos para comer en el descanso de las clases, y eran en realidad plátanos bastante buenos. También era posible conseguir plátano blanco, y eso lo sé no porque haya visto tales frutas en el mercado, sino porque las vecinas de abajo, un montón de negras que tenían un retrato de Charles Barkley tamaño natural pegado en la puerta, freían plátanos de vez en diario, para envidia mía y extrañeza de Britta. Hasta aquí la descripción del mercado. El barrio estaba divertido. Había restaurantes chinos por todos lados, y carteles en chino, y gente que leía periódicos en chino. Digo chino como generalización, vaya el demonio a saber si aquello era de Corea, de Camboya, de Laos o de Sumatra o de todos estos sitios. También había muchísimos negros de cuarta, tercera, y segunda generación, así como recién desempacados del África y anexos. Los más chistosos eran unos que se sentaban a platicar en la banca de la esquina. Usaban babuchas y rezaban en un zaguán por las tardes, cantando de un modo que ponía el pelo de punta.
Un día Britta llegó a la casa de muy buen humor, y me contó que el nieto de la portera estaba enamorado de ella. La portera, la portera... Busqué en mi registro de imágenes y encontré a una vieja flaca, que tenía en la cara una mancha verde, tatuaje asociado con algún rito religioso de otro continente. Entonces la escena se aclaró. Britta llegó y se puso a amarrar la bici al pie de la escalera; y el nieto de la portera del tatuaje verde, que contaría el chiquillo con unos cinco años, se le acercó una y otra vez, hasta que se atrevió a besarla, aprovechándose de que Britta tenía que agacharse para amarrar la bici. Astuto sería el güerco para tomar la ocasión por los pelos, ya que en pocos momentos un enanillo de su magnitud podría alcanzar la cara de la gigantesca rumano-germánica.
Las sobremesas de la cena no ofrecieron mayor novedad hasta que a Britta le dio por contarme la historia de su nacionalidad múltiple. Resulta que en Rumania existe un lugar donde la gente es mayoritariamente germana. Su familia emigró a Alemania cuando ella era niña. Todo muy bonito, pero, ¿cómo dijiste que se llamaba esta zona de Rumania donde hay germanos? "Transilvania" ¡Auxilio! Rescátenme. Alguien despiérteme y dígame que no llevo dos semanas viviendo con una vampira transilvana. Si al menos Britta estuviera más morenita, o más gordita, pues no asustaría tanto, pero para lo flaca y paliducha que es, lo único que me faltaba ahora es que resulte transilvana y, por asociación inevitable, vampira. "No soy vampira, de veras." Ah, seguramente si lo fueras me lo dirías, vampira hipócrita. Esa noche no pude pegar un ojo. Me la pasé pensando en que debí haberme hospedado en casa de Monsieur Bruno, el casanova del grupo, odiado por el grueso de las mimas por su galantería auténticamente francesa. Yo evadía los galanteos de Bruno de la manera más efectiva que conozco para eso: coqueteando con él. Al pobre hombre le entraban remordimientos paidófilos cuando yo lo abrazaba o le hacía piojito a media clase, así que no me molestó más. Mala noche, aquella. Britta apareció la madrugada siguiente, con un encantador cesto de ajos entre las manos, y fantasmagóricamente desapareció. Dormí estupendamente de allí en adelante.
Uno de los entretenimientos favoritos de los mimos era comer en los cafés de árabes que había sobre la avenida Belleville. Se consigue una torta-taco llamada falafe por unos cuantos francos, y café con refill en mesa al aire libre. Entonces uno puede sentirse feliz de no estar en los cafés de la zona turística, donde una coca-cola cuesta setenta pesos. Los vendedores de chácharas franceses son una cosa muy chistosa. Los vendedores mexicanos proceden por enumeración: chicles, chocolates, rollo de guayaba, coco-bandera, a peso, a peso. En cambio los franceses se acercan, muy diplomáticos ellos, y dicen en correcto francés: "¿Se le ofrece a usted alguna cosa?" ¿Pueden creerlo? ¡Alguna cosa! ¡Como si el chacharero trajese en el bolso todas las cosas del mundo! Tales vendedores de "alguna cosa" pululaban en los cafés de árabes.
Me habitué a caminar por las calles prácticamente todo el tiempo que no estaba en clase. Un juego muy divertido consistía en bajar a la estación Belleville del metro a mirar cómo los negros se colaban. Además de los molinetes cuenta-gente, en esa estación hay puertas neumáticas estilo Batman, con la idea de evitar que la gente entre por la salida, o que entre sin pagar. Entrar sin pagar al metro constituye una pequeña fiesta, particularmente en una estación donde se cuelan quince personas en veinte minutos. Descubrí que hay varias modalidades: seguir muy de cerca a alguien que sí tienen boleto y pasar por la puerta neumática antes de que se cierre, saltar por encima de la puerta, o, para los muy flacos, colarse entre las hojas de la puerta.
La legendaria pasión francesa hizo su aparición de modos bastante gráficos. A la compañera Evan, por ejemplo, le vaciaron un bote de agua en la cabeza por utilizar una cabina telefónica por más tiempo del que la señora del bote de agua juzgó razonable. Yo no sufrí ninguna agresión de esa magnitud, pero sí ví mujeres peleando en el metro, y también en una de mis vueltas a la panadería me hallé a una señora llorando en la escalera. Compré varias piezas de pain chocolat, y al subir la escalera se las ofrecí. Las penas con pan son menos, señora. Gruñó algo bien incomprensible. Yo me comí el pan. Algunos perico-perros negros del barrio consiguieron de algún modo unos costales de elotes, y se dedicaron fervientemente a asarlos a leña y vendérselos a quien se dejara. Las piezas eran muy malas y a estos pobres nadie les dijo que para asar a fuego directo un elote hay que dejarlo cubierto de hojas. Por suerte la gente no tenía idea, así que comían los granos carbonizados con cierta dosis de gusto. A la vampira no le pareció nada razonable el asunto de comer maíz chamuscado. Tiramos nuestros respectivos elotes a la basura. Los días eran de cielos abiertos con algunos aguaceros vespertinos. Había grandes cantidades de banquetas por andar, cosa que era sin duda una rutina grata. Para el último fin de semana la vampira pensaba ir en motocicleta con su novio a la costa del atlántico norte. Tuvo sin embargo un disgusto con él, ya que el hombre era egótico y zurumbato. Un día subió al depa y se puso algo celoso de encontrarme allí. "Ajá, estás armada." dijo al verme empuñando un martillo. Yo en realidad estaba ayudando a la vampira a reparar la instalación eléctrica de su casa. Todos los contactos se había venido abajo y aquí y allá había cables sueltos. Yo me fajé los pantalones, porque allá toda la electricidad doméstica es de 220V, así que electrocutarse con un enchufe es mucho más arriesgado que en México... además había un calentador eléctrico de agua, cuyo enchufe tenía voltaje nominal de espeluznantes 360V, aunque no sé si de hecho esa fuese la alimentación. Como decía, me fajé los pantalones... y bajé el interruptor de la casa. Estaba pues, muy bricolagera atornillando enchufes, cuando apareció el tal Jean Pascal. Lo primero que hizo fue declarar que yo era una inútil por no entender el francés, aunque lo que en realidad sucedía era que él estaba muerto de la envidia porque yo sí hablo alemán, mientras que él intentó aprender y no pudo. Después quiso impresionarme con su erudición en la técnica fotográfica, pero también falló. Bueno, el caso es que a la vampira se le agüitó su paseo por la playa, así que nos fuimos al Parc de la Villette a tomar el sol. Al día siguiente tomé mis chivas y bajé a la calle. El vagabundo del barrio me vió y preguntó: "Ajá, usted se va de vacaciones." Justamente, me voy de vacaciones. Regresaré dentro de tres o cuatro años.Orly fue una verdadera pesadilla. Después en Dallas el vuelo de regreso a mi casita se retrasó cuatro horas, detalle espléndido de parte de la aerolínea después de once horas de viaje.
Ahora no estoy muy segura cuando alguien me pregunta si conozco París. Conozco un depa de sexto piso, donde hay una foto de Julio Cortázar clavada con una tachuela en el marco de la ventana. Conozco un teatro llamado el Carnegie Small, y las tiendas de música de la rue Rome. Conozco el departamento de la italiana Simona Sepe Visconti, donde por las noches corren ratones por el entresuelo "como en un filmo de horrore." He sudado en el metro, he comido queso. He visto el ángel de la independencia bailar sobre la columna de la Bastilla. Me paré de manos en el pasto del Jardin des Plantes. París, no lo conozco.
Formica bestiola est