Articulo
Ante nosotros, sin ningún telón de por medio, una iluminada y elegante escenografía blanca de arquitectura clásica, sólo interrumpida por un lujoso piano negro, una mesita y algún que otro mueble menor.
Al parecer la tercera llamada no sirvió de mucho, porque las luces del público continúan encendidas y todavía anda por aquí un técnico, vestido de overol gris, cuidando que todo en el escenario esté al punto. Ah perdón, no es un técnico, es el primer actor que aparece. Sale y por la misma puerta entra otro joven impecablemente vestido de traje negro.
Se sienta ceremoniosamente en el piano, y con un candor casi infantil nos saluda. El público cambia miradas de incertidumbre de si ya empezó o todavía no...pero la irrupción de Diana Bracho por la puerta del fondo aleja todas las dudas.
Viste un conjunto de saco y pantalón negros y una pañoleta transparente sobre los hombros. Se adelanta hasta el proscenio con majestuosidad y nos saluda también. Pide que se apaguen las luces de la sala, que le traigan su cojín, un banco... Entonces lo comprendemos. Nosotros, los que por X o Y circunstancias nos hemos dado cita esa noche, no estamos asistiendo únicamente a una obra de teatro, sino a una clase maestra de canto operístico impartido nada más y nada menos que por una de las mejores sopranos de todos los tiempos: María Callas.
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