Avanza ya, hijo mío, desde el vano
donde los pliegues de la recia púrpura
ocultan la impudicia de las máquinas
-tan útiles, es cierto-,
el abandono de los grandes telones
que han colgado como pájaros muertos
en el polvo; avanza
desde la sombra y haz tu reverencia
como si nunca fueses a volver.
Estás en medio de la luz:
enfrente se abre el enorme golfo de tinieblas
donde hay alguien sin duda que te acecha
con sus mil ojos ávidos.
A veces lo oirás toser, reír como a hurtadillas,
estornudar quizás, estremecerse;
nunca lo vas realmente a ver.
Inclínate, como caña al viento:
pero cuida bien
El dibujo de la curva,
pues todo es arte al fin.
Pero mañana,
cuando las viejas barran a conciencia
el poco de hoy que queda en las colillas
por todo el ancho espacio desolado
donde no hay nadie nunca:
¿importará el trueno de la gloria
o el silencio del papel arrugado en una esquina
bajo el polvo del ayer?
Nadie lo sabe.
Y sin embargo,
es necesario hacerlo todo bien.