Discúlpenme pero esto es algo que  quiero compartir...

Cristian

Esta es mi mocita:

PELUSA

Cuando llegó por primera vez a casa era sólo una bolita de pelos, de esas que se te pasean por entre las piernas y que chillan al menor contacto contigo, así era pelusa, una cachorra de rabo cortito, traviesa y juguetona. Tenía nada más unos días de nacida y amablemente fue regalada a mi familia por una de mis tías de lima. Los primeros días que estuvo en casa cuidábamos de que mi padre no la aplastara con sus pesados zapatos o que no saliera a la calle y la atropellase un carro -como sucedió con la anterior pelusa que tuvimos en casa- así pues mi hermana mayor y yo fuimos tomándole cariño, aunque a veces unos correazos tuvieron que ser necesarios para que dejara de acabar con los muebles y sillas. Cada vez que venía del colegio me recibía con una movida zigzageante de su pequeña colita, me enfrentaba con sus ladridos de cariño como reprochándome el tiempo que la había dejado sóla e igual sucedía con mi hermana mayor, cuando esta tenía que ir a la universidad pelusa intuía que su ama saldría a la calle y se posaba junto a la puerta a ladrar, se daba vueltas, corría de un lado a otro, subía al tercer piso como un tranvía queriendo llamar su atención hasta que llegaba el momento de partir y se resignaba a verla salir por la puerta del patio de la casa y con una mirada melancólica y vacía se posaba detrás de la ventana sin que no le importase nada más en el día que verla volver horas después por la misma puerta para  así recibirla con ladridos,  revolotearle las piernas,  morderle la falda y algunas veces hasta correrle las pantis. Cuando creció y dejó de ser una cachorrita como toda una puber comenzó a preguntarse por lo que había al otro lado de esa gran puerta marrón que daba hacia la calle, primero comenzó a husmear las sombras que pasaban por el espacio del borde de la puerta con el piso, luego cuando alguien entraba y se abría la puerta se quedaba viendo hacia fuera, después aprovechaba que alguien dejara la puerta abierta y salía hasta la esquina de la cuadra mientras olfateaba las paredes, postes y las llantas de los carros estacionados. Así llegó a tomar contacto con la calle.

Ya habían pasado cuatro años desde que vino a casa y su cuerpo ya había desarrollado y por ende sus instintos de reproducción ya se habían activado y en una de sus salidas a la calle quedó preñada, se puso más gorda y comía mucho más, mi hermana y yo ya estabamos ubicando más o menos a  quién les regalaríamos las crías. Yo no vi esta escena, pero cuenta mi hermana que la noche en que Pelusa iba a parir, el animal la fue a ver a su cuarto, se posó al lado de su cama y comenzó a gemir, mi hermana estaba demasiado agotada y con un ojo abierto y otro cerrado sólo alcanzó a ver cuando se estaba comiendo al último de sus cachorros (esta escena se repetiría tres veces más), la siguiente vez compramos un bozal para impedir que se comiera a los cachorros, pero Pelusa en todos estos años había desarrollado una astucia fenomenal, digna de un ser humano, cuando volvió a quedar preñada y con bozal puesto lo que hizo fue pasar entre los angostos barrotes de las ventanas y así trituro dentro de su vientre a sus crías hasta que poco a poco toda la redondez que había obtenido en los últimos días fue disminuyendo poco a poco. Creo que no deseaba tener crías, pregunté a algunas personas lo sucedido y me dijeron que era su instinto, que algunos animales al igual que los humanos optan por no tener hijos sin negarse al placer de concebirlos. También aprendió de las malas compañías, el arte de morder a la gente y si no es un arte, ella lo convirtió en tal; yo lo pude ver unas cuantas veces y puedo dar testimonio de esto, cuando Pelusa se escapaba a la calle caminaba silenciosa en sus cuatro patas, ubicaba mismo Pedro Navaja a su presa y la seguía, caminaba a su lado sin llamar la atención es más parecía muy amigable hasta que al menor descuido y como el conde drácula introducía sus colmillos en un muslo, pantorrilla o brazo según creía conveniente y se retiraba rápidamente mientras la víctima se revisaba la herida ocasionada, esto desde luego que nos trajo una serie de inconvenientes y hasta en un juzgado se asentó su nombre, era pues la reina de la cuadra, cuando pasaban por allí algunos otro perros como buldog, pastores alemanes, chuscos o doberman; Pelusa les salía al frente como defendiendo su territorio, muy viva ella los provocaba con ladridos y les mordía, los otros solo atinaban a pasar corriendo o hacerse los desentendidos pues era su cuadra y como quien dice: “cada gallo canta en su corral”, y aunque no era un gallo sino mas bien una gallina esta imponía el respeto.


Le encantaba subirse y dormir en los asientos de los mototaxis, especialmente en el de mi tío el cual también le agarró aprecio ya que mientras que el almorzaba, bañaba y descansaba, Pelusa se encargaba que ningún ladronzuelo se apropiara de alguna pieza de la máquina. Esto también trajo consecuencias, pues en esa época la situación del país y en especial la de nuestra ciudad empeoró notablemente debido a la elevadísima inflación que teníamos y a la falta de empleos, lo cual provocaba una serie de robos y atracos en toda la ciudad, y para esto Pelusa era un estorbo. Cuando por las noches todos dormíamos ella se quedaba vigilante, y al menor ruido sospechoso de la zona  ladraba hasta más no poder ahuyentando así a los bandidos de la noche, lo cual trajo en consecuencia un corte a la altura del cuello que la llevo a no moverse de la casa por unos días, pero esto no mermó en nada su valor, Pelusa era un animal que le gustaba la calle, era una rebelde que iba detrás de toda moto, carro, bicicleta o triciclo  que pasaba por la cuadra. Cuando crecí y entré a la universidad mis horarios cambiaron radicalmente y casi no tenía mucho tiempo para juguetear con ella, pero siempre que regresaba por las noches la encontraba allí en el patio esperando mi regreso y yo me tomaba unos minutos,  acercaba mi rostro a su cabeza y le decía ¿cómo esta mi preciosa, mi bella , mi hermosa?... y cerraba todo esto con una frase que siempre la llevaré en mi mente: “esta es mi mocita Pelusa” y ella dentro de su corto sistema de comunicación se movía tratando de agarrarme con sus patitas y darme un abrazo y movía su colita hasta caer en una desesperación y un no saber que hacer que me encantaba y me hacía recordar aquella vez que me dijeron te quiero y no supe que hacer y sólo atine a sonrojarme. Hasta mi padre, al cual consideraba el ser muy indiferente con estas cosas, le agarró cariño  y Pelusa también  le correspondía  acompañándolo por las noches al lado de él,  mientras que este conversaba con otros vecinos o se quedaba en su silla del patio viendo la luna hasta quedarse dormido.


Lo único que no me gustaba era que jugaba junto con otros perros de la cuadra en el césped de los jardines recién abonados, lo cual impregnaban en ella un olor nauseabundo que mi hermana me ordenaba quitárselo en el acto, esto me desagradaba mucho, pues tenía que colocarme los guantes de la empleada y así disponerme con jabón en mano a bañar a Pelusa; cuando terminaba la limpieza ella salía disparada al patio o al tercer piso de mi casa y en una ocasión se metió al cuarto de mi hermana y se secó en su cama, lo cual provocó unas carcajadas de parte mía. La siguiente semana lo hizo en la mía. Lo cual provocó un colerín mío. Pelusa rompió con todas las estadísticas que teníamos hasta entonces –muy negativas- de el tiempo que duraba con nosotros un perro. Siempre en mi familia o regularmente un perro nos duraba de 3 a 4 años hasta que un carro lo atropellaba, pero Pelusa había impuesto otra marca ya tenía 8 años con nosotros y se había salvado de cortes, envenenamientos, intoxicaciones, atropellos y trampas intencionadas de algunos vecinos a los cuales no les simpatizaba nuestra perrita. Todas estas situaciones las llevaron a enfrentarse con la muerte en un sinnúmero de ocasiones pero su voluntad por la vida y su entrega hacia nosotros la llevaba a recuperarse prontamente. Un día se ausentó por muchas horas y salí a buscarla, no estaba en ningún jardín ni en ningún lado, creí que cuando tuviese hambre volvería a casa, para entonces ya tenía 11 años con nosotros y nunca se había ausentado tanto tiempo, por mi parte sabía que algo iba a pasar, me fui a mis clases normalmente y pensaba en ella, me había propuesto fotografiarla y hacer una exposición sobre las distintas poses que asumía mi mascota en algunas oportunidades algunas de alegría desbordante, otras de tristeza, de miedo, de desconfianza, de vejez, etc. Cuando volví no la encontré, pregunté por ella a la empleada y me dijo que no la había visto en todo el día, esto no me gustó y volví a buscar pero sin ningún resultado, no le dije nada a mi hermana para no preocuparla, lo que siempre había sucedido está vez traería sus consecuencias, alguien había dejado la puerta abierta y Pelusa había escapado a su encuentro con la calle. Eso fue lo que supuse y me preparaba para bañarla al día siguiente. Llegué la noche, luego de una exposición agotadora y cuando abrí la puerta de mi casa la encontré como siempre, esperándome, tratando de decirme ¡hey aquí estoy! , nunca te voy a dejar... me abalancé sobre ella y la contraje contra mi pecho, la miré y me despedí de ella mientras me disponía ir a mi cuarto a descansar. la noté algo rara quería arrojar algo y no podía escuchaba como un ebrio tratando de arrojar lo inarrojable y  le puse un poco de agua para facilitarle el proceso. Fue el siguiente día, segundo domingo de mayo, día de la madre que me dispuse escuchar misa muy temprano y como estaba sobre la hora salí sin siquiera tomar desayuno, corrí a tomar un taxi y al salir vi en el patio unas pequeñas lagunas de espuma. No le tomé importancia y me fui. Por la tarde estuvimos en la casa del abuelo, allí se reunió toda la familia, estuvimos bebiendo y comiendo hasta entrada la noche cuando mi hermana se percato de que algo le sucedía a pelusa, estaba arrojando espuma y no había querido comer nada, le dimos leche para que le limpiara el estómago, mi hermana le molió una pastilla para la intoxicación y se la hizo tomar, sabía lo que iba suceder, su organismo había envejecido y de esta no se libraría, nos miró con pena y con los ojos llorosos se fue al patio y se acostó, yo luego de una conversación con mi hermana salí con un amigo a ver unas amigas, nos quedamos hasta las 12: 05 de la madrugada bebiendo ron, y le comenté a alguien: mi perra se está muriendo. Regresé ebrio con la amargura de saber que un ser amado se te va y saqué las llaves de mi bolsillo, abrí la puerta  y entre la oscuridad divisé a Pelusa que aún me esperaba despierta y con un esfuerzo de esos seres maravillosos me sonrió y me pareció que se recuperaba, tome su rostro frente al mío y la bese.


Mi segunda hermana  me ha despertado y me dice: la Pelusa a muerto, no le creo, estoy o quiero estar ebrio  y no quiero verla muerta, me hago el desentendido y como si nada hubiese pasado me tapo con mi colcha hasta cubrirme todo, he seguido durmiendo pero necesito saber si es verdad bajo por las escaleras y miro el patio solitario, debajo de las escaleras, debajo de la mesa y por último le pregunto a la empleada por mi Pelusa... ”se ha muerto la perrita joven, su papá la ido temprano a botar”, miro a mi alrededor y sólo un vacío y un silencio sepulcral  rodea mi casa y como un niño me echo a llorar...

 

 

Cristian snif, snif, snif.

 


 

 

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