A MI CERRADA
L. y M. F. Delgadillo 1992
Llegué cuando todo era
un campo sin fin
y la cerrada limitaba el jardín
de mi casa como una extensión
de concreto que marcaba un
camino
hacia el mundo.
Y cuando o paraba de lloviznar
mi bicicleta junto a las de
otros mas
me llevaba y sacaba del lodo
y la calle era todo un océano
que había que cruzar.
Cuando la calle se llenó
de muchachos
y los terrenos de casas y cuartos
con gente decente
pero indiferente a la mía
pensaba que un día volvería
a ser igual.
Y es que pasó a ser
zona residencial
con autos nuevos y calles de
asfalto
y a mí me daba nostalgia
mirar mi cerrada
tan quieta y callada
que ahora era lugar de reunión
de un montón de chicos
engreídos
que hablaban de un mundo
tan desconocido por mí
que sentí que debía
ser así.
Tuve una novia en un verano
de sol
me incorporé con la
civilización
al amor y a otros simples momentos
que cubren el tiempo del chico
mayor,
recuerdo cuando volvía
de trabajar
mi casa era una luz en la obscuridad
y a mi cerrada una calle privada
donde podía hundirme
en la noche al llegar.
Y entonces me vinieron a buscar
la calle, la noche y lo que
hay detrás
bajo este cielo tan triste
que siempre se viste de gris
al clarear
y me habitué al ronroneo
vagabundo
del tráfico aéreo,
a ese rumor callejero
de los autos que exhaustos
discurren
y nunca descansan.
La ciudad es una obscura calle
eterna
plagada de extraños
que pasan de largo
es la estación cerrada
de un metro
que no va a ningún lado,
es un lugar solitario.
Por eso a veces pienso en escapar
pero a mi casa la rodeó
la ciudad
y a mí me ató
para siempre
a sus calles de luz mortecina
que anda en las esquinas.
Hace algún tiempo a
mi vuelta
veía a mi cerrada vieja,
reservada y tranquila
pero hoy que la he visto bien,
no hallé
mas que un callejón
sin salida,
un callejón sin salida.
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