Marcelino Perello Vals
—¿Cómo llegaste al Movimiento Estudiantil-Popular de 1968?Marcelino Perelló Vals estudiaba física en la Facultad de Ciencias de la UNAM cuando estalló el Movimiento Estudiantil-Popular Mexicano de 1968. Fue representante de ese plantel ante el Consejo Nacional de Huelga. Había ingresado a la Juventud Comunista de México en 1965. Y en 1968, al inicio del Movimiento, fue detenido cuando la policía allanó el local del PCM y liberado poco después. Tras el levantamiento de la huelga, luego de la matanza de Tlatelolco, salió al exilio en enero de 1969. Estuvo en Francia, Rumania y Cataluña. Ese año cambió impresiones en París con Daniel Cohn-Bendit y Alain Krivine, dos de los principales dirigentes de la Revolución de Mayo. Se graduó de matemático en la Universidad de Bucarest en 1975 y obtuvo la maestría en ciencias en esa misma institución en 1977. Dio clase en la Universidad de Barcelona de 1977 a 1985 cuando regresó a México. En la Universidad Autónoma de Sinaloa (1985-86). Y en la Universidad Autónoma de Puebla (1987-88). Desde 1990 a la fecha es profesor en la Facultad de Ciencias de la UNAM y es asimismo secretario para Asuntos de los Estudiantes del mismo plantel.
—No cómo llegué, sino cómo llegó el Movimiento a mí. El Movimiento Estudiantil no fue algo premeditado. No fue una conspiración o un contubernio. Sería absurdo pretender una lectura oficial del 68. Hay mil lecturas, no hay una lectura única. Sabemos qué pasó con el Movimiento Estudiantil-Popular. Lo que muchos han olvidado es que hubo un segundo movimiento, éste en el seno del Estado, en el seno del poder. Fue un movimiento que muy probablemente tenía como objetivo las elecciones presidenciales de 1970. Ya sabemos que siempre en México antes de las elecciones se produce un ambiente enrarecido, sembrado de trinquetes, zancadillas, cuatros en pos de la sucesión presidencial. En 1968 esto se adelantó un poco, muy probablemente debido a los Juegos Olímpicos que se celebraron en octubre de ese año. Creo que es en ese momento cuando se inicia lo que Giovanni Sartori llama la videopolítica, es decir, la utilización de los medios electrónicos para influir sobre la opinión pública y dirigirla hacia una determinada opción política. A partir de entonces todos los campeonatos olímpicos, todos los campeonatos mundiales de fútbol, han sido utilizados políticamente tanto por el poder como por sus enemigos. Los Juegos Olímpicos de México en 1968 fueron los primeros que se transmitieron vía satélite a todo el mundo. Y fueron también los primeros que se transmitieron a colores. Así, la presencia de los Juegos Olímpicos fue utilizada por determinados políticos nacionales e internacionales para montar una gran provocación. Esa provocación es la que yo llamo segundo movimiento, y es de la que sabemos poca cosa. El tradicional hermetismo de la clase política —no sólo mexicana— impide saber quién quería qué y quién estaba contra quién. A hipótesis se han planteado diversos escenarios que involucran a los políticos, pero no hay nada definitivo. En este segundo movimiento dentro del poder se inscribe la responsabilidad de la represión. ¿Quién reprimió? ¿de qué manera? ¿porqué? ¿contra quién? En todo caso, la represión del 68 no fue centralizada, global, coordinada sólo por parte del poder, sino también por distintos sectores que actuaron de manera independiente y muchas veces de manera contradictoria e incluso hostil los unos contra los otros. El análisis de cómo se comportó la represión del 68 debe partir de un análisis de las acciones políticas que existían entonces. El Movimiento Estudiantil surgió de la provocación, primero en la Ciudadela, después en el Hemiciclo a Juárez. Y surgió un Movimiento del que nosotros no teníamos noticias y que nos sorprendió. El Movimiento llegó a nosotros y nos encontró como al Tigre de Santa Julia. Nosotros andábamos con nuestro rollo cotidiano, como hormiguitas, todos modestos y oscuros, y de repente, en las calles del centro de la ciudad de México salieron a quemar camiones. Antes de que nos pudiéramos dar cuenta ya aquello se había inflamado completamente. No sé si esto es una característica de todos los movimientos sociales. Es una pregunta que me he planteado desde hace treinta años y no he podido resolver. En todo caso, para darnos una idea de cómo el Movimiento irrumpió y erupcionó como un Paricutín y sin temblores previos, politécnicos y universitarios estábamos reunidos por primera vez en la historia de México intentando hacer una instancia coordinadora, el 29 de julio, en una aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM —o sea que no éramos muchos, treinta o cuarenta—, cuando llegó la noticia de la toma de la Escuela Nacional Preparatoria Nº 1 en San Ildenfonso por parte del Ejército. Se había producido uno de los momentos culminantes de la represión del Movimiento cuando éste todavía no existía. No existía de manera estructurada, organizada.
—Sin duda, la represión fue excesiva.
—Yo no hablaría aún de represión en ese momento, sino de provocación. Ese momento fue muy extraño. El Presidente Gustavo Díaz Ordaz no estaba en la ciudad de México, estaba en la ciudad de Guadalajara. Y quienes asumieron la responsabilidad por la salida del Ejército a la calle —cosa que no había pasado en muchos años, creo que ni durante el Movimiento Ferrocarrilero—, fueron, si no me equivoco, el subsecretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, y el jefe del Departamento del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal. Fue evidente que en esa primera etapa —todo el mes de julio— quien llevó la provocación fue ese segundo movimiento a través de las fuerzas represivas —la policía y el ejército— y por medio de provocadores y granaderos. Y no es sino hasta el primero de agosto que el Movimiento dio su primera manifestación de existencia propia, autónoma y coordinada con la manifestación que encabezó el rector Javier Barros Sierra de Ciudad Universitaria hasta la avenida Felix Cuevas. En esa manifestación el Consejo Nacional de Huelga (CNH) todavía no se llamaba así, los seis puntos del pliego petitorio no estaban establecidos, pero ya había una imagen de Movimiento estructurado más allá de la algarada que se había generado durante los primeros días. Junto a la toma de la Preparatoria Uno se produjo la toma del local del Partido Comunista Mexicano (PCM) y el arresto de varios de sus dirigentes, en particular de estudiantes como Félix Goded y Arturo Zama, quienes fueron detenidos el 26 de julio en el Café de las Américas. También se produjo mi aprehensión el 27 de julio en el local del PCM. Yo leí en la prensa que había sido allanado el local del partido y fui a ver qué pasaba. Pero como cuando llegué vi todo tranquilo —no había patrullas— pensé que se habían ido. Iba con Rosa Luz Alegría y Emilio Resa. Les dije que iba a tocar. Y cuando lo hice salió un encorbatado. Y yo, mintiendo, pregunté: "¿Vive aquí la señora Carmona?" Me respondió: "Sí señor, aquí vive". Pasé. Di un paso hacia atrás, y pregunté: "¿Es aquí Mérida 37?". Y me respondió: "Sí, pase". Y fue de esa manera como me detuvieron. Afortunadamente pude salir libre al día siguiente con el auxilio de mi madre, quien pidió ayuda a Corona del Rosal, y me liberaron en la madrugada. Corona del Rosal nunca me perdonó que yo no le devolviera el favor de haberme liberado. Y la policía secreta, bajo sus órdenes, hostigó durante mucho tiempo a mi familia. Esa fue mi caída en el Movimiento.
—¿En qué corrientes ideológicas y políticas nacionales estaba el Movimiento?
—Para entender al Movimiento es preciso entender la década de los sesenta, de la cual el Movimiento Estudiantil-Popular en México no fue más que su punto culminante. Esto que te acabo de relatar sobre el surgimiento del Movimiento no quiere decir que saliera de la nada. Hubo una provocación, le echaron el cerillo, pero supieron dónde ponerlo: en leña que estaba seca. En los sesenta nos encontrábamos en un estado de movilización permanente: la UNAM era un hervidero de actividades políticas y culturales Andábamos como el perro bravo de rancho que está viendo quién se le pone al tiro. Los movimientos que se dieron en el 68 eran cada vez de una participación mayor. En la UNAM la simple política estaba trenzada de alguna manera con la cultura. Las actividades culturales en la UNAM eran un verdadero emporio. La cultura era de izquierda. Yo sigo sosteniendo que, aunque esto empieza a trastabillar, la cultura es revolucionaria. Los grupos políticos en la UNAM proliferaban en diversas facultades. Estaban los maoístas, los trotskistas, los espartaquistas, los marxistas, etcétera. La presencia de los grupos revolucionarios de izquierda en la Universidad era sin embargo más importante en el plano teórico, en el plano ideológico, que como activistas. Aparte de aquéllos, existían otros grupos que no tenían una ideología clara, como el grupo de los loyolos de la Facultad de Economía. Cuando el Movimiento se forma y las cosas pasaron de cualitativas a cuantitativas el peso numérico de representantes de los grupos revolucionarios dentro del CNH fue por ello relativamente pequeño. (CP)