Entrevista


Federcio Emery Ulloa

Comenzó con el 68 el fin del presidencialismo absolutista



 
Federico Emery Ulloa nació en Tepic, Nayarit. En 1968 fue dirigente del Movimiento Marxista-leninista de México y participante en el Consejo Nacional de Huelga. Preso en la cárcel de Lecumberri (1969-71), exiliado en Chile en 1971. En 1972 fue fundador del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM, en el cual permaneció en varios cargos hasta 1986. Director del Programa Cultural de la Frontera Sur del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (1986-92). Asesor de la Jefatura del Gobierno del Distrito Federal (1992-94). Actualmente es colaborador de la Dirección General de Información de la UNAM.
—¿Cómo se construyó el conjunto de peticiones que conformaron los seis puntos del pliego petitorio del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968?

—Hay que distinguir entre algunos de los puntos que eran de solución inmediata —la destitución de los funcionarios policíacos y la desaparición del Cuerpo de Granaderos— y otros que tenían una característica más profunda, como la libertad de los presos políticos— tanto de los ferrocarrileros como de los grupos que encabezaban Víctor Rico Galán, Wolf Meiners, Antonio Gershenson, Pablo Alvarado y otros— y la derogación de los artículos 145 y 145 bis llamados de disolución social que permitían seudolegalmente encarcelar a los luchadores sociales. Estos tres planteamientos le daban un contenido de profundidad política al Movimiento. Desde luego que los otros también, pero podían tener una solución inmediata y tal vez intranscendente, como que hubieran cambiado un jefe policíaco por otro y desaparecer un grupo de granaderos para sustituirlo por otro. El clamor en esos años por la libertad de los presos políticos era el contenido esencial de la lucha política contra el gobierno: libertad a los presos políticos y libertad de expresión, libertad de participación y respeto a la Constitución Política que era violada por esos artículos incluidos en el Código Penal. De manera que al integrarse la organización estudiantil naturalmente acudimos los jóvenes —los cuadros más experimentados de las luchas estudiantiles anteriores, de apoyo a la Revolución Cubana, de la lucha por los presos políticos— y se logró integrar ese pliego petitorio.

Gustavo Díaz Ordaz respondió en su informe presidencial del 1º de septiembre de 1968 al pliego petitorio diciendo que no había presos políticos y que la derogación de los artículos 145 y 145 bis no era factible porque dejaría al país sin un cuerpo legal que lo protegiera en caso de una invasión extranjera o un ataque a la soberanía nacional.

—El autoritarismo de Díaz Ordaz se había venido agudizando en todo el ejercicio de su mandato. Se había acostumbrado a utilizar al ejército como policía. El ejército había estado en Sonora para reprimir una protesta cívica, en la Universidad Nicolaíta de Michoacán, en Morelia; había estado en Puebla. Es decir que para Díaz Ordaz el principio de autoridad era vital para ejercer la política. La respuesta a nuestros planteamientos fue en ese sentido: respetar el principio de autoridad, señalar que no se podían atender esas demandas y dejar entrever que las otras —cambiar a los jefes de la policía o no— tal vez sí se pudieran negociar. Pero tampoco lo dijo explícitamente. De manera que, o se respetaba su autoridad y luego hablábamos, o no habría nada. La amenaza de la represión estaba presente desde el día 1º de septiembre.

—También dijo que no había presos políticos, que un preso político era un preso de conciencia y que los presos que había era por ataques a las vías generales de comunicación y por daños a terceros. ¿Qué opinas?

—Era el punto de vista en general del gobierno, incluso de la Cámara de Diputados totalmente disciplinada a la decisión del Ejecutivo, no digamos ya del Poder Judicial. Todos estaban en torno al Presidente y tenían esa concepción. Sin embargo, los presos estaban tanto en Lecumberri como en Santa Martha Acatitla acusados de conspiración, asociación delictuosa contra el Estado e invitación a la rebelión, que eran delitos de carácter político muy claros para el Estado mexicano. A pesar de que dijeron que los hechos habían sido otros, en realidad fueron procesados por delitos políticos igual que a nosotros poco después.

—¿Hubo ingenuidad por parte de los dirigentes del CNH al ver que se utilizaba el Ejército y la represión de forma desproporcionada a como estaba realizándose el Movimiento y que nunca se iría al diálogo?

—Aquí hay varias cosas que considerar, porque si bien sentíamos la presencia de las fuerzas armadas y sabíamos el pasado de la acción del Presidente Díaz Ordaz y de otros presidentes —como Adolfo López Mateos— que habían asesinado y reprimido, llegó un momento en que la euforia juvenil hizo pensar a muchos —como Marcelino Perelló— que el Movimiento era irreprimible. En un momento se pensó, en efecto, que el Movimiento no se podía reprimir porque si metían a la cárcel a unos o los mataban surgirían otros y otros y otros y esto no tendría fin hasta el cambio revolucionario en México. Esa era una ilusión de varios compañeros. Sin embargo, estábamos casi al final del sexenio de Díaz Ordaz, la sucesión presidencial 1970-76 estaba planteada y la lucha entre grupos por el poder estaba abierta. De modo que había actuantes una tendencia militarista y una tendencia civilista. En ésta podríamos incluir al rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, y a otros personajes de la política mexicana, como el entonces secretario de la Presidencia de la República, Emilio Martínez Manatou, que estaban en la disputa. Esto coincidió con nuestra lucha. Y creo que en muchos aspectos el Movimiento tuvo el auspicio de fuerzas ajenas a él que se agitaron en torno a la sucesión presidencial. En ese marco la represión se veía, por un lado, como una amenaza; por otro, como una posibilidad de que no se diera y de que la sucesión no desembocara en un gobierno más duro aún. Ese sentido tuvo la participación del rector. El del CNH en insistir en la satisfacción del pliego petitorio y el diálogo público. Pues en realidad, más allá de esto, las decisiones del CNH fueron muy pocas dentro del Movimiento. Todo lo demás era salir a las calles, a los mítines, a los mercados y protestar. Claro, la acción política de los jóvenes en la sociedad era lo que importaba y lo que deseábamos todos. Sin embargo, cuando el Movimiento todavía no estaba integrado fuimos ferozmente reprimidos en los choques con la policía y los granaderos en el centro de la ciudad y con el bazukazo a la Preparatoria 1. Pero una vez integrado el Movimiento sentimos por primera vez ya de una manera muy directa la presencia de la represión el 27 de agosto en el Zócalo después de una decisión que se tomó ahí y que yo considero que es necesario analizar para determinar si hubo error por parte del Consejo Nacional de Huelga, que había dicho "sí" al plantón pro exigencia del diálogo público, o por parte de nosotros, cuatro o cinco dirigentes que estuvimos en el Zócalo y aceptamos el resultado de una votación masiva imprevista en el documento independientemente del cual se acordó la permanencia del plantón ahí mismo hasta el 1º de septiembre, día del informe presidencial, lo cual era un reto inaudito a un Presidente y más a uno tan autoritario como Díaz Ordaz, por lo que la represión se nos vino encima. Yo creo entonces que debemos analizar, por un lado, hasta dónde cometimos errores; y por otro, hasta dónde era esencial golpear al presidencialismo, porque si no no habría cambios en este país, que creo fue el logro más importante del Movimiento: golpear ese presidencialismo absolutista que mantenía a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial en sus manos y que no permitía la organización de la sociedad. Debemos analizar, pues, si supimos o no medir hasta dónde era el momento de continuar la lucha por otras vías.

—Aunque yo creo que el Movimiento logró conquistar el consenso que no tenía el gobierno, la manifestación del 27 de agosto, de más de cuatrocientas mil personas, y la del 13 de septiembre, que fue la Manifestación del Silencio, con un número similar o superior de asistentes, mostraron que el Movimiento se había ganado a la sociedad respecto de sus peticiones de libertades públicas y políticas. Como tú dices, un régimen tan autoritario no pudo reconocer que un Movimiento Estudiantil le arrebatara el consenso y la hegemonía. Creo que ahí se desencadenó la represión definitiva. ¿Qué opinas?

—En ese momento discutimos en torno a incrementar los puntos del pliego petitorio. Es decir, añadir planteamientos de carácter popular de sectores obreros y campesinos que se habían acercado al Movimiento y lo apoyaban. Finalmente, se decidió no modificar para nada esos seis puntos. Creíamos que eso sí desataría una represión feroz no sólo contra el Movimiento Estudiantil sino contra otros sectores de la coalición que estaban participando. Sin embargo, yo tenía una concepción diferente. Ya habíamos trabajado la lucha revolucionaria en sectores campesinos y obreros, teníamos grupos en el campo, y la idea era que del Movimiento Estudiantil surgieran grupos de jóvenes revolucionarios que se trasladaran a trabajar al campo para generar bases de apoyo, para trabajar con los obreros. No creíamos en el PCM, que fue rechazado por el CNH y también por otros grupos, incluidos nosotros. No creíamos en eso ni creíamos en la vía electoral. Después del 27 de agosto discutimos —no todo el CNH— acerca de la posibilidad de cambiar la estrategia de lucha y de trasladarnos a los sectores populares, a la clase obrera y al campo, generar bases de apoyo y pensar en una lucha estratégicamente más prolongada. No obstante, el Movimiento tenía una dinámica tan grande que no permitía flexibilidad en decisiones políticas en ese nivel. En el CNH se discutieron las teorías de Marx, Lenin, Marcuse, Trotsky, Mao, Che Guevara, Ho Chi Minh, etcétera, pero ninguna daba una aplicación concreta para avanzar en la lucha. Y ahí escuchamos y nos hicimos escuchar por parte de todos los demás compañeros. Pero finalmente la soluciones se iban—como decía Raúl Álvarez Garín— por el lado de lo concretito y qué íbamos a hacer al día siguiente. Y así se fue dando el Movimiento hasta llegar al final que fue el 2 de octubre donde ya conocemos los acontecimientos —aunque todavía no estén claros—. Hay fechas, pues, muy importantes en el Movimiento. Una de ellas es la del 27 de agosto, día de esa manifestación en el Zócalo para la cual habíamos elaborado un discurso en el CNH, un documento que elaboramos Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla, Ángel Verdugo y yo, en el que retábamos al gobierno, no queríamos hablar con él porque el gobierno, o mata a los líderes como hizo con Rubén Jaramillo, o los encarcela como a Vallejo y a Campa, o los compra como a Vicente Lombardo Toledano. Ese era el tono del discurso. Decíamos que el diálogo tenía que ser público. No imaginábamos cómo podía ser. Pero planteábamos que deberían estar presentes los medios de comunicación, algo similar al diálogo que se ha planteado ahora en Chiapas y que tampoco avanza por esa misma situación de dureza y poca flexibilidad que aún conserva el gobierno para poder dialogar. (CP)

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