No puedo jugar contigo, no estoy domesticado;
para mí no eres todavía más que un niño
como otros cien mil
y no te necesito...
Domestícame...
No soy más que un zorro, semejante a otros cien mil.
Pero si tú me domesticas tendremos necesidad
de ti, de mí...
Conoceré un ruido de pasos diferentes
que me llamarán como música;
cuando me hayas domesticado será maravilloso,
y aunque no como pan,
el trigo dorado será un recuerdo de ti,
y amaré el ruido del viento en el trigo...
Si vienes siempre a las cuatro, seré feliz desde las tres;
cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré
e inquieto...
Domestícame...
Y cuando tengas que irte sé que entonces lloraré;
pero siempre quedará el color oro del trigal,
el precio de mi felicidad,
el precio...