La
amistad se traduce en pequeños detalles. En el abrazo cordial
de los jugadores a un ejecutivo joven que salió de vacaiones
y al que ahora vuelven a encontrar en Santiago, por ejemplo. O en
la forma en que cada uno habla de las bondades del otro.
La
lluvia impidió que Cobreloa tuviera su primer examen en una
cancha santiaguina. La exhibición de méritos futbolísticos
quedó postergada. Pero sirvió para verlos desempeñarse
como pasajeros de un hotel. Y para conversar sobre aspectos que
no habrían alcanzado a tocarse en un conglomerado camarín.
Son
sólo siete mese de vida. En un plantel de jugadores sólo
25 son de la zona. Su entrenador no sólo desconocía
el club -no tenía por qué conocerlo, si no existía-,
sino que estaba alejado del medio nacional desde hacía varios
años. Sus dirigentes estaban habituados a las finanzas, a
las obras de ingeniería, a la producción del cobre,
pero no tenían oficio ni siquiera en el fútbol amateur.
Pero
en siete meses se hizo mucho: se remodeló y amplió
el Estadio de Calama, se levantaron camarines que constituyen una
envidia, la cancha quedó como una alfombra, se formó
un plantel poderoso, se efectuó una campaña de socios
y el último inscrito lleva el 13.400.
Los
jugadores que llegaron han aportado lo que de ellos se esperaba
y se han integrado con sorprendente facilidad. La experiencia de
Chamaco Valdés, Juan Olivares el mundo de Luis Garisto, Baudilio
Jáuregui y Julio Correa, los tres uruguayos, han constituido
lecciones prácticas para quienes buscan consagración:
Daniel Díaz, el que era arquero de Magallanes; Manfredo González,
ex Huachipato; Antonio Aedo, ex San Felipe; Cristián Sasso,
ex Ovalle; Juan Nuñez, ex Naval; Carlso Gómez y Luis
Ahumada, ex Lota, y para esos muchachos que sólo conocían
el fútbol profesional por los relatos.
Andrés
Prieto eligió bien e hizo buena mezcla de experiencia y juventud.
Y trabaja con el entusiasmo y la seriedad de siempre.
Los
dirigentes se aplicaron a su tarea futbolística, con la misma
responsabilidad y dedicación conque complen sus labores en
la empresa. Buscaron el asesoramiento adecuado y el consejo sabio
antes de adoptar las decisiones más importantes. Y en su
papel de ejecutivos, hablan poco y hacen mucho.
Y
mientras los jugadores destacan el trato y la capacidad de los dirigentes,
éstos hablan de la unión del grupo, del comportamiento
general y de la integración de los jugadores con la comunidad.
Patricio Reyes, jefe de la oficina de Chuquicamata en Santiago,
director ejecutivo del club, tal vez el único dirigente con
experiencia en el fútbol (fue consejero de la "U"
en los tiempos del Ballet), destaca un gesto:
-
Los jugadores acordaron donar mensualmente tres mil pesos para la
organización llamada "Chuqui Ayuda". Se trata de
proteger a niños desvalidos, a ancianos sin recursos. Y nadie
se los pidió. Fue iniciativa de ellos.
El
mismo dirigente pesa realidades y adelanta proyectos:
-
Problemas económicos no hay. La empresa aporta al club, en
calidad de préstamo, el equivalante a cada socio. Por un
peso que pone un particular, pone otro peso. Además estamos
convertidos, junto a Talca, en la mejor plaza. No bajamos de ocho
mil personas y el promedio de socios es de 3.500 por partido. Y
nuestra plantilla no es la más cara, la de Rangers es superior.
Tenemos gran confianza en el equipo. El torneo es duro, pero las
posibilidades son cuatro. Y con un equipo recién formado,
estamos a sólo tres puntos del puntero. Sinceramente, no
esperábamos cosechar tantos puntos en estas primeras fechas.
Y
el futuro inmediato:
-
Nuestra tarea es inciar el trabajo con la juventud. Formar divisiones
inferiores y darles la posibilidad a los muchachos de la zona.
Hay
deseos de trabajar. Existe preocupación por dar soluciones
antes que el problema aparezca. Se brindan los medios.
Y
los jugadores responden con calidad y profesionalismo. Juan Olivares
parece rejuvenecido, pese a que ahora lleva bigotes. Chamaco bajó
siete kilos. Yávar contagia espíritu actuando de volante
de contención. Germán Concha se ve cambiado, más
desenvuelto y colaborador.
Y
los nuevos observan y aprenden. Aunque no sean tan jóvenes,
como en el caso de Gustavo Cuello: a los 32 años de edad
encontró la oportunidad de jugar en el fútbol profesional.
Su explicación es simple:
-Llegé
tan tarde al fútbol, porque el fútbol llegó
tarde hasta donde estaba yo.
Funcionario
de la Maestranza de Chuquicamata, prefierió el trabajo a
las ofertas que le llegaron de distintos clubes, luego de actuar
en cinco torneos nacionales de fútbol aficionado. Fue dos
veces campeón, otras tantas subcampeón y tercero en
la restante.
Esa
costumbre de ser campeón no es exclusiva de Cuello. La adquirieron
también Juan Olivares (en Wanderers y Unión Española),
Francisco Valdés (en Colo Colo); Guillermo Yávar (en
la U, la Unión Española, U. Católica y O'Higgins),
Sergio Pérez (en Ñublense). Y con Luis Garisto no
terminaríamos nunca: le tocó la época buena
de Independiente, que llegó hasta campeón del mundo.
De
ahí nace la fe de ver triunfantes unas camisetas de color
naranja, que nacieron hace siete meses y que ya han conseguido mucho.
|