En reacción a este artículo de Juan José Millás , publicado en El País el 3 de Agosto de 2008.
Estimado J.J. Millás,
tu reportaje sobre la vida de las moscas me ha recordado a mi profesor Jean Asselin de la escuela de mimos. Siempre que halaga una improvisación dice: este mimo ha dado muy bien la impresión de tener una mosca en el velódromo. A su vez, la frase de la mosca en el velódromo siempre me trae el recuerdo de un juguete que se vende en los mercados de artesanías: un cerdito miniatura cuyo cuerpo está hecho con una cáscara de nuez. Los ojos y las orejas están ligeramente articulados. Para animar esta particular marioneta hay que capturar a una mosca y encerrarla dentro de la nuez. La trompa del cerdito dobla como tapón. El efecto es fabuloso. Mi profesor Jean Asselin es quebecuá, y por consecuencia heredero de un feroz etnocentrismo francés. Le mostré un cerdito-nuez que normalmente tengo en mi mesita de café, y quedó maravillado: "estos pueblos primitivos pueden hacer juguetes con cualquier cosa que tengan a la mano", dijo. Un estudiante, que seguramente habrá leído panfletos de PETA, opinó que usar el juguete requería un cierto maltrato para con la mosca. Jean se indignó: ¡un maltrato! ¡Es solamente una mosca! Si vas a un mercado de artesanías y ves cerditos hechos con una nuez vaciada, ahora ya sabes: sirven para suscitar discusiones de shock cultural.
Queda de usted atenta y segura servidora, Formica bestiola est