"Aquel blanco de la mortaja, las guirnaldas de la muerte en la frente de ella, en aquella tez lívida y empañada, lo vidriento de los ojos mal apretados... ¡Era una difunta!... (...) Fue singular la idea que tuve. La traje a mi pecho. Le introduje mil besos en los labios. Así era ella de bella: le rasgué el manto, le descubrí el velo y la corona como el novio se las descubre a la novia. Era una forma purísima. Mis sueños nunca me havían evocado una estatua tan perfecta. Era de verdad una estatua: tan blanca era ella. La luz de las antorchas le daban aquella palidez de ámbar que lustra los mármoles antiguos. El goce fue fervoroso."
ÁLVARES DE AZEVEDO