Permítanme ponerles en antecedentes. Mi madre cree firmemente que una persona feliz y bien nutrida debe comer un huevo cada mañana entre los dos y los veinticinco años, y tres huevos por semana entre los veinticinco y los cuarenta. Y yo, ignorante por completo de las propiedades nutritivas de nada, sencillamente procuro hacerle caso a mi madre.
Yo comprendo que habemos por el mundo solteras y solteros profesionistas que:
1. Jamás descongelamos ni limpiamos nuestro refrigerador.
2. No tenemos idea de cómo hacer despensa.
3. Evitamos cocinar a toda costa.
Estas tres condiciones son ideales para que nos ocurra que compremos una docena de huevos, y luego desayunemos tacos callejeros por tres semanas consecutivas. Cuando nos veamos obligados a preparar desayuno abriremos el refri y descubriremos una docena de huevos. Oh misterio. ¿Se habrán podrido? ¿Estarán todavía comestibles por artes refrigeratorias?
En los tiempos felices cuando a ningún abusado se le había ocurrido imprimir la fecha de caducidad en los huevos, el ancestral procedimiento a seguir en estos casos no puede ser más simple y efectivo: quebrar los huevos uno a uno, inspeccionando visual y olfativamente el contenido de cada clara y cada yema antes de echarlas al sartén o al tazón. La diferencia entre un huevo bueno y un huevo podrido es altamente dramática, y permitirá distinguir uno del otro sin duda de ningún género (acabo de descubrir que esta expresión le puede gustar a mis amigas feministas). La única desventaja es que hay que lavar un trasto extra.
Ahora miren ustedes, no es que yo esté en contra de que les pongan fecha de caducidad a los huevos. Bueno y santo. Estoy segura de que al productor le cuesta bien poco y que la "traceabilidad" resultante permite hacer divertidos estudios concernientes a la distribución de los huevos, además de que los solteros arriba descritos nos enfrentaremos al dilema del desayuno mejor informados. El hecho de que un huevo muy pintado con su fecha de caducidad rosa fosfo dé más la impresión de haber salido de una fábrica que de una gallina no es sino una delicadeza poética, que yo, pos-mo como soy, puedo perfectamente pasar por alto.
De lo que yo me quejo ahora es de que encima de la fecha de caducidad, hay otros numeritos impresos en mis huevos. Me quejo del impacto psicológico que estos numeritos me producen, sobre todo a las seis y media de la mañana un viernes. Me dispongo a hacerme un huevo al plato, y antes de romperlo leo: "19:29" Lo cual lógicamente querrá decir que el huevo fue puesto a las 19:29. Ciertas gallinas tienen la generosidad de poner dos huevos diarios: uno en la mañana y otro en la tarde. Aunque, pensándolo bien, las gallinas se van a dormir a las seis. Bueno, seguramente les tendrán una lámpara en la granja, como a los pollos de engorda. Pase por coherente el numerito. Siguiente: "2081". Ahm. Ahora sí. Méndiga gallina del futuro. Este huevo fue puesto en el año dos mil ochenta y uno, lo cual significa que dormí bajita la mano unos setenta años. A menos que se trate de una fecha espacial de Star Trek, en cuyo caso el huevo debe ser muy viejo. En este momento espabilo un poco, y llego a la conclusión de que no, que seguramente este numerito no es el año de producción sino cuando mucho el número de lote. Vamos a ver qué más: "EXP". Muy bien. Aquí hay algo comprensible. EXP querrá decir expiración. Después de "EXP" podré leer la fecha de caducidad, con plena confianza. "MR08" ¡Marzo de 2008! ¡Un huevo listo para durar tres años! ¿Será un huevo radiado? Ahora sí que puedo olvidarme de lo que hay en el refri. Con razón les ponen fecha, quién se va a acordar de haber comprado huevos hace seis o siete meses. Después de este recorrido discursivo de plano despierto y me doy cuenta de que hoy es 18 de febrero, y que dado el conocimiento empírico de cuánto dura un huevo, la fecha deberá ser interpretada como ocho de marzo.
Acúsenme de pereza, pero no estoy yo para imaginar qué procedimiento podrá conservar un huevo bueno en el refri por tres años ANTES de haber desayunado, aunque imaginar sea mi oficio. Así, arda en los infiernos, condenado a desmañanarse a diario, el que inventó la maquinita de imprimir numeritos en los huevos.
Formica bestiola est