El milagro de Alma Garibay


A la sombra de los tamarindos, acariciada por el viento que viene de La Loma, viendo morir la tarde, Alma Garibay comenzaba a alejarse del mundo.
Era algo extraño. De repente, la sensibilidad acurrucada en su corazón comenzó a circular por todo su cuerpo, llegó conquistando las inexploradas regiones del cerebro y afloró por los poros, la sonrisa, el brillo especial de su mirada, el delicado aleteo de sus manos, el cascabel de su risa.

Quienes la conocieron antes y la veían pasar con su montón de ropa al hombro rumbo al arroyo de La Mora cuando iba a lavar, resbalando en las húmedas piedras de la calle, cantando canciones tristes con esa voz de alondra que Dios le regaló, dicen que era otra. Era feliz. A su manera, pero entonces era feliz. Ahora no la dejaba ser esa terrible nostalgia que le pesaba en el corazón.

La verdad es que el mundo resultaba demasiado burdo para ella. Las cosas pesaban demasiado. Los volúmenes, los pesos, las medidas, las proporciones, los sonidos, las distancias, se le antojaban grotescos; la vida era tan fatigante, y el humo del comal demasiado real, tan real hasta hacerla llorar.

Si lo hubiera podido explicar, habría dicho que la opresión que sentía en el pecho que el vaporub no lograba quitar, era en realidad la presión atmosférica que golpeaba su sensibilidad epitelial, y que los mareos repentinos no eran lombrices, sino la sensación de que la tierra se movía lentamente para un lado. Ella fue la primera en decir que la luz de las estrellas es una luz helada, que el viento al pasar entre las cañas de los maizales produce un "re" menor, y de que, si uno se fija bien, se puede oír cómo el cielo cruje levemente cuando los primeros rayos del sol cambian la temperatura que la noche dejó.

La cuestión tenía su historia. La cosa no había comenzado así por así. Una tarde, al regresar del potrero, el caballo en que venía montada se desbocó y la tiró a media calle. Los que estaban el el portal espantando el calor con unas cervezas y vieron cómo Alma rebotaba en las piedras, está muerta, pensaron. En vano dos días la velaron esperando que sucediera algo. Alma ni se podía despertar ni se podía morir. Durante ese tiempo fue un desfilar de cataplasmas, fomentos, untadas, remedios y trapitos que se aplicaron sobre su cuerpo que mostraba una blanda placidez. Era evidente que Alma no setía ni sufrimiento, ni dolor, ni nada.

A tanto darle y darle, alguien le dio al clavo. De repente vieron que empezaba a moverse, a inquietarse; primero unos débiles quejidos que fueron aumentando hasta que abrió los ojos y comenzó a reconocer a la gente y a las cosas con una mirada nueva.

De hecho no le había pasado nada, sólo que se quedó dormida por dos días. Ella dijo que no le molestaba nada, y que más que el golpe de la caballo, le había dolido el golpe de volver a la vida.

-Fue como si de repente me hubieran rellenado de arena; como debe sentir una llanta cuando le ponen más aire del necesario. Horrible. Fue horrible. ¿Tú has sentido un calambre, Lola? Pues imagínatelo en todo el cuerpo. Como si te clavaran mil espinas. De pronto me di cuenta que este cuerpo que uno trae tan ligerito, tan correteando, es un cuerpo que hay que cargar y que pesa, que pesa mucho. Sentí cómo el cuerpo se iba llenando, haz de cuenta como llenar de agua hasta el borde una bolsa de plástico. ¿Sientes cómo se endurece, cómo se siente tensa, hasta su límite? Así me siento yo; apretada, comprimida, como si me hubieran pasado muchas veces por el gusano de un molino. ¿Me crees, Lola?

-Son disfiguros.
-Está loca.
-Loca o borracha.
-Las dos cosas.
-Tiene a quién sacar: dicen que el abuelo estaba loco.
-Eso se hereda.
-Se pega.
-No, ¿cómo crees?
-Le hace al cuento.
-Sí, para no hacer nada.
-Se volvió mañosa.
-Floja.
-Nomás quiere estar acostada.
-Te hablan.
-Oye, no; yo me acuesto por necesidad, no por gusto.
-Se pasmó.
-No le queda.
-Quedó tocada.
-Tocada y media.
-Pobrecita.
-Hay que hacer algo.
-Déjala así, no molesta a nadie.
-Pero aunque quisiéramos, ¿qué se puede hacer?
-Que me den chance y yo le doy su curadita.
-Ni modo, hay cosas que ni qué.
-Que le hagan una manda a San Felipito, es muy santo.
-Santo el chingadazo que se acomodó...

Ningún murmullo, ningún rumor, ninguna habladuría pudo descifrar el enigma. Lo cierto es que desde entonces Alma Garibay había empezado a alejarse del mundo. Ya no era la misma de siempre. Se pasaba el tiempo con los ojos cerrados, mirándose a sí misma, buscando reencontrar el momento feliz que había vivido al borde de la muerte. Su voz de filigrana no se volvió a escuchar; ya no iba al jardín los domingos, ni a bordar por las tardes con las amigas, ni a lavar a La Mora. Alma Garibay estaba rompiendo lazos con el mundo real pero estaba encontrando el reino de los sueños donde volvía a ser etérea y transparente.

Serían las tres de la mañana cuando Fortino, dueño de la única tlapalería del pueblo, sintió unas urgentes ganas de orinar. Se encasquetó un poncho sobre los hombros para desafiar el frío y, siguiendo su costumbre, pasó de largo el cuarto de baño para ir a desaguar al corral. Entre dormido y despierto miró el cielo tapizado de nubes que ocultaban la luna llena. Cielo aborregado, frío asegurado, pensó. Mañana amanezco con la reuma clavada en la rodilla, se dijo. Cuando regresaba, oyó un raro chapalear en el agua de la pila. Se acercó y notó que algo luchaba allí por mantenerse a flote. Fue hasta la cocina, encendió un ocote y volvió para encontrarse con que, al borde de la pila, se esforzaba por salir un pequeño elefantito de color azul. Lo tomó con una mano y vio que, en efecto, era un elefantito con su trompita y sus pequeñas orejotas y todo.

Lo miró largamente y se encontró con unos ojos que le reflejaban como un espejo su propio asombro. Decidió examinar el asunto con más calma en la mañana y encerró al elefantito en la jaula del perico que se había escapado días antes. Mi mujer no me va a creer mañana cuando le cuente, pensó al dormirse. En efecto, no le creyó. Más que nada porque en la jaula del perico prófugo no había nada. Nada, ni siquiera los barrotes forzados. Fortino buscó y rebuscó desde la cocina hasta el corral pero no encontró nada. Seguramente estaba dormido, cavilaba, pero... si yo podría jurar que... Decidido a no hacer el ridículo determinó callarse aquel suceso; valía más.

Sin embargo, a partir de ese día el run run cotidiano se llenó de hechos increíbles; no faltó quien dijera que la noche anterior había visto dos ángeles jugando a las cartas. Muy propios ellos, sin aspavientos, sin palabrotas, apostando grandes sumas de dinero en una mesa que flotaba en el aire; otro se despertó a media noche con el cuerpo cubierto de algas marinas; alguien que vio un caballo alado que tiraba coces y decía: nihil imposibil est, nihil imposibil est.

Las novedades y las conversaciones giraron de pronto sobre duentes montados en bicicleta, castillos medievales, mariposas gigantes, animales desconocidos, mujeres de cristal, perros de mimbre... visiones inauditas que llegaban con las primeras sombras y desaparecían sin dejar huella con las primeras luces del amanecer.

Decididos a investigar el suceso, se montaron guardias nocturnas, patrullas de vecinos que recorrín las calles del pueblo incansablemente con la consigna de resolver dos misterios: de dónde venían las extrañas visiones y a dónde iban.

Siete días pasaron sin que pudiera ubicarse el origen de las apariciones, ya que todo el pueblo estaba plagado de visiones increíbles. No faltó quines se habían topado, en plena plaza, con un pantano que, claro, no estaba esa tarde y que, claro, a la mañana siguiente desapareció, ni quien había amarrado a una cerca al guajolote más gordo y hermoso que se hubiera visto sin que tuviera que lamentar su desaparición al día siguiente. Caso muy comentado fue el de Luciano, que un día ya no amaneció en el pueblo. A tanta búsqueda y pregunta de los familiares, lo único que se sacó en claro fue que alguien lo había visto internarse, muy cerca del amanecer, en una espesa selva que una noche había florecido en la calle principal y que, como era de todos conocido, se había esfumado al despuntar la aurora de rosáceos dedos.

La solución al enigma vino a resultar una mula que pastaba en el atrio de la iglesia y que, por más señas, cargaba sobre el lomo dos costales de avena, uno de los cuales dejaba escapar el grano por una herida que tenía en el costado. Dado que nadie le encontró la marca de su ganado, comprender que era una de tantas visiones y seguir el rastro de la avena derramada fue un solo impulso. Después de andar por varias calles, el hilo del misterio los llevó hasta el pie de la cama donde Alma Garibay dormía creando, en sus sueños, el universo entero.

Nadie encontró explicación lógica de lo que acontecía, aunque a decir verdad, nadie se esforzó demasiado. Lo importante era ahora disfrutar lo aparecido. Así, lo soñado hizo que la realidad adquiriera matices hasta entonces insospechados. Tuvo que pasar el mundo por el tamiz del sueño para poder disfrutar lo que nunca antes, teniéndolo, habían tenido.

De esta manera, volvieron a captar el color que cada cosa tiene, a disfrutar de la plácida contemplación del cielo azul, de los atardeceres, de los verdes sembradíos; reencontraron el aroma de las flores, de los frutos; reconocieron el agradable sabor del agua contenida en una tinaja; experimentaron otra vez la sensación de pisar el pasto húmedo con los pies descalzos, el dulzor de los trinos, la emoción de la música, el brillo de un "te amo" susurrado en la tibia penumbra de una alcoba, y el éxtasis, y el llanto y la alegría reencontraron la proyección perdida en los trajines cotidianos para darles a todos un nuevo valor y una nueva concepción del mundo en que vivían.

Se desatendieron las labores y vidas y haciendas se abandonaron a la imagen del sueño. El maíz se quedó a medio cosechar, el surco sin semilla, el fogón en brasas. Crecieron las enredaderas entre milpas descuidadas y el óxido y las telarañas se adueñaron de los aperos de labranza. Nadie se volvió a preocupar de otra cosa que no fueran los sueños que transtocaran su existencia.

Quien hubiera visto el pueblo de lejos habría jurado que se trataba de un espejismo, de un lugar donde se pensaba que hubiera sido imposible que hubiera podido florecer modo de vida alguno. Se antojaba pensar que en un lugar así, hace millones de años, los protozoarios, dueños de las condiciones de calma, quietud, estatismo, silencio, inmovilidad, habían empezado en la lenta y laboriosa tarea de incubar al hombre allá en la tranquilidad de los pantanos.

El pueblo perdió contacto con el mundo exterior y todo el universo se concretó a la geografía del sueño que en esos momentos soñaba Alma Garibay.

Lo único estrujante era la realidad. Imposible volver a aceptar la realidad después de estar viviendo en un sueño.

Por ello, una tarde en que, a la sombra de los tamarindos, acariciada por el viento que venía de La Loma, Alma Garibay comenzaba a alejarse del mundo, el pueblo se reunió en la plaza. Felices de asistir al próximo sueño, temerosos de pensar que al día siguiente el choque con la realidad sería más insoportable.

Esa noche la ansiedad hizo presa de todos los corazones. Fascinados, veían cómo se reflejaban en el espacio el mundo de colores, sensaciones, percepciones, sonidos de los sueños de Alma Garibay. Así estuvieron casi hasta la madrugada en que Alma soñó un barco. Una idea común afloró en todas las conciencias. Se consiguieron sogas de inmediato y los hombres lo vararon en el viento, con suavidad para no despertar a Alma y todos, mujeres y niños primero, fueron subiendo.

Empezaba a clarear cuando el pueblo comenzó a remar hacia su felicidad.

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