I.
Después del banquete, la indigestión. Quiso compartirla.
II.
Empezó como geómetra en sus ratos libres. Octágonos que juzgó siempre inofensivos.
Doscientos años después, casi por destino fatal, descubrió el cálculo y entonces su
afición, de por sí enfermiza, lo llevó a extremos increíbles de hambre y sueño.
En quice días recorrió el camino de las diferenciales y las transformadas, los logaritmos, exponenciales, series
infinitas, expasiones polinómicas y demás, de arriba a abajo, sin tregua. Luego de dormir treinta y cuatro
horas seguidas despertó lúcido y molido. El cuello le rechinó al volver la cabeza.
Entonces decidió vengarse.
III.
Demiurgo bostezó dos veces: una el cielo, otra el mar.
IV.
Fanática religiosa, vestida de azul. No quiso creer en mí
--Cría cuervos, Demiurgo.
V.
Éste apareció, el otro germinó, el de más allá sedimentó, aquél condensó; luego todos estuvieron de acuerdo en que era necesario
estandarizar, por eso todos nacimos.
VI.
Otra vez. Trató de averiguar cuántas lenguas hay del oriente al poniente, y como siempre se le olvida que la cintura de
las mujeres suele ser circular, acabó primero con la saliva propia y después con la paciencia de la chica.
Meditó largamente sobre el caso y así fue como inventó el tiempo.
VII.
Sintió una ternura infinita y supo que sólo podría manifestarla dividiéndola
infinitamente. Hormigas.
Formica bestiola est