En pie en el linde de las nubes hay una mujer, en el linde de las islas una mujer está en pie como en los altos muros embellecidos por las parras destellantes y racimos maduros, con bellos granos dorados y negros.
También hay viña americana, y esta mujer era una viña americana, del género más recientemente aclimatado en Francia, que da unos granos de malva digital cuyo pleno sabor no ha sido todavía saboreado. La mujer iba y venía a lo largo de su apartamento con pasillo parecido a los vagones de ferrocarril, con pasillos de los grandes expresos europeos, con la diferencia de que los destellos de las lámparas detallaban malamente las bocanadas de lava, los minaretes, y la gran pereza de las bestias del aire y del agua.
Tosí repetidas veces, y el tren en cuestión se deslizó a lo largo de los túneles, dormido en puentes colgantes. La divinidad del lugar se tambaleó. Habiéndola recibido en mis brazos, estremecidos de ruidos, acerqué mis labios a su cuello, sin decir palabra.
No recuerdo casi lo que pasó a continuación. No nos encontré sino más tarde, llevaba ella un atuendo terriblemente vivo que la hacía parecer el engranaje de una máquina totalmente nueva, y yo, soterrado lo más posible en este traje negro impecable que no he abandonado ni un instante desde aquel entonces.
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