No. 090 del 4 de noviembre de 2000 |
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Historias del subdesarrollo SAN TANQUE Por Miguel A. Villarino Arnábar
En el marasmo de las tres de la tarde de un día cualquiera, un tanque de gas reventó en uno de los puestos que se encuentran a las afueras del mercado principal de Champotón. Salió disparado por los cielos removiendo aire, silencio y tiempo que aquí parece no transcurrir sino flotar-, y fue a caer con un estrépito metálico en la calle 25, entre 28 y 30, en pleno centro de la ciudad. A pesar del enorme trabajo que cuesta, varios vecinos fueron capaces de levantarse de su hamaca para constatar lo ocurrido. A eso de las seis de la tarde de ese mismo día, en la tertulia vespertina que se forma a las puertas de casa de mi tía Vilma, una señora narraba con lujo de detalles y con su particular acento caribeño el suceso. Con precisión matemática dio cuenta de la hora exacta de la explosión, de la parábola descrita por el recipiente de gas en su viaje, del lugar exacto de la caída y del accidente que estuvo a punto de ocurrir: "Vieras-chita-la-cara-que-puso-el-chofer-del-auto-cuando-vio-lo-que-le-iba-a-caer-encima ¡Ja, no digo a ti! Por-un-pelito-y-le-desgracia-el-carro. ¡Pálido quedo el pobre, muchacha!" A pesar de que los pormenores proporcionados por esta historiadora involuntaria enriquecieron bastante los datos sobre el suceso, algo no encajaba: ella aseguraba que el ya por esas horas famoso tanque había caído en la calle 28, frente a la papelería de la maestra Lilia Góngora, no en la 25. Este error, como veremos después, es bastante insignificante ante la magnitud del evento. A eso de las ocho de la noche, platicando con algunas personas en el Parque Principal, alguien comentó algo sobre el tanque. Señaló la hora exacta de la explosión, sí, pero ubicó el lugar de la caída bastante más lejos. Dijo que ese pedazo de fierros retorcidos se había precipitado en la Unidad Deportiva Ulises Sansores, lugar muy retirado del centro de la ciudad, y, para reforzar su versión, aseguró que unos metros más a la izquierda y destrozaba las láminas de asbesto que sirven de techo a la cancha de básquetbol. Poco más tarde se desató la polémica porque otra persona juró, besando la cruz y toda la cosa, que el multicitado tanque había caído en la cancha del fraccionamiento Plan Chac éste se ubica al final de la Avenida Carlos Sansores-, y que en el desplome estuvo a punto de caerle en la cabeza a un niño que se encontraba jugando pelota. No platiqué con nadie más, ni del Ejido Paraíso ni de ningún otro barrio de Champotón, pero hay motivos para asegurar que ellos también se apuntarían en la lista de lugares donde cayó la cosa esa. Cualquier persona de cierto entendimiento podría conjeturar, basándose en lo aquí expuesto, que los champotoneros gustamos de falsear la realidad, que somos fantasiosos. Otros más, con menos luces y un poco vulgares en su léxico, podrían tacharnos de mentirosos o embusteros. En ambos casos sólo varían los calificativos pero queda la incredulidad y el desprecio. Los que vivimos en Champotón sabemos que nadie aquí dice mentiras, que la adulteración de la realidad nunca se ha dado por estos lares y, por lo menos yo, si creo, y a ojos cerrados, en mis coterráneos y sus historias sobre el tanque y los muchos lugares donde cayó. Habrá, en cambio, quienes no traten de encontrarle una explicación racional al fenómeno y simplemente argumenten que fue un prodigio del omnipotente. Estos son los que posiblemente desentrañaron la verdad por vía de la fe y a ellos me atengo: Entre los milagros que se le achacan al santo peruano Martín de Porres se encuentra el de la ubicuidad o la capacidad de estar en dos o más lugares al mismo tiempo. Según se sabe, San Martín fue visto predicando la palabra de Dios en Japón sin haber salido nunca de Perú. Fue un tanque, y sólo uno, el que explotó una, y sólo una vez a las tres de la tarde de un día cualquiera en las afueras del Mercado Principal de Champotón y cayó en muchas partes. El hecho en sí mismo es una vindicación de la divinidad, más lo es aún que Dios, que sus motivos tendrá y son inescrutables, haya escogido un tanque de gas, un artefacto tan común, tan insignificante, para demostrar su extraordinario poder. Por mi parte, creo que si un santo nos hace falta en la bahía ya Dios nos lo proporcionó. Será nuestro San Tanque de Porres de Champotón. |
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