Me encontré a la herejía y al método científico en un lugar un poco insólito. Galileo, ése condenado. Creí que Octavio Paz coqueteaba con la idea de que Sor Juana tuvo correspondencia con Galileo. Fui a la letra ge del diccionario y resultó que Galileo se murió nueve años antes de que naciera la monja. Octavio habla a menudo de cómo Sor Juana le tenía miedo a la Santa Inquisición. En una conversación hipotética Galileo y Sor Juana podrían bromear al respecto en versos latinos. Me sorprende a mí cómo, en su descripción de la noche de El Sueño...
El viento sosegado, el can dormido,
éste yace, aquél quedo
los átomos no mueve
... Juana Inés menciona de paso a los átomos como si todo mundo los conociera, cosa muy corriente y muy natural a casi sesenta años de la bomba atómica, pero mucho menos cotidiana en mil seiscientos y tantos, cuando además los átomos no eran los de Rutheford sino los de Demócrito, a mi parecer bastante menos interesantes, y sin duda menos bellos.
A uno le enseñan el método científico en la secundaria, me parece, y lo primero que uno hace es olvidarlo pero los que luego salen científicos bien que lo recuerdan. Lo digo porque mi hermanita menor salió científica y se volvió bastante hereje también, que esas cosas van tradicionalmente de la mano desde Galileo.
La verdad es que yo no salí científica y me acuerdo de la cosa muy vagamente. Reconstruyendo más que recordando lo que me martillaron en el pasado los profes digo con dudas que el método científico consiste en cuatro etapas que son la observación, la hipótesis, la experimentación y las conclusiones, me parece. La esencia de todo esto es que el científico postgalileano en lugar de tragarse a Aristóteles es más bien desconfiado y hasta no ver no creer, y que los experimentos deben ser repetibles por cualquiera que tenga el ocio para repetirlos, y los resultados publicados y las hipótesis siempre provisionales.
Hace unos meses me dio uno de esos ataques de feminismo que le dan a uno entre el síndrome premenstrual y la insatisfacción profesional. Entonces levanté mi tomo de Sor Juana (el de Porrúa, por mayor patriotismo) y me puse a leer la Respuesta a Sor Filotea.
Esto fue lo que encontré:
Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta mi locura, a considerar al fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto se iba remitiendo el impulso.
A mí me enterneció harto este pasaje porque yo jugaba al trompo de niña. Esto porque yo era bastante espabilada y además tenía un primo mayor, que fue el que me informó de cuánto costaban los trompos en el mercado del pueblo y de en dónde se conseguían los mejores.
Yo supe que a Galileo le gustaba tirar pedradas, pero quién sabe si le gustara también el trompo. No sé si en Italia se juegue al trompo.
Sor Juana publicó la Respuesta. El párrafo que cito es un ejemplo diáfano de cómo funciona el método científico. Luego entonces se puede conjeturar que los inquisidores mexicanos no leyeron a Galileo ni conocían la enunciación del método, porque de otro modo lo hubiesen identificado en el escrito de Sor Juana. A lo mejor lo hicieron y no les importó. Sepa la Historia. A lo mejor ni siquiera leyeron a Sor Juana. Lo de bailar trompos sobre harina es un juego que cualquier espíritu curioso se puede proponer, o tal vez haya un transfondo de herejía en cada pregunta dispuesta a diseñar un experimento para responderse. A mi hermanita le gustaría alcanzar una conclusión. Yo puedo irme a buscar otro libro.