Yo, el de las manos simples
esperé tu leyenda rosada y
ardorosa
y apreté los pequeños deseos infantiles
para que levantaras tus alas olorosas.
Y para que pasaras
tuve que ser todo esto que tú sabes ahora.
(Ir matando en mi vida las ilusiones claras
y sentir que eran lentas e inútiles las
horas).
Ahora, amor, ahora
tú sabes que soy sólo un atado
de dudas
y porque lo quisiste
llevo abiertas mis manos cándodas
y desnudas.
Y, Amor, aunque lo quieras
aunque vibren los versos de todas tus dulzuras,
aunque tus voces canten las canciones más
puras,
con mi voz desolada te habré de decir
siempre
ya no podré amar nunca
ya no podré amar nunca!
(Pablo Neruda)