Cuando un pueblo, una cultura vive y vibra, el mundo es más grande y la realidad más amplia y clara. Si en nombre de dios y el progreso matamos una tradición, un pueblo, una historia... todos nosotros nos empobrecemos irremediablemente.
1 EL TIEMPO
El tiempo de los mayas nació y tuvo nombre cuando no existía el cielo ni había despertado todavía la tierra.
Los días partieron del oriente y se echaron a caminar.
El primer día sacó de sus entrañas al cielo y a la tierra.
El segundo día hizo la escalera por donde baja la lluvia.
Obras del tercero fueron los ciclos del mar y de la tierra y la muchedumbre de las cosas.
Por voluntad del cuarto día, la tierra y el cielo se inclinaron y pudieron encontrarse.
El quinto día decidió que todos trabajaran.
Del sexto salió la primera luz.
En los lugares donde no había nada, el séptimo día puso tierra.
El octavo clavó en la tierra sus manos y sus pies.
El noveno día creó los mundos inferiores.
El décimo día destinó los mundos inferiores a quienes tienen veneno en su alma.
Dentro del sol el undécimo día modeló la piedra y el árbol.
Fue el duodécimo quien hizo el viento. Sopló viento y lo llamó espíritu, porque no había muerte dentro de él.
El decimotercer día mojó la tierra y con barro amasó un cuerpo como el nuestro.
Así se recuerda en Yucatán.
2 EL LENGUAJE
El Padre Primero de los guaraníes se irguió en la oscuridad, iluminado por los reflejos de su propio corazón y creó las llamas y la tenue neblina. Creó el amor, y no tenía a quién dárselo. Creó el lenguaje, pero no había quién lo escuchara.
Entonces encomendó a las divinidades que construyeran el mundo y que se hicieran cargo del fuego, la niebla, la lluvia y el viento. Y les entregó la música y las palabras del himno sagrado, para que dieran vida a las mujeres y a los hombres.
Así el amor se hizo comunión, el lenguaje cobró vida y el Padre Primero redimió su soledad. Él acompañaba a los hombres y a las mujeres que caminan y cantan:
Ya estamos pisando esta tierra,
Ya estamos pisando esta tierra reluciente.
3 LA AUTORIDAD
En épocas remotas, las mujeres se sentaban en la proa de la canoa y los hombres en la popa. Eran las mujeres quienes cazaban y pescaban. Ellas salían de las aldeas y volvían cuando podían o querían.
Los hombres montaban las chozas, preparaban la comida, mantenían encendidas las fogatas contra el frío, cuidaban a los hijos y curtían las pieles de abrigo.
Así era la vida entre los indios onas y yaganes, en la Tierra del Fuego, hasta que un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron las máscaras que las mujeres habían inventado para darles terror.
Solamente las niñas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras crecían, los
asesinos les decían y les repetían, que servir a los hombres era su destino. Ellas lo
creyeron. También lo creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas.
4 LA RISA
El murciélago, colgado de la rama por los pies, vio que un guerrero kayapó se inclinaba sobre el manantial. Quiso ser su amigo.
Se dejó caer sobre el guerrero y lo abrazó. Como no conocía el idioma de los kayapó, le habló con las manos. Las caricias del murciélago arrancaron al hombre la primera carcajada. Cuanto más se reía, más débil se sentía. Tanto se rió, que al fin perdió todas sus fuerzas y cayó desmayado.
Cuando se supo en la aldea, hubo furia. Los guerreros quemaron un montón de hojas secas en la gruta de los murciélagos y cerraron la entrada.
Después discutieron. Los guerreros resolvieron que la risa fuera usada solamente por
las mujeres y los niños.
5 EL GUAYACÁN
Andaba en busca de agua una muchacha del pueblo de los nivakle, cuando se encontró con un árbol fornido, Nasuk, el guayacán, y se sintió llamada.
Se abrazó a su firme tronco, apretándose con todo el cuerpo, y clavó sus uñas en la corteza. El árbol sangró. Al despedirse, ella dijo:
-¡Cómo quisiera, Nasuk, que fueras hombre!.
Y el guayacán se hizo hombre y fue a buscarla. Cuando la encontró, le mostró la
espalda arañada y se tendió a su lado.
6 EL AMOR
En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
- ¿Te han cortado? - preguntó el hombre.
- No dijo ella siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
- No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los mejunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él decía:
- No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía la boca agua.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
- ¡Lo encontré! ¡Lo encontré!.
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
- Es así dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire.
De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y
era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
7 LA TELARAÑA
Bebeagua, sacerdote de los sioux, soñó que seres jamás vistos tejían una inmensa
telaraña alrededor de su pueblo. Despertó sabiendo que así sería, y dijo a los suyos:
Cuando esa raza extraña termine su telaraña, nos encerrarán en casas grises y
cuadradas, sobre tierra estéril, y en esas casas moriremos de hambre.
Si nos acercamos al corazón de estas tradiciones sobre las que la historia ha pasado su goma de borrar, descubrimos que somos sus legítimos herederos, que su alma no está muerta, solamente duerme esperando nuestro latido más profundo.
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