Pez Soluble, capítulo 6


Fragmento.

Bajo mis pies, la tierra es un inmenso periódico desplegado. A veces pasa una fotografía, curiosidad como cualquier otra, y hasta mí llega uniformemente el olor de las flores, el buen olor de la tinta de imprenta. En mi juventud, oí decir que el olor del pan caliente resulta insoportable a los enfermos, pero repito que las flores huelen a tinta de imprenta. Los propios árboles no son sino ŇsucesosÓ más o menos interesantes: aquí un incendiario, allá un descarrilamiento. En cuanto a los animales, hace mucho tiempo que han dejado de tratar a los hombres; las mujeres solamente mantienen con estos últimos relaciones esporádicas, parecidas a estos escaparates de los grandes almacenes, a primera hora de la ma–ana, cuando el jefe del escaparate sale a la calle para juzgar el efecto que hacen las oleadas de cintas, las cortinas, el gui–o de los encantadores maniquíes.

La mayor parte de este periódico que recorro, en la primera acepción del verbo, está consagrada a los desplazamientos y estancias, tema cuyo título consta en excelente situación, en lo alto de la primera página. Es notable advertir que el periódico dice que ma–ana iré a Chipre.

El periódico presenta, en la parte inferior de la cuarta página, unas arrugas singulares que bien puedo describir del modo siguiente: diríase que ha cubierto un objeto metálico, a juzgar por la mancha de herrumbre que pudiera ser un bosque, y este objeto metálico quizá fuese un arma desconocida, semejante a la aurora y a una gran cama estilo Imperio. El escritor que firma el artículo sobre modas, en las cercanías del bosque antes mencionado, escribe en un idioma muy oscuro, que, sin embargo, me permite concluir que, esta temporada, las jóvenes desposadas encargarán sus ŇdéshabillésÓ a la Compa–ía de las Perdices, nuevo gran almacén que acaba de inaugurarse en el barrio Glaciar. El autor, que parece estar muy principalmente interesado en la ropa interior de las mujeres jóvenes, insiste en que a estas últimas se les permite cambiar su ropa interior de cuerpo por ropa interior de alma, en caso de divorcio.

Después, me dedico a la lectura de unos cuantos anuncios publicitarios, muy bien redactados, en verdad, en los que las contradicciones cumplen una función muy dinámica; verdaderamente, en esta empresa de publicidad las contradicciones se utilizan zomo si de aquel instrumento que bascula, con papel secante, se tratara. La luz ciertamente escasa que ilumina los tipos de letras más opulentos, esta misa luz es cantada por los grandes poetas, con lujo de detalles que tan sólo pueden ser juzgados mediante una analogía con los cabellos blancos, por ejemplo.

También hay una notable vista del cielo, exactamente al modo de estos membretes de cartas comerciales, en las que aparece una fábrica echando humo por todas sus chimeneas.
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No me queda más remedio que cerrar los ojos, si es que quiero dejar de prestar atención, atención maquinal y, en consecuencia, desfavorable, al Gran Despertador del Universo.

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Hormiga. 19 de abril de 1996. 1