Cibercuac
en Stonybrook.
(cuentecito de Heduardo Hizquierdo).
Diminuto, joven Cibercuac. Víctima Cibercuac. Guapo, prófugo Cibercuac. Te criaron mal tus padres, pequeño. Tus siete padres: el ejército, la comisión federal de comunicaciones, la universidad nacional, el concejo para las ciencias, el sistema nacional de investigadores, la secretaría de gobernación, y Guillermo Marconi.
Por eso ahora, sin más, escapas a Stonybrook en busca de un poquito de silencio.
Cuando eras niño creías que Maxwell y Clerk eran dos personas. Y tus superhéroes favoritos eran El Pato Lucas, Marconi (de quien creías ser descendiente directo), Dirac, Babbage, y La Pantera Rosa. Tanto Maxwell como Marconi te daban algo de miedo porque tus tíos te decían todo el tiempo que a ambos les encantaría resucitar para verte. Pasaste algunas noches pensando en ellos.
La soledad de tus tíos los doctores te regaló prematura formación académica. El doctor Dreifus, por ejemplo, te largaba el mismo discurso desde los cinco años:
“La vista y el oido son fundamentalmente lo mismo. La diferencia es sólo de medios, de longitudes de onda, muchacho. Pero tú no sentirás nunca esa diferencia, porque eres el sueño de Marconi.”
“El sueño de Marconi,” o a veces también “La pesadilla de Herz,” frases divertidas de infancia, se volvieron depresivas más tarde, cuando empezaste a mirar con suspicacia a tus tíos y ellos trataron de acercarse, de disculparse con:
“Tienes que entender que eres un conejito valioso, maravilloso.”
Pero tú no querías ser conejito, sino pato, ni ser maravilloso, sino humano. Lástima que no todos los humanos aprendan álgebra en una semana, trigonometría en dos ni cálculo en tres, aunque hay que reconocer que no todos los humanos tienen a un equipo de veinticinco investigadores encima todos los días.
Y entonces comenzaste a entender aquello de los sueños y las pesadillas, pequeño, diminuto Cibercuac, y el discurso mil veces repetido del doctor Dreifus. Confirmaste tus sospechas, sí. Tus tíos te cocinaron en probeta, conejito cuac; y sí, el mundo que tú ves (que tú oyes) no es como el de todos. Porque tú, Cibercuac, escuchas desde la onda de radio más larga hasta la omnipresente radiación gamma, apenas perceptible. Te aplaudiste aquella idea nocturna y vieja: el fin del ruidito gamma es tu propio fin.
La asistente del doctor Freeze era guapa y algo pazguata. Pero le gustaban las palabras y dijo que lo tuyo se llama hiperestesia. A tí no te gustó, así que cambiaste de frecuencia y te pusiste a oir a Kalimán.
Joven Cibercuac, tardaste un poco en aprender a hablar, porque había contigo mucho qué oir además de las voces. Tus tíos desesperaron; no estuvo tan mal: a los tres años dijiste “bata” y lo demás fue fácil. Después te enseñaron a captar el AM y el onda corta. A los seis años ya podías interpretar el FM también; a los siete el reto del UHF cayó muerto y pudiste entonces ver televisión sin caja. Cuando tenías doce se empezaron a vender teléfonos celulares y el aire se llenó de trivialidades diarias 948 megaherz.
Te dejaron tener una tortuga en el patio del Instituto. Hablabas mucho con ella hasta el día negro cuando el doctor Álvarez te explicó que las tortugas son sordas. “Sordas,” pensaste lento, y desde luego no entendiste nada, porque si las tortugas tienen ojos ¿cómo van a ser sordas? Confuso, cambiaste las pláticas con la tortuga por el Nintendo y la red. Tus tíos comenzaron a decirte Cíber, y tú completaste el bautizo: Cibercuac, cuac, cuac.
Tus tíos tienen razón al decir que eres maravilloso, Cibercuac. Sólo tienes que poner atención un momento, hasta que el sonido adquiera forma. Ni siquiera las más complicadas señales digitales escapan. Por eso el juego de escuchar a los satélites no es tan inofensivo como parece. Por eso te quieren tanto tus siete papás, pobre Cibercuac.
Ahora mismo alguno de tus tíos juega ajedrez por la red, y tú, tan lejos, escuchas la partida en la señal inconfundible del Satélite Morelos.
Sí extrañas a tus tíos. Es el precio del silencio. Además, estás seguro de que tus padres te extrañan mucho más. Qué complicado fue dejarlos. Tú contigo, sin pasaporte ni credencial para votar, sin más pariente que Marconi, sin un papel que gritase “Cibercuac sabe física,” sin haber cruzado nunca el periférico. Y te las arreglaste para conseguirte un Jorge Andrés Salinas, para mentir fácil un título universitario, para cruzar la frontera y para instalarte en Stonybrook, donde el doctor Orozco no es sino otro de tus tíos. Por suerte él no sabe, Cibercuac, del secreto conejo que eres. Y tú lo quieres como a los demás tíos, porque igual trabaja como desesperado sus catorce o dieciséis horas diarias; te ha puesto a jugar con un simple rayo láser y con unos imanes simpáticos.
Hace un par de semanas, cuando llegaste a Stonybrook, tu compañero de cuarto preguntó “¿Qué onda?” Y tú le sonreíste, y respondiste amargo: “Todas.”
Él puso el rap a todo volumen y nunca más lo apagó.
Llegaste a Stonybrook en busca de un poquito de silencio. Sólo una estación de AM llega, pero nada más en los días nublados. La TV viene por cable, y ése no hace ruido. La red también va por fibra óptica. Quedan sólo los satélites de siempre, y los controles remotos.
Remotos. Te parecen muy macabros los controles remotos, porque así como supiste de niño que eras un conejito, sabes ahora que tus tíos y tus padres tienen un control remoto para callar el ruido de la radiación gamma. Un control para apagar tu rutina de correr por las mañanas, trabajar con Orozco de día y soñar de noche.
Sabes más. Sabes perfectamente cómo suena ese control. Sin duda lo reconocerás cuando te alcance; sin duda tendrás tiempo de asustarte y, quién sabe, tal vez tengas tiempo para salir del laboratorio y escuchar el sol una vez más.
Mientas tanto, joven, diminuto Cibercuac, superhéroe de tí mismo, sentado al borde de la banqueta te deseas un poco de suerte, de buena onda, unos segundos más de futuro. Porque después de todo, Cibercuac, tú no tienes la culpa de que Marconi inventara la radio, de que tus tíos te educaran mal, de ser un conejito en vez de un pato; diminuto Cibercuac, sólo tienes la culpa del pedacito de banqueta que ocupas ahora, pero no de la oreja ni del ojo, ni de ser pequeño, joven, diminuto, prófugo.