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FEDERICO GONZÁLEZ: LA TRADICION VIVA (9) |
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LAS
UTOPIAS RENACENTISTAS El
contenido
de este acápite del Programa
Agartha nos ha servido en realidad de introducción al que, de momento,
es el último Tener conocimiento de ambas realidades es precisamente una de las diferencias fundamentales que hay entre lo que podríamos llamar la "mentalidad tradicional" (unánime en todas las sociedades antiguas) y la que es propia de la gran mayoría de los hombres y mujeres que viven en las sociedades desacralizadas de nuestro tiempo, situación a la que han llegado ya por el anquilosamiento o petrificación de su propia cultura, ya por haberse olvidado de sus orígenes culturales, o ambos motivos a la vez, como es el caso de las llamadas "sociedades del bienestar", totalmente volcadas en la satisfacción de las necesidades más elementales del ser humano, cuando en verdad esas "necesidades" no tienen por qué ser incompatibles con otras de mucha mayor trascendencia, cayendo por tanto cada vez más (aunque tal vez ya estemos tocando fondo) en el "polo substancial" del "reino de la cantidad", en detrimento del "polo esencial" identificado con todo lo que tiene que ver con el Principio y la dimensión cualitativa de los seres y las cosas. Sin embargo, esa mentalidad tradicional, en Occidente, pervive de forma clara hasta el Renacimiento (o al menos hasta lo que el autor denomina el "primer Renacimiento" que ocupa todo el siglo XV), según es fácil ver por las investigaciones que desde hace años se han llevado a cabo sobre ese período, en el que nacen nuevas posibilidades latentes en la propia historia de Occidente, renovando (o adaptando a las circunstancias cíclicas) las ya caducas estructuras medievales y recuperando al mismo tiempo el legado sapiencial de la Antigüedad Clásica. En este sentido el Renacimiento es, en muchos casos, una "culminación" y una síntesis prodigiosa del espíritu tradicional de Occidente, cuya verdadera decadencia acontecerá propiamente hablando cuando, al final de ese segmento, irrumpen con fuerza como dice Federico, las huestes literales y el bajo intelecto, ligado a la pasión de la Reforma y la Contrarreforma. Así pues, durante ese período se dan cita prácticamente todas las corrientes de pensamiento que fueron gestando la cultura y el ser de Occidente a lo largo de los siglos, recibiendo un impulso revitalizador con la llegada de un nuevo ciclo histórico, que va a servir, entre otras cosas, para que esa cultura germine también en un Nuevo Mundo (América), el "descubrimiento" del cual se asumirá en muchos casos como la posibilidad de vivir la realización de la Utopía, que es el tema principal de estos textos, donde se presenta el Renacimiento no tan sólo como una época histórica sino también y sobre todo como una realidad permanente del espíritu humano que se reconoce en su Arquetipo y ello le permite "renacer" a otra posibilidad de sí mismo más realmente universal. Esta es una de las razones de por qué la lectura de este libro atrapa desde el primer momento sumergiéndonos en las frescas y vivificantes aguas de la Memoria, la que fue precisamente un Arte durante ese tiempo: el Arte de la Memoria, también una forma de la Utopía y capaz de recrear el cosmos entero en el alma humana y reconocerse ésta, como dice Marsilio Ficino, habitante
De ahí la importancia de mantener vivo en lo posible el vínculo con el legado renacentista, el eco de cuya influencia no se acallará con la llegada del mundo moderno, pues éste vive, en lo que se refiere a las estructuras que conforman su sociedad y el pensamiento que la configura en lo más profundo, de la herencia que ha recibido del mundo antiguo, y más concretamente del Renacimiento. Es más, leyendo esta obra se llega a la conclusión de que nuestra época vive todavía bajo su influencia, que de alguna manera pertenece a él en todo cuanto constituye lo mejor de ella misma, es decir en cuanto mantiene en su memoria colectiva los valores inalterables que, por pocos que ya queden, siempre serán una referencia ejemplar para no sucumbir a la tremenda degradación de este fin de ciclo. Y aquí está precisamente uno de los grandes aportes no sólo de este último libro sino de la obra entera de su autor, el cual ha sabido ver, como pocos escritores contemporáneos, la importancia del Renacimiento como época en que las distintas corrientes herméticas que la poblaban se constituyeron en las depositarias y transmisoras de la Ciencia Sagrada en Occidente, abarcando también dentro de esta denominación geográfica al Nuevo Mundo recién "descubierto". Pero por sobre todo da fe de que esas corrientes están vivas y de que si nos quitamos los muchos prejuicios que cubren nuestra mente sabríamos reconocer en ellas verdaderamente la "Buena Nueva", es decir la permanente sorpresa de la regeneración encarnada en el alma individual, que se asoma así a un mundo completamente distinto que, sin embargo, está siempre presente, dando contenido a todo cuanto existe. * Dentro de dichas corrientes tuvo una importancia capital el resurgimiento de la Cábala en la Italia renacentista, y que algunos estudiosos, como F. Secret, citado por el autor, consideran como "un descubrimiento tan importante como el del Nuevo Mundo" (p. 22), sin duda alguna debido a la enorme repercusión intelectual que aquélla tuvo entre los círculos herméticos de toda Europa a partir de su contacto (patrocinado por Pico de la Mirándola) con el cristianismo impregnado de neoplatonismo y neopitagorismo, dando así nacimiento a la Cábala Cristiana. Esto lo corrobora totalmente nuestro director cuando afirma que
Destaca Federico el decisivo aporte de la doctrina cabalística (sintetizada en el Arbol sefirótico) en el mantenimiento de las ideas herméticas hasta hoy mismo. La Cábala fue adoptada, en efecto, en medios cristianos, y su influencia, junto a las otras corrientes de la Tradición Hermética y Platónica, se deja sentir también en algunas de las Utopías estudiadas por él. Por ejemplo en todas aquellas que, agrupadas bajo el título "Otras Utopías del Renacimiento" (cap. XI), no tienen relación directa con la polis, con la ciudad (consubstancial a la utopía), si bien persisten en ellas determinados elementos comunes que las relacionan con ésta y permiten entender cómo la idea de la Utopía es parte constitutiva de cualquier proceso que toma al alma humana como "materia de obra" alquímica. Hablamos de: "Utopías sin polis. Arquitecturas del pensamiento. Estructuras imaginales"; "Tratado de Las Leyes de Gemisto Pletón"; "Diálogos de Amor de León Hebreo"; "Luca Pacioli: Las Matemáticas como Utopía"; "Atalanta Fugiens de Michael Maier: Alquimia, música, imagen", y finalmente "Robert Fludd: El Sello de la Utopía". Queremos resumir con las propias palabras de su autor este capítulo especialmente importante en donde aparece con toda su fuerza y luminosidad la capacidad ordenadora del símbolo:
Pero la obra que inaugura el género de las utopías renacentistas no es otra que la Utopía de Tomás Moro, el cual estuvo influido, en su formación renacentista y metafísica, por Pico de la Mirándola y Marsilio Ficino (entre otros), quien recordaremos nuevamente fue el gran traductor del Corpus Hermeticum y de Platón, en cuyo libro La República se inspiraron prácticamente todas aquellas Utopías del Renacimiento que se describieron a modo de "ciudad ideal". Hablando de la Utopía de Moro, Federico traza la primera definición de la misma, cuyo nombre:
Esta idea de "no-lugar" que caracteriza a la Utopía recuerda también lo que decían los antiguos Rosacruces cuando hablaban de su "Templo del Santo Espíritu", que "no está en ninguna parte", y de ahí la denominación de "Colegio Invisible" dada a esta corriente hermética. Precisamente nuestro director consagra dos capítulos enteros a hablar de este importante movimiento hermético, de enorme influencia en su tiempo: "La Utopía de los Manifiestos Rosacruz" (cap. IV), y "Cristianópolis" (cap. V). En el primero de ellos vuelve a hablar de la Utopía en los siguientes términos:
Para nuestro director una de las utopías renacentistas más interesantes es "La Ciudad del Sol", de Tomasso Campanella, prácticamente contemporánea a las citadas anteriormente, y como en éstas su autor trata de transmitir a sus contemporáneos la "Idea" de la Ciudad Celeste en una época precisamente en que estaba irrumpiendo con fuerza una concepción del mundo que no contemplaba dentro de sus postulados la posibilidad de vivir de acuerdo a esa Idea, que sin embargo ha persistido a pesar de todo, latente en la Memoria del Tiempo, conectada a la realidad concreta del ser humano a través de determinados personajes que la han vivido, y la viven, y conocen esa ciudad arquetípica hasta en sus más mínimos detalles, como nos dice Federico en un capítulo de El Simbolismo Precolombino ("Mitología y Popol Vuh"), donde añade que esa ciudad arquetípica constituye en realidad una región metafísica, un país que convive con el nuestro, es decir:
La Utopía, la ciudad celeste, es pues un estado de la conciencia, o del alma. Es nuestra propia alma que se reconoce habitante de la Posibilidad Universal; por eso esa ciudad no está en ningún lugar y, al mismo tiempo, está en todas partes, como el Centro del Mundo, con el que se identifica, pues todo lo que ella es emana directamente de él, como los rayos del sol son el mismo sol, al que llevan hasta los rincones más lejanos del Universo, iluminándolos. Precisamente en este capítulo "La Ciudad del Sol", el autor nos recuerda lo siguiente:
Con estas palabras que resumen el sentido profundo de las Utopías, llegamos por nuestra parte al final de este "viaje" por la obra de Federico González, la cual como hemos dicho en algún momento puede constituir para quien así lo desee una excelente oportunidad para que las mismas ideas que vehicula (las de la Ciencia Sagrada y la Tradición Hermética) se conviertan en los motores de su propia transmutación, de su "renacer" efectivo a la Realidad que esa ciudad invisible testimonia. Estamos por tanto en presencia de una verdadera "Obra Alquímica" orientada permanentemente hacia la transformación del "plomo en oro", o dicho en palabras de los alquimistas de todos los tiempos y que Federico ha recordado con frecuencia: "todos los metales llevados a su perfección son oro". Y en ello está implícita esa máxima In omnia caritate (En todo la caridad) que él siempre ha aplicado y aplica en todo cuanto realiza en su labor de intérprete y transmisor de la Ciencia Sagrada. La Caridad y la Sabiduría siempre van juntas. De nosotros, de sus lectores, tan sólo se requiere la concentración necesaria para ir descubriendo las distintas lecturas que alberga esa obra, en correspondencia con los distintos planos de la Cosmogonía Perenne. Gracias a la magia teúrgica que emana de toda ella comenzaremos a relacionar las ideas arquetípicas con los acontecimientos de nuestra vida cotidiana (y que observamos como análogos a los del mundo), realizando así nuestro propio rito, o sea encarnando el símbolo, comenzando a vislumbrar poco a poco un mundo nuevo en el que lo universal se individualiza y lo individual se universaliza; reconociendo, en fin, que efectivamente es real, cierto y verdadero que "lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba como lo de abajo". ¡Celebremos pues dicha obra y su Mensaje Perenne! Y como en un lugar de ella se nos dice no mengüemos en esa labor de conocernos a nosotros mismos y sobre la cual pivota en realidad el sentido de nuestra vida. No adoptemos, en fin, las
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NOTA | |
* | [Posteriormente
a la publicación de este artículo ha aparecido |
8 | Simbolismo y Arte, cap. VI, p. 100. |
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