Luis Tomas Cervantes
Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca es ingeniero agrónomo forestal egresado de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo. Representó a ese plantel ante el Consejo Nacional de Huelga durante el Movimiento Estudiantil-Popular Mexicano de 1968. Preso en Lecumberri (1968-71) con la dirigencia del Movimiento, estuvo exiliado en Chile (1971). Participó con Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, Eduardo Valle, Salvador Ruiz Villegas, José Tayde Aburto y Romeo González en la formación del Partido Mexicano de los Trabajadres (PMT) y militó ahí hasta su conversión en PSUM y PRD. En 1994 fue candidato al Senado de la República por el PT. Trabajó para Conasupo (1971), Subsecretaría Forestal de la Secretaría de Agricultura y Ganadería (1975), Dirección de Planeación Forestal de la Secretaría de Programación y Presupuesto (1977-80), Universidad de Zacatecas (1980-90), Comisión Nacional Forestal de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (1990-91). Fue Vocal Ejecutivo de los Chimalapas en el gobierno de Heladio Ramírez en Oaxaca. Trabajó también para la ARIC-Forestal en Chihuahua (1992-93), Unión de Crédito de la Sierra Madre Sur de Chihuahua-Norte de Durango (1993) y para el Programa Nacional de Reforestación (1994-98) de Sedesol.
—¿Cómo se originó el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968?
—Yo creo que el Movimiento del 68 tuvo su origen muchísimos años atrás. No partimos de cero. No fuimos los que creamos un movimiento. Nada de eso. Tenemos las luchas ferrocarrileras, las luchas de los maestros, la lucha de Rubén Jaramillo en Morelos, los levantamientos guerrilleros en Madera, Chihuahua, las luchas del Politécnico en defensa del Internado que finalmente fue cerrado y las huelgas estudiantiles de Chapingo por no desvincular los programas de estudio con la realidad lacerante del campo mexicano. En este movimiento están también los telegrafistas, los médicos. Creo, pues, que fue como el irse acumulando la presión en una caldera. Fuimos autodidactas políticos. La gente que nos podía orientar y dirigir estaba muerta, era perseguida o estaba en la cárcel. El movimiento del 68, así, era un canto a la vida. Vivíamos el triunfo de la Revolución Cubana, la Revolución China no estaba lejos, las protestas contra la Guerra de Vietnam estaban a la orden del día. Estaba la Primavera de Praga, estaban los Beatles, los Rolling Stones. En México nos gustaba mucho el rock y la traducción al español de la balada-rock en inglés. En ese momento estaban, por un lado, los Teen Tops (con Enrique Guzmán), Angélica María, César Costa, Alberto Vázquez, Leo Dan, Johnny Laboriel y los Hermanos Carrión. Por otro, estaba Judith Reyes cantándole a la liberación de los pueblos, estaban Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa y Soledad Bravo, se iniciaba Margarita Bauche. Andaban Los Folkloristas y Oscar Chávez recorriendo el país antes de iniciarse el proceso. Sería muy largo enumerar todo aquello que nos rodeaba. Comenzaban José Luis Cuevas y Mario Orozco Rivera. Era un renacer de la cultura, de la vida, de la poesía. Estaban Carlos Fuentes, Octavio Paz y José Revueltas. Nos alimentamos de todo esto en 1968. No veíamos televisión. No estábamos tan enajenados. Y además, existía una corriente enorme de grupos de partidos de izquierda representados de alguna manera en las escuelas a través de los círculos de estudio. Se vivía de otra manera. Soñábamos con el Hombre Nuevo propuesto por Ernesto Che Guevara y pensábamos que estaba a la vuelta de la esquina. Estaba el movimiento hippie con toda esa generación de jóvenes cuyos padres vivieron la guerra y ya no querían guerra porque habían perdido a sus familiares. Vivíamos una euforia juvenil. Y en ese ideal que contemplábamos a futuro nosotros queríamos crear en este país una vida nueva. No queríamos el mundo que nos habían dado y buscábamos nuestro propio mundo tratando de que los que vinieran atrás de nosotros sufrieran menos. Por eso nos indignamos muchísimo con el exceso de represión de la que fueron víctimas los ciudadelos y los ochoterenos de las Vocacionales 3 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y de la Escuela Isaac Ochoterena incorporada a la UNAM que habían tenido refriega de pandillas y sufrido represión excesiva. Por si fuera poco el 26 de julio estudiantes de la UNAM, el IPN y la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo íbamos a celebrar el triunfo de la Revolución Cubana y se presentó de pronto la protesta de los ciudadelos contra la represión que los había victimado. Estábamos en eso cuando se vino otra refriega. Unos iban al Zócalo. Otros al Hemiciclo a Juárez en la Alameda Central. Y a ambos contingentes nos alcanzó la represión. El colmo fue que después de un cruento choque en el Zócalo de estudiantes con granaderos intervino el Ejército el 30 de julio y los soldados volaron con un bazukazo el histórico portón de la Preparatoria 1 de la UNAM en San Ildenfonso para aprehender a los jóvenes. Entonces Lecumberri se llenó de estudiantes. Y todo esto aceleró el movimiento.
—¿Cuáles fueron las virtudes y cuáles las aberraciones del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968?
—Creo que obviamente tuvimos más virtudes y yo no diría tanto aberraciones sino debilidades y errores. Hay que situarnos autocríticamente ante el Movimiento Estudiantil porque creo que en mucho la expresión de la juventud en un ambiente como el que nos rodeaba impulsaba más al corazón que al cerebro y actuábamos de esa manera. En 1968 el Movimiento no se propuso conscientemente la democracia pero la configuró como algo posible en el país. Creo que sus virtudes principales fueron: primero, la generosidad sin límites: estábamos dispuestos a entregar la vida día y noche trabajando —creo que en total fueron 145 días— por un movimiento justiciero y libertario en el que ejercíamos la democracia de manera natural no como una búsqueda sino porque se nos daba. Ahora bien, no es estrictamente verdad que fuéramos dirigentes porque si lo hubiéramos sido habríamos sabido a dónde ir, qué hacer. Pero no lo sabíamos. A lo más que aspirábamos era a cambiar. Pero no estábamos organizados ni sabíamos cómo hacerlo. Éramos representantes de las escuelas, o sea, de las asambleas de las escuelas en las que ahí sí de manera democrática, de manera natural, elegían a sus representantes y no sólo eso sino que las asambleas nos daban línea, nos decían hay que hacer esto y decir esto otro y el que no lo hacía era inmediatamente destituido de su representación. Creo que esa —un ejercicio democrático de elegir y quitar a nuestros representantes— fue una de las cosas en que el gobierno le pensó más. Esas fueron las cuatro cosas fundamentales en cuestión de aportación, de acierto: la generosidad, el movimiento justiciero, el movimiento libertario y la práctica de la democracia. Fue una cosa muy bonita porque fue una búsqueda generacional por un mundo de libertad, por un mundo globalizado en serio. Era Praga, era Japón, Alemania, Estados Unidos, Francia, México. Pero en la mayoría de esos movimientos el común denominador fue la lucha por la reivindicación de los jóvenes y la reforma a la educación. En México fue un movimiento muy suigéneris porque nadie de ninguna escuela —a pesar de las carencias que se vivían en ellas— estiró la mano para su plantel. Siempre luchamos por la libertad del pueblo de México. Pedíamos la derogación de los artículos 145 y 145 bis porque era clave para la libertad del movimiento obrero, para que liberaran a los obreros —a Demetrio Vallejo, a Valentín Campa y otros que estaban presos por haber violado dichos artículos. Lo particular del Movimiento de 1968 fue que no era nada para nosotros, todo era para el pueblo de México. Y eso es lo que no se explicaba nadie. No era ninguna consigna internacional, era una necesidad social de los mexicanos. (CP)