La herradura es una playa que está de moda. Mamá juega conmigo haciendo castillos con arena húmeda. Forma torres compactándolas dentro de un baldecito de metal que lleva impresa la cara de Micky Mouse. Miro fascinado un muy-muy que se entierra rápidamente.
La arena deslizándose en mi cuerpo todo, la brisa del mar pegando en mi faz, las olas rompiendo de cualquier modo; soy feliz como nunca jamás.
Hay megáfonos en lo alto de los postes. Tocan canciones románticas. De rato en rato, la programación es interrumpida por una breve cortina musical para anunciar: "Venga / venga el sabor de Inca Kola / que da la hora en todo el Perú / la hora Inca Cola. Son las...". La voz del narrador es aburrida (debe ser horrible estar encerrado todo el día, con ese calor, haciendo un trabajo tan monótono). La voz del señor va de acuerdo con el estado de ánimo de mamá, quien, además de aburrida, también se ve cansada y confundida. No está papá; a él no le gusta ir a la playa. Presiento que mamá, cuando envejezca, se va a parecer a la abuela Clementina.
Estamos regresando a casa en el auto de tío Tiberio. En el cerro hay varias vallas publicitarias. Me llaman la atención una alusiva a Copertone y otra a RCA. Ambas me gustan mucho. En la primera, un perrito tira del calzón de una niña, mordiéndolo por detrás. En la segunda, aparece un perrito pensativo al lado de una vitrola. Entramos a un túnel. Me impresionan la oscuridad y los ecos. Me da un sensación patibularia de sofocación, que termina tan pronto salimos al aire libre. Tío Tiberio detiene el auto y nos invita una raspadilla de carretillero; ahora todo está mejor. Pasamos por Barranco y, al fondo de una quinta de casas viejas, se ve el tronco de una mustia palmera chaguarama con un oscuro penacho en forma de hongo. Parece un enorme pene erecto.
Mamá está encinta nuevamente, pero ya no se desmaya porque le ponen inyecciones y tiene el apoyo de papá y de la familia. Su doctor es un alemán con apellido de gorrión; creo que Vogel. La acompaño caminando hasta el consultorio, que queda en un segundo piso, frente a un parquecito, a pocas cuadras de donde vivimos.
(No sé por qué mamá no acude al doctor Hoyle,
ginecólogo que ha conquistado a todas las mujeres de mi familia,
tanto paterna como materna. Aparte de lo acertado de sus tratamientos, debe
haber sido su avanzada edad -pues siempre ha sido viejo, con espesos bigotes
grises y de hablar gangoso- lo que lo ha ayudado a ganarse la confianza
de mis abuelas y tías. Asimismo, debe haber contribuido su inveterada
manía de golpearse los dientes, mientras afina mentalmente su diagnóstico,
nada más ni nada menos que... !con el espéculo que acaba de
utilizar para revisarle la vagina a la paciente!)
Ya amo a Susy, mi futura hermanita.
Papá vive en un departamento de la avenida Petit Thouars. Es súper moderno y está decorado con buen gusto, aunque no le van bien los vasos ni los ceniceros de cristal labrado que hay por todas partes. Conduce un bonito convertible y tiene el aspecto de un play boy. Nos visita cada semana o cada quince días en Chaclacayo, la frontera entre la civilización y el campo, donde nos hemos mudado con mamá y mi hermanita, porque yo sufro de asma y papá de solteritis.
Nuestra casa tiene un sólo piso. Queda casi al final de una calle ciega, que termina en un descampado. Hay un muro y un viejo portón verde, cerca de una mata de caña de azúcar. Estamos los tres solos -mamá, mi hermanita y yo-, así que soy el hombre de la casa.
Es de noche y mamá tiene miedo, porque se oyen pasos en el exterior. Luego, el extraño se detiene y se escucha el chirrido de un fósforo raspando la caja y el crepitar de la lumbre encendida. Por la ventana, entra olor a humo de tabaco. Pasa un rato y mamá siente que el intruso apaga la colilla con su zapato, y se marcha. Yo sigo haciéndome el dormido; en realidad, estoy paralizado de terror. Al día siguiente, mamá le cuenta la historia a una vecina y yo finjo no oír ni saber nada. Salgo de la casa en busca de la colilla y la hallo, pero no se lo digo a mamá para no asustarla más.
Las noches son cada vez más largas, más frías, menos
llevaderas. Irónicamente, simultáneamente, el sol alumbra
y calienta el otro lado del mundo.
Es bueno para mamá que papá venga a vernos los fines
de semana, porque ella se pone contenta, arregla la casa y se viste bonito.
También es bueno porque le da la plata para la comida y nos invita
picarones al costado del mercado. Aunque me engríe y me llama "Fray
Junípero" y "cholo lindo", prefiero que papá
esté lejos, porque se molesta si hago bulla mientras que él
duerme la siesta y lo detesto cuando llega la noche y se encierra con mamá
en su cuarto. Siento celos, porque ambos me excluyen de su mundo, dejándome
a merced del merodeador que fuma afuera de la casa. Sólo mamá
está a salvo con papá. Lloro amargamente y en silencio hasta
que me quedo dormido. Al día siguiente, casi no le dirijo la palabra
a mamá. Hasta mi hermanita me traiciona, porque prefiere sus brazos
a los míos.
-0- Es de madrugada. Un negro se está robando la caña de azúcar. La corta con un enorme machete. Mamá despierta a papá, pero él no hace sino espiar al malhechor en silencio, arrodillado en la cabecera de su cama, ocultándose detrás de la cortina de la ventana. Espera hasta que el ladrón se marcha con el botín y, recién entonces, sale para comprobar la pérdida. Si papá tiene miedo, ¿por qué no he de tenerlo yo también?
-0- Mamá me da una cucharada de aceite de hígado de bacalao, que sabe horriblemente mal, dejándome una espantosa impresión en el paladar. Inmediatamente después, como premio por habérmelo tomado y para quitarme el amargo resabio de brebaje, mamá me sirve una merengada de leche con betarraga, ahogando en ella un ¡huevo crudo!
Preparaste un jugo con tus alegrías, le añadí tu belleza sin igual y mezclándolo todo con tus besos ¡me lo tomé!
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Cumplí cuatro años hace unos días, pero lo
estamos celebrando el sábado para que la familia pueda venir desde
Lima a visitarme. Están la abuela Clementina, el abuelo Tiberio,
tía Martita, su novio -el tío Wilfredo, que es más
gordo que Papá Noel-, tía Chela, y mis dos tías más
jóvenes: la Chola y la Techi. No sé por qué no han
venido tío Tiberio ni Saúl, los hermanos varones de mamá.
Tampoco está papá y su ausencia nos hace sentir más
relajados a todos.
Hay picarones. Mamá ha contratado a una negra del mercado que los
prepara bien ricos. Tía Martita me ha regalado un tambor y es el
día más feliz de mi vida. Ya tenemos sirvientes: un matrimonio
y su hija. Sus habitaciones quedan al fondo, cerca del gallinero, frente
al pozo. Con ellos nos sentimos acompañados, aunque el señor
se va todos los días muy temprano, como a las cuatro de la madrugada,
porque tiene un negocio de mulas, con las que carga piedras de río
hasta una obra en Santa Eulalia. Los sirvientes atienden a los invitados
y mamá se divierte como nunca. Tía Chela me sorprende recogiendo
una caca seca de pollo, mezclada con tierra, que yace sobre el piso del
gallinero; una de tantas.
-No seas cochino, hijito -me dice-. Eso tiene microbios.
Me meto rápidamente la plasta dentro de la boca y ella se horroriza. Yo sólo sé que me gusta, que es salada y picante. Acaban de descubrir la causa de mis frecuentes diarreas. No son producto de las pócimas que me da mamá, como ella secretamente creía.
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Ahora papá viene más a menudo. Le gusta traer a sus amigos. Ha invitado a pasar el fin de semana a una familia con tres niños, más o menos de mi misma edad. Mamá está furiosa porque no sabe qué darles de comer y papá ni se inmuta. La pareja comprende la situación y sugiere hacer compras. Los mayores se han ido al mercado y los niños nos hemos quedado jugando a las escondidas. Estoy con uno de ellos, el más grande, ocultándonos detrás del portón verde de la entrada. Me propone intercambiar de ropa para despistar al adversario. El me da su "mameluco" y yo le entrego mi short y mi polo, pero él quiere que también intercambiemos los calzoncillos. Le explico que eso no es necesario para el juego. El insiste y yo me opongo. Se molesta y se va. Se aleja de mí haciéndome una mueca de desprecio. Me siento culpable.
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La señora Margot es nuestra vecina. Es una alemana vieja y ruda, pero a pesar de su rudeza cría canarios en una gran pajarera. Me gusta visitarla para ver sus animales. A ella le agrada que la acompañe y me invita helado de chocolate, pero no quiere que toque a los pájaros porque tiene miedo de que los mate, como suelo hacerlo con los pollitos de mamá. Los pollitos me encantan, pero me da nervios cuando los cargo y los aprieto tanto que se mueren asfixiados. La señora Margot siempre tiene las manos manchadas de pintura, lleva un balde, carga un serrucho o está agachada mezclando cemento. Ahora la señora Margot se ha alocado -comenta mamá- y ha soltado a todos los canarios; dice que deben ser libres.
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Otra vecina ha dejado a sus hijos encerrados en un cuarto y se ha ido con un hombre (que no es su esposo) a Huampaní, un centro vacacional y de esparcimiento que queda no muy distante. Se ha hecho de noche y los niños lloran, de miedo y de hambre. Mamá los rescata por la ventana, les relata cuentos y les da de comer. Cuando la vecina vuelve, se pone furiosa con mamá y le pide que no se meta en su vida. Soy afortunado de tener una mamá que no me deja sólo, salvo cuando se encierra con papá los fines de semana.
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En Huampaní hay una laguna con botes y patos. También hay un trencito para niños. Para llevarme, mamá debe ahorrar durante largo tiempo. Hoy me estoy divirtiendo allí. Mamá está distraída. Corro detrás del trencito y me agarro del último vagón. Va lento, pero poco a poco cobra más velocidad. Tropiezo y caigo sobre la línea, entre los dos rieles. Empiezo a dar de alaridos y todos me gritan. Me dicen que me suelte, pero continúo asido al vagón sin saber por qué, mientras que las rodillas se me destrozan con los durmientes. Estoy herido, mamá me lava con algo que arde y huele muy fuerte. Tengo fiebre. Tengo pesadillas con el tren arrastrándome. Hasta hoy, de adulto, este onirismo recurrente me persigue cuando tengo problemas que no logro resolver; es decir, siempre.
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Mamá se pone elegante, salimos a la carretera, un señor detiene su automóvil y nos recoge. Nos sentamos en el asiento trasero. Yo les converso, pero el señor se queda callado y ella me contesta con evasivas. El viaje se me hace muy largo, pero encuentro alguna distracción en la estación de Ñaña, porque precisamente se ha detenido un tren (los trenes tienen para mí un magnetismo especial: me atraen y me repelen al mismo tiempo, pero sin llegar al extremo de la siderodromofobia). Más allá, sobre una de las márgenes del río Rímac, hay muchas chozas de estera. Mamá comenta que han invadido ese terreno y que alguna de esas "covachas" debe pertenecer a nuestros sirvientes. !Qué diferentes son esas casas de la mía! y, sobre todo, de La Ponderosa, una magnífica finca que queda en la carretera., a mano izquierda. Allí viven Augustito -el primogénito de tío Augusto-, su esposa Caridad, junior y las niñas, que llevan nombres de flores: Camelia y Hortensia. Mamá le paga al chofer y él también le da dinero. Nos bajamos, caminamos, cruzamos una enorme plaza donde hay un monumento con un soldado a caballo, mamá me compra una fruna y nos subimos a un ómnibus. Llegamos a casa de la abuela Clementina. Mamá discute con el abuelo Tiberio; todos están en contra del abuelo. Ya es de noche, papá llega en su bonito auto, toca bocina, mamá baja y se va con él. Yo me quedo comiendo cancha con tía Techi.
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Nuevamente han venido a Chaclacayo las hermanas de mamá con tío Wilfredo, pero ahora también están los hermanos varones: tío Tiberio y tío Saúl. Hay varios carros. Estoy muy triste, porque mamá ha hecho que los sirvientes maten a todos los animales, incluyendo a Roberta, mi gallina preferida. Roberta tenía las plumas blancas, se dejaba agarrar por mí y ponía diariamente un huevo. Por alguna razón desconocida, sólo se han salvado un par de Cariocas y otro de gallitos enanos, que no sé dónde han ido a parar. Descubro que nos estamos mudando a casa de la abuela Clementina y eso me produce una horrible sensación de inseguridad y malestar, aunque no tanto como el día en que nací.
Estoy desnudo, parado en un sendero estrecho, sin saber a dónde ir. Arriba, en lo más alto de la bóveda gris, las nubes son densas y avanzan rápidamente, muy juntas entre sí, impulsadas por un viento gélido que me enfría hasta el alma. Las montañas se ven altísimas, inexpugnables, y a mis pies hay un profundo barranco, tan profundo y negro que no alcanzo a verle el fondo.
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Papá llega borracho. No se atreve a tocar el timbre, porque
se da cuenta de su estado y sabe que mamá, ni nadie en la casa, quiere
verlo. Solo hace sonar el claxon de su carro, que todos reconocemos. Como
mamá no sale, envalentonado por el efecto del alcohol, ahora toca
la bocina insistentemente, llamando la atención de todo el vecindario.
La abuela Clementina quisiera asesinarlo, el abuelo Tiberio ya se está
vistiendo para enfrentarlo, así que mamá prefiere ceder ante
la prepotencia de papá y sale a su encuentro para evitar un escándalo
mayor. Siento vergüenza frente a mis abuelos y tías por el comportamiento
de papá. Tengo miedo de que mamá se vaya y no vuelva.
Frank Otero