SEGURO AZAR (1924-1928)

[19]   Valle

En el paisaje tierno
- aquí, quedarse -,
el puente de hierro. Cielo azul, verde tierra;
el puente ¡qué negro! Sobre colinas muelles
voluntad en desmayo,
amor en vacaciones,
toda la vida en curvas. Pero el marchar, seguir,
él, solo, puente, recto.

[20]   La difícil

En los extremos estás
de ti, por ellos te busco.
Amarte:¡qué ir y venir
a ti misma de ti misma!
Para dar contigo, cerca,
¡qué lejos habría que ir!
Amor: distancias, vaivén
sin parar.
En medio del camino, nada.
No, tu voz no, tu silencio.
Redondo, terso, sin quiebra,
como aire, las preguntas
apenas le rizan,
como piedras, las preguntas
en el fondo se las guarda.
Superficie del silencio
y yo mirándome en ella.
Nada, tu silencio, sí. O todo tu grito, sí.
Afilado en el callar,
acero, rayo, saeta,
rasgador, desgarrador,
¡qué exactitud repentina
rompiendo al mundo la entraña,
donde él llega, fugacísimo!
Todo, sí, tu grito, sí. Pero tu voz no la quiero.

[21]    Placer, a las once

El arcángel del domingo,
de paz arcángel guerrero,
estandartes desplegados
las horas de la mañana,
contra enemigo, el misterio.
Del hombro cuelga la aljaba
toda llena de alfabetos:
las letras que clavará
-¡qué propaganda del gozo!-
luminosas en el cielo.
Ya se le alistan detrás
voluntarios de lo cierto:
maquinaria americana,
ágiles volatineros.
¡Cómo empuja el mar sus olas
de sonrisas contra ceños!
El niño blande su espada:
"¡Sí, porque sí, porque sí!",
toda afilada de quieros.
Escuadrones de cien voltios
alancean los reflejos.
Y van las voces redondas,
lunas llenas por los cielos,
en su perfil encerradas
sin servidumbre a los ecos.
Caprichos salteadores
risueñamente le quiebran
la cerradura al secreto.
El secreto, cascabel.
Suena, solución perfecta,
suena la alegría dentro.

[22]   Números

Tenías abecedario
innumerable de estrellas;
clara
ibas poniendo la letra,
noche de agosto.
Pero yo, sin entenderla,
misterio, no la quería.
Aquí en la mesa de al lado
dos hombres echaban cuentas
. Más bellas que los luceros
fúlgidas, cifras y cifras,
cruzaban por el silencio,
puras estrellas errantes,
señales de suerte buena
con largas caudas de ceros.
Y yo me quedé mirándolas:
-¡qué constelación perfecta
tres por tres nueve!- olvidado
de Ariadna, desnuda allí
en islas del horizonte.

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