Diciembre 1999

Adolescencia, la edad crítica

Es la etapa en que despierta la sexualidad y todas las preguntas del mundo parecen caber en una sola cabeza. Época de miedos y desconocimientos, la incertidumbre adolescente gira alrededor de un fantasma: la perdida de identidad.

Verónica Avantay
Lic. En Psicología Colaboradora de CDD
Córdoba Argentina


Para los que comienzan a recorrer el camino de la adolescencia (11-12 años) la pregunta urgente es quién o qué soy, para los que están en el ojo de la tormenta, (15-17 años) la duda es quién voy a ser o qué voy a querer.

En todos los casos se trata de una experiencia difícil, compleja, múltiple, que se centra en el/la adolescente pero compromete también a su entorno familiar y social. Pero aunque la gama de incertidumbre sea amplia y variada, un denominador común parece ordenarlas: la sexualidad. Etapa de cambios constantes, el principio de la adolescencia coincide con una notable transformación del cuerpo. Los chicos abandonan la niñez pero aun no han conquistado categoría de adulto. Los impulsos sexuales, hasta entonces adormecidos, renacen con una fuerza inusitada y la percepción se hipersensibiliza, abriéndose a un diluvio de estímulos. Sensaciones nuevas, fantasías, deseos confusos, ese es el plan cotidiano de los/las adolescentes.

Entre las palabras claves figuran anticoncepción y embarazo, o expresiones como enfermedades de transmisión sexual. Además de designar temas claves de la salud general, estas palabras nombran las preocupaciones más acuciantes de la adolescencia.

Siendo que estas inquietudes no siempre se declaran ni están a la vista. Viejos tabúes, conservadurismo religioso, años de disciplina represiva, el pudor o simplemente la ignorancia han hecho que estas preguntas (y la información que debería satisfacerlas) queden confinadas, la mayoría de las veces, en esa zona de sombras que une lo prohibido con lo vergonzoso. Y sin embargo nunca como ahora ha sido tan imperioso sacarlas a luz.

En el desarrollo de su sexualidad los/las adolescentes ponen en juego mucho más que su cuerpo, el aprendizaje del sexo significa la posibilidad de expresar su capacidad de dar y recibir amor, la definición de su propia identidad y la imagen y valoración de si mismo. Por que nos cuesta hablar de sexualidad con los hijos Tendríamos que preguntarnos principalmente qué significa para nosotros la sexualidad, es decir si la concebimos como parte integral de nuestro ser e inherente a todos.

Hoy son muchas las parejas que encaran en forma participativa e integrativa la educación de los hijos, conscientes de que se conservan resabios de tiempos pasados que dificultan la comunicación, trabas, prejuicios, preconceptos y mitos, los cuales impiden hablar de sexo y sexualidad espontáneamente. Uno de los problemas centrales del adolescente es que tiene la cabeza llena de preguntas pero no las palabras para formularlas.

Lo importante, pues, es facilitárselas. Nombrar un terror, una duda, una incertidumbre es empezar a despejarlos. Poder hablar de una preocupación es quitarle buena parte de su carga de angustia y abrir el camino de la información, una instancia absolutamente clave a la hora de disipar miedos.

La información teórica es muy útil pero suele chocar con la reticencia de los/las adolescentes, que se interesan básicamente en los datos de su propia experiencia. Lo ideal es que la información sea lo mas concreta posible y se atenga a las necesidades concretas. Y sobre todo: que se transmita en un contexto de afecto, de intimidad y de comunicación. Es allí donde la responsabilidad familiar es clave. Si bien es cierto que no existen formulas mágicas ni recetas infalibles para lograr una comunicación positiva, hay que tener en cuenta que hablar de sexualidad no es solamente hablar de órganos genitales. Es muy importante que vivencien la parte emocional, afectiva, el valor del compromiso. Algunas pautas útiles que pueden ayudar a los padres, en el terreno de la sexualidad, por ejemplo, es bueno explicarles a los chicos y chicas las consecuencias que implica la práctica de la sexualidad.

También fomentar en ellos los parámetros de una conducta sexual responsable. En líneas más generales, no defenderse del adolescente sino acercarse a el, a ella, compartiendo alguna actividad concreta que les dé placer. Darle seguridad: un padre o una madre, no pueden resolver todos los problemas de su hijo/a, pero sí brindarles un marco donde sea posible abordarlos con libertad.

Estimular lo que los/las adolescentes hacen bien y no encarnizarse con lo que hacen mal. Mostrarse humanos y humanas, lo mas reales posibles y desechar la frase “de eso no se habla”.

Si en alguna oportunidad no se puede responder porque no se sabe como hacerlo, es preferible demostrar sinceridad diciendo “no se”, eventualmente podemos recurrir a la ayuda especializada (psicólogos, ginecólogos, médicos), pero nunca para no asumir la responsabilidad del diálogo; Y fundamentalmente: no desaparecer. Hay muchas cosas que los adolescentes no soportan.Casi todas. Pero solo una que no perdonan: la ausencia. Sabemos que las autoridades religiosas han intentado dirigir y regular el comportamiento sexual durante siglos, pero pensemos ¿Cómo podemos ayudar mejor a nuestros jóvenes: si prohibiendo o dando información adecuada?

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