Entrevistas

Gilberto Guevara Niebla

Gobernación, caballo de Troya del Movimiento Estudiantil


Gilberto Guevara Niebla, nacido en Culiacán, Sinaloa, tenía 22 años cuando estalló el Movimiento Estudiantil-Popular de México en 1968. Fue representante de la Facultad de Ciencias de la UNAM ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH). Preso con la dirigencia del CNH en Lecumberri (1968-71), obtuvo sin embargo la licenciatura en biología en dicha facultad (1963-68) y el posgrado (1971-74). Obtuvo asimismo la candidatura a doctor en el Instituto de Educación de la London University (1981-82) y la candidatura a doctor en sociología de la educación en L’Ecole des Hautes Estudies de París (1983). Ha sido profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM de 1983 a la fecha. Fue subsecretario de Educación Básica de la SEP (1992-93). Actualmente es asesor del secretario de Educación Pública, Miguel Limón Rojas, coordinador de proyectos educativos de la Fundación Nexos y director de la revista Educación 2001. Es autor de los libros El saber y el poder (Universidad Autónoma de Sinaloa, 1983), La democracia en la calle. Crónica del Movimiento Estudiantil Mexicano de 1968 (Siglo XXI Editores, 1988), La rosa de los cambios. Breve historia de la UNAM (Cal y Arena, 1990), La educación y la cultura ante el TLC (compilador, Nueva Imagen, 1992) y La catástrofe silenciosa (compilador, Fondo de Cultura Económica, 1993).
—¿Hubo intromisión de la disputa por la sucesión presidencial 1970-76 en el Movimiento Estudiantil de 1968?

—Sin duda alguna. Creo que el Movimiento del 68 decidió la sucesión presidencial 1970-76. En el momento en que un problema doméstico, no por eso menos grave, lo convirtieron artificialmente las autoridades en un problema político mayúsculo crearon un conflicto en donde el protagonismo heroico y de defensa de la estabilidad y de la figura del Presidente de la República sólo lo podía tener el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Alvarez.

—¿Para asegurar el triunfo de su candidatura?

—Absolutamente. Yo creo que la Secretaría de Gobernación fue el caballo de Troya usado para magnificar la dimensión de los conflictos iniciales, hacer reventar desde dentro al Movimiento Estudiantil-Popular de México en 1968 y asegurar el triunfo de la candidatura de Echeverría Alvarez.

—¿Crees que debería invitarse a un diálogo a Luis Echeverría?

—No, a un diálogo no. Los criminales deben ir a la cárcel. Lo que debe hacerse es un proceso jurídico. Estamos hablando de asesinos. No se puede hablar con gente que aplasta con las armas a la libertad de expresión, al diálogo y a la solución racional de los problemas. ¿Diálogo? Sería absurdo. Es como si se invitara a Adolf Hitler a dialogar después de los hornos crematorios. No. A Hitler había que haberlo mandado a Nuremberg a un juicio. Y lo mismo hay que hacer con Echeverría. Lamentablemente, digo por aquello del juicio, murió Díaz Ordaz. Bueno, yo no quiero que se piense que es una cosa personal. A estas alturas la verdad yo ya he tomado distancia personal con relación al Movimiento. A mí no me interesa que se castigue a tal o cual persona. Pero lo que sí se debe hacer moral y legalmente es enjuiciar a los responsables del 68.

—¿Cómo crees que debería hacerse?

—Es necesario reabrir la investigación jurídica sobre los crímenes que se cometieron, que son muchos.

—Una demanda, por cierto, de la Comisión de la Verdad de la Cámara de Diputados en la actual Legislatura al Congreso de la Unión sobre los acontecimientos de 1968 que pide también, entre otras cosas, sean reabiertos los archivos oficiales correspondientes a ese año.

—No, lo de los archivos es otra cosa. No. El Poder Judicial de México debería hacer una investigación sobre lo que pasó en el 68 y acerca de quienes mandaron perseguir estudiantes, a quienes mandaron asesinar estudiantes, a quienes organizaron a vándalos para hacerlos pasar por estudiantes y atropellar a la población civil. A quienes hicieron actos de terrorismo, a quienes secuestraron y cometieron tanta crueldad, causaron tanto dolor y derramaron tanta sangre ese año. ¡Que paguen los culpables! Ellos merecen ir a un juicio. Merecen, en su caso, ir a la cárcel. Entonces, nada de archivos. No. Aquí, juicio, Poder Judicial. La apertura o no de los archivos es un problema académico. Aquí lo que necesitamos es seriedad en el tratamiento de un problema que provocó tanto dolor y tanta pena a los mexicanos y a los habitantes de la ciudad de México y del país. Porque el conflicto estudiantil-popular de 1968 lo estamos viendo en el plano doméstico capitalino. Pero no hay que olvidar que el ejército prácticamente tomó también la ciudad de Puebla, tomó la ciudad de Oaxaca. Que fueron el ejército y la policía hasta Sinaloa a perseguir a los líderes estudiantiles. Que en Nuevo León se expulsó a por lo menos un centenar de profesores y se les despojó de sus plazas de trabajo por su identificación con el Movimiento Estudiantil. Que el Ejército entró también en Tabasco. Que granaderos de la ciudad de México fueron transportados a Veracruz para golpear a estudiantes locales. Bueno, fue una cosa brutal. Una respuesta impresionantemente salvaje y bárbara frente a una protesta legítima de los jóvenes de este país. ¡De los jóvenes!.

—¿Qué propones? ¿Deslindar jurídicamente responsabilidades?

—Sí. Es respetable todo lo que se haga en ese sentido. Porque el único reclamo vigoroso que yo apoyaría es que el Poder Judicial, que hace treinta años se hizo cómplice de todos estos crímenes, declare que no va a seguir siendo cómplice e inicie una investigación. Independientemente de las bases jurídicas formales, que yo no sé cuáles sean. Pero lo único que sé es que, desde la Suprema Corte de Justicia de la Nación hasta el Procurador General de Justicia, hasta los jueces, los ministerios públicos, hasta el último elemento de la policía judicial se comportaron como serviles lacayos del Presidente y del Poder político. La represión salvaje es una cosa que nos avergüenza a todos los mexicanos. Es una mácula. Un estigma en nuestra historia. En el 68 mexicano se cometió un crimen horroroso. Porque no sólo fue Tlatelolco. Fue una manera cerebral de destruir una protesta masiva de la juventud de un país. Fue el aprovechamiento de una explosión de entusiasmo democrático entre los jóvenes de México para hacerlos pedazos. Y lo hicieron con una inteligencia y con un cálculo digno de Hitler.

—¿Cómo podría avalarse la iniciativa de investigación?

—Con la prueba de los hechos debe indagarse que pasó. Claro, hay un umbral hasta donde llegan nuestros conocimientos. Porque lo único que se conoce es la información pública, los periódicos, los libros, etcétera. Pero puede decirse sin ninguna duda que el centro de operaciones de la agresión que sufrimos los jóvenes en 1968 fue la Secretaría de Gobernación.

—¿No la Presidencia de la República?

—Es muy importante esa pregunta. Hay gente que dice que el Presidente de la República estuvo aislado. Lo dice Luis M. Farías (locutor, ex diputado federal y ex gobernador de Nuevo León, que formó entonces parte de la cúpula del poder). El ingeniero Norberto Aguirre Palancares (jefe del Departamento Agrario durante la administración de Gustavo Díaz Ordaz) aseguró que al Presidente lo dejaron solo y que fue la Secretaría de Gobernación la que impidió que le llegara información. Ahí, tengo un margen de duda. No sabría decirlo. Pero, digamos, creo que el corazón de la parte operativa, de las decisiones para destruir al Movimiento Estudiantil estuvo en Gobernación. Hechos. Mira, yo considero que la intervención policial y militar del 22 de julio al 30 de agosto fue totalmente artificial, totalmente gratuita. Un problema educativo se convirtió en un problema policiaco. El secretario de Educación, Agustín Yáñez, en vez de intervenir se mantuvo callado. El director del IPN, Guillermo Massieu Helguera, cerró el pico no obstante la gravedad de los hechos en la Vocacional 3 de la Ciudadela (donde resultaron dos estudiantes muertos y varias decenas de lesionados por la paliza que les propinaron los granaderos, además de decenas de jóvenes conducidos a los separos de la policía). Y todo se convirtió en un problema de estudiantes contra policías. Un problema al que se le daba una solución policiaca. Así, todo mundo coincide en señalar que la conversión de ese problema en político-urbano-y-de-magnitud-nacional benefició al secretario de Gobernación, Luis Echeverría Alvarez. Hechos. Ya en el discurso de los barrenderos (sí, de los trabajadores del servicio de limpia del DDF que regenteaba Alfonso Corona del Rosal), que fue el día 8 ó 9 de agosto, estaba el coronel Díaz Escobar con guardias presidenciales organizando a los halcones. Hay testimonios de que la primera propuesta se la hicieron a los líderes de la FNET (Federación Nacional de Estudiantes Técnicos, organismo charro del IPN), a José Rosario Cebreros. Y Cebreros, cosa que éticamente habla mucho a su favor, rechazó la propuesta de apoyar la idea de un cuerpo paramilitar para aplastar con las armas al Movimiento Estudiantil. Hechos. Con excepción de los aprestos halconeros y la concentración de los barrenderos, todo el mes de agosto, hasta la manifestación estudiantil multitudinaria del día 27 en el Zócalo, fue un lapso en que hubo libertad, no represión. En ese segundo periodo del Movimiento no hubo un solo acto en el que se pueda señalar que los estudiantes hayan atropellado la ley. Hacían travesuras solamente. Sin embargo para entonces el plan de provocación por parte de la Secretaría de Gobernación ya estaba definido. Primero lo que se buscó fue aislar a los estudiantes de la sociedad asustándola, aterrorizándola, mostrando que en la práctica los estudiantes se comportaban de manera violenta y que estaban creando un caos en la ciudad. Y bueno, pues todo comenzó el 27 de agosto con la famosa intervención de Sócrates (A. Campos Lemus) pidiendo que una guardia se quedara en el Zócalo hasta el 1º de septiembre, día del informe presidencial. O tal vez la destrucción del Movimiento comenzó con el acuerdo del CNH de dejar la guardia a propuesta por cierto de Marcelino Perelló el 19 de agosto. El CNH sí había aprobado la guardia pero no un plantón hasta el 1º de septiembre ni diálogo con el Presidente ni autorizado el izamiento de la bandera rojinegra en el asta de la bandera nacional ni sujetar a votación de la mayoría (unas 400 mil personas asistieron a la manifestación y el mitin) lo que de debía haber sido un acuerdo sopesado y en su caso rectificado por el CNH: la permanencia o no de la guardia. Lo que finalmente ocurrió no estaba acordado, no, para nada. Eso surgió durante el mitin. De pronto, fuera de programa, Sócrates tomó el micrófono. Y Fausto Trejo también. Y bueno, el mitin se sobrecalentó. Los oradores lo calentaron e indujeron esa respuesta casi automática (del plantón y de que el diálogo fuera con el Presidente el 1º de septiembre). Antes habían hablado otros oradores. Una comisión redactora del CNH había preparado los discursos. Estos existen. Se pueden leer. La UNAM ya tiene copias. El único que no leyó el suyo fue Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca. El tono de los discursos era enérgico y puntual dentro de la mesura. Nosotros nunca usamos un lenguaje irrespetuoso o burlón para dirigirnos a las autoridades. En cambio, el que retaba y desafiaba mucho en sus discursos era Fausto Trejo. También Heberto Castillo que tenía un desafío personal con Díaz Ordaz. Lo que ocurrió es que, obviamente, no se puede anticipar el futuro. Raúl Alvarez Garín, Federico Emery, Angel Verdugo y yo, en efecto, discutimos ahí mismo la posibilidad de cancelar la descabellada resolución de esa noche. Estábamos desconcertados. Recuerdo bien a Raúl muy molesto con Sócrates después de aquella decisión. Nos retiramos pensando que al día siguiente íbamos a tomar un nuevo acuerdo. Pero tres horas después comenzaron a pedir por los magnavoces que desocupáramos el Zócalo y llegó el ejército. A partir de ese momento se desató el terror de la ciudad. El patrullaje militar fue continuo en todas partes sobre todo en el sur en torno a CU. Los padres de familia se asustaron. Empezaron a llamar a los muchachos. Y comenzaron los actos terroristas. A partir del día 28, cuando el gobierno convocó a una concentración de desagravio a la bandera nacional con el personal del DDF en el Zócalo, aparecieron las armas de fuego: un individuo sacó una pistola y disparó al aire. Otro disparó aparentemente contra el ejército desde la ventana de un edificio y el ejército respondió con ráfagas de metralla. Y bueno, esas cosas eran totalmente ajenas a la lógica del Movimiento Estudiantil. (RRZ)

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