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Editorial:
Ante la crisis que se viene
Preparar la resistencia
obrera y popular
Autor: ESTRATEGIA OBRERA 64
Fecha: 14 FEBRERO 2008
El año 2008 empezó con
nuevos ataques a las conquistas y a la condición de vida
de los trabajadores y sectores populares de México, y
con nuevos desafíos de lucha por delante. Si la patronal
y sus instituciones tienen el propósito –con la
privatización de PEMEX y la reforma laboral- de redoblar
la entrega, desde abajo emerge una denodada resistencia,
como se vio el 31 de enero, con el gran frente único
obrero, campesino y popular que salió a las calles del
DF. En este contexto, la crisis financiera internacional
y norteamericana tendrá importantes implicaciones para
el país y en particular para los trabajadores y el
pueblo. Ya que, como en 1995 y en 2001, los patrones y
el gobierno buscarán que la crisis de sus negocios la
paguemos los de abajo. Por eso, para el movimiento
obrero y popular es fundamental comprender las
perspectivas de la crisis económica y el programa para
enfrentarla.
Las
claves de la crisis
Con las últimas noticias
sobre la economía de EEUU, los analistas ya dan por
descontada una recesión en aquel país. En México, al ritmo
del descenso de Wall Street, el 5 de febrero la Bolsa cayó
un 4.53%, desplomándose las empresas estadounidenses que
allí cotizan,como el Citigroup y CEMEX, cuyo principal
cliente es la industria de la construcción de EEUU. Esto
se combina con un gran aumento de precios, motorizado por
aumento al combustible y los productos básicos (como la
tortilla) que afecta fuertemente al bolsillo de las
mayorías. A pesar de las declaraciones de Calderón de que
«la economía está fuerte», varios elementos propician el
«contagio» de la recesión norteamericana en México y son
el trasfondo del nerviosismo en los analistas y de la
caída de la Bolsa Mexicana de Valores. En primer lugar, el
peso de las exportaciones petroleras en los ingresos
fiscales puede ser un boomerang, ya que, ante la
desaceleración en EE.UU. y la caída de su demanda (es el
principal comprador de petróleo mexicano), los precios de
esta materia prima podrían desplomarse. Junto a esto, las
cuantiosas inversiones del capital financiero
estadounidense (es mayoritario en el total de la inversión
directa) tenderán a retroceder ante el temor de la
inestabilidad en México y de un ascenso de la lucha de
clases. En tercer lugar, la recesión en EEUU golpeará
duramente sobre los millones de trabajadores mexicanos que
laboran del otro lado de la frontera; esto ya pone un
freno a las remesas que son un ingreso clave para miles de
familias en México, y repercutirá en una baja del consumo
(remesas que además le permiten al gobierno de Calderón
nivelar el déficit de la balanza de pagos). Pero el
elemento más importante es que -al estar la industria
mexicana muy vinculada y orientada a las necesidades de la
economía yanqui-, un descenso de la producción y el
consumo en Estados Unidos repercutirá en la caída de las
exportaciones de México y por ende un descenso de la
producción, una caída del empleo y del consumo. Se estima
que, por cada punto porcentual que cae la economía de EEUU,
el PBI nacional puede descender alrededor de 2 a 3 puntos
porcentuales. Estos elementos, conjuntados, abren un
panorama crítico para la economía nacional. El discurso de
Calderón, anunciando que «buscaremos nuevos mercados»
choca con una cuestión fundamental: la economía mexicana
depende fuertemente del curso económico de los EEUU
mediante redes comerciales, exenciones de impuestos y
parte de la planta productiva es propiedad directa (o a
través de prestanombres) de las trasnacionales
norteamericanas. Como ocurrió en el pasado, las
consecuencias de la crisis en EEUU se sentirán en México.
Los trabajadores sabemos que significa esto: despidos,
cierres técnicos, y -en el caso de los que mantengan su
fuente de trabajo-, chantaje patronal para que aceptemos
rebajas y topes salariales «a cambio» de seguir siendo
explotados. Depende de la clase obrera enfrentar la
ofensiva que se agravará en los próximos meses.
El TLC
y la subordinación al imperialismo
Esta situación es
consecuencia de la tan mentada «integración» propiciada
por el TLC, defendido a capa y espada por el gobierno,
panistas y priistas. Lejos de una «integración
beneficiosa», el TLC profundizó la recolonización de
México y su conversión en una estrella más de la bandera
norteamericana. Si durante décadas México fue una
semicolonia (que mantenía su independencia, mientras se
subordinaba económica, política y diplomáticamente a
Washington), en los ´80 y en especial desde el TLC esto se
acrecentó, como planteamos en el artículo referente a la
situación del campo. En la industria, mientras sectores
enteros eran arruinados por la inundación de importaciones
(como el calzado), ramas como la automotriz, la
electrónica, o la textil, eran «reconvertidas» por el
capital estadounidense y se orientaban a ese mercado. La
industria fue transformada en una plataforma de
exportación, con miles de maquiladoras con escasa
inversión tecnológica y explotación intensiva de la fuerza
de trabajo (como las textiles) junto a plantas
modernizadas, como las automotrices. Estas ramas de la
industria se orientaron a cubrir las necesidades de las
casas matrices del otro lado del Río Bravo y también a
abastecer al mercado interno norteamericano. Durante los
años previos, el aumento de las exportaciones y del PBI se
basó en la precarización del trabajo, la contención
salarial y en «reorientar» la economía -no en función de
los intereses de las mayorías-, sino para acrecentar las
ganancias de un puñado de monopolios trasnacionales. Ese
«modelo exportador» viene, desde el año 2001, en una lenta
y persistente crisis (con el cierre de numerosas empresas
maquiladoras, por ejemplo), y ahora la recesión en EEUU
amenaza con propinarle un duro golpe.
A
prepararse contra el ataque
Como decimos arriba, el
gobierno intentará enfrentar la recesión con nuevos
golpes, combinando el aumento de precios y la inflación
con duras medidas como la reforma laboral, topes
salariales y la intromisión en los sindicatos. Con esto
busca dar una imagen ante los inversores capitalistas, y
evitar una retirada masiva de capitales, que afectaría la
llamada estabilidad macroeconómica. Ante eso, los
trabajadores tenemos que prepararnos. El descontento
contra el gobierno, que recorre a la población trabajadora
del campo y la ciudad, los jóvenes y sectores de las capas
medias, hace más real y necesaria una gran lucha contra
Calderón y sus planes, preparando un gran paro nacional,
como planteamos en la página siguiente. En ese camino, hay
que tener una estrategia que enfrente el ataque
capitalista. La actual crisis muestra que el capitalismo
sólo depara más explotación y miseria, consecuencia del
hambre de ganancias de los monopolios. Y vuelve más
urgente un programa para enfrentar la crisis que se
avecina, y para que sean los capitalistas quienes paguen
sus efectos y no los trabajadores. Un programa para que,
ante cada duro ataque respondamos con más fuerza y
determinación: que ante los despidos y cierres, lance un
grito de guerra por la apertura de los libros de
contabilidad de las empresas, y la expropiación sin pago
de toda empresa que cierre o despida bajo control de los
trabajadores; que frente al aumento de precios y los topes
salariales, luche por imponer la escala móvil de salarios
y de horas de trabajo, según la inflación y a costa de las
ganancias capitalistas. Este debe ser nuestro programa
mínimo de emergencia ante la crisis, pues no hay solución
a las demandas de los trabajadores y campesinos sin atacar
a los capitalistas y terratenientes. La agudización del
ataque muestra que cualquier alternativa para
«democratizar pacíficamente» el régimen político y
«humanizar» el capitalismo (como la que sostienen el PRD y
distintas direcciones políticas y sindicales que integran
la CND y el Dialogo Nacional), es utópica y sólo puede ser
un callejón sin salida para la lucha obrera y popular. Lo
que necesitamos es una perspectiva estratégica que apunte
a la transformación radical de la sociedad, esto es una
gran lucha revolucionaria de los explotados y oprimidos
que, basada en sus métodos como la huelga y en la
autoorganización democrática, logre imponer un gobierno de
obreros y campesinos, iniciando el camino de expropiar a
los expropiadores, rompiendo con la dominación
imperialista, y comenzando a edificar una sociedad sin
explotadores ni explotados. Luchar por esa perspectiva
requiere conquistar la independencia de clase de los
trabajadores respecto a los distintos partidos patronales,
y construir un gran partido revolucionario, socialista e
internacionalista, de la clase obrera.
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