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¿DEMOCRACIA SIN PARTIDOS?

Opinión - El Universal, 30 de noviembre de 1999.

Carlos Guillermo Arocha

El fortalecimiento de las instituciones democráticas debe ser uno de los objetivos esenciales de las constituciones. Su fin último: la consolidación de un régimen de libertades que garantice a su vez el mayor bienestar colectivo posible. Sin embargo, al revisar la relación entre el proceso constituyente y los partidos políticos, lógicos garantes de la democracia, encontramos señales preocupantes.

La Constitución de 1961 sentó las bases de un régimen democrático constitucional, en donde se fomentó la construcción de instituciones y el respeto a sus actos, la separación de los poderes públicos y la posibilidad cierta que se produjeran controles y contrapesos entre ellos. En lo relativo a los derechos políticos, se establecieron los partidos políticos como los actores idóneos del sistema. De esta manera Venezuela se alineaba dentro de la corriente democrática mundial que incorpora con rango constitucional a los partidos políticos como actores fundamentales del proceso de libertades.

Es curioso que todavía en nuestros días se discuta, argumentando razones superficiales y anecdóticas, que los partidos políticos deben ser sustituidos por la participación individual o por otro tipo de organización ciudadana.

Vale destacar cómo los países que han sufrido los embates autoritarios han comprendido la importancia de los partidos y han procedido a protegerles con rango constitucional y condiciones especiales.

Pareciera ignorarse que los partidos tienen una naturaleza distinta al resto de los grupos sociales, llámense ONG, grupos de interés o grupos de presión. Ellos aglutinan grupos sociales con similar manera de pensar, para luchar competitivamente por el poder político y aspiran desde el gobierno a transformar la sociedad buscando el bien colectivo. Las demás organizaciones realizan sus actividades propias, y en el área política sólo pretenden "influir" en quienes ejercen el poder, para que tomen las decisiones que les benefician, sin pretender ejercerlo por si mismos.

Además, sólo la capacidad organizativa de los partidos políticos y su potencialidad articuladora de la sociedad pueden enfrentar los altibajos emocionales de la demagogia y el personalismo. Las organizaciones políticas bien manejadas son la clave para desarrollar el liderazgo colectivo, basado en las ideas y con responsabilidad ante los ciudadanos.

El actual sector oficial, desconfiado de los partidos por principio, especialmente de los partidos históricos, en el proyecto de Constitución opta por mantenerlos, pero diluyéndolos en su actividad al darle el mismo rango para actuar políticamente no sólo a los partidos, sino a cualquier grupo social o a la actuación individual sin considerar las consecuencias que ello implica.

¿Podría entonces un sindicato, o una fundación, o más grave aún, un grupo neo-nazi, o paramilitar, participar políticamente sin regulación particular? Consideramos que no se es más democrático porque se abra la posibilidad de actuar políticamente a grupos no propiamente políticos. Lo que se requiere es precisar que quienes deseen participar políticamente se organicen con esos fines y se sometan a una regulación publica en lo relativo a sus fines democráticos, lícitos, asegurando además su democracia interna y la transparencia en la administración de sus recursos.

Nunca está de más repetir que no hay democracia sin partidos. Tampoco que las supuestas alternativas a los partidos políticos en el mundo han demostrado ser un fracaso seguro y el origen de regímenes autoritarios de la más variada índole.

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