—¿Consideras que hubo fechas clave en el desarrollo del Movimiento Estudiantil?Ángel Verdugo Beltrán, nacido en San José Bacum, Sonora, fue representante de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del IPN ante el Consejo Nacional de Huelga del Movimiento Estudiantil-Popular de México en 1968. Después de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco formó junto con Marcelino Perelló, Roberto Escudero y Federico Emery el núcleo central de la dirección del Movimiento. Eran los únicos dirigentes del CNH que no habían sido aprehendidos. Ángel Verdugo estuvo en la tribuna del mitin del 2 de octubre y milagrosamente salió de Tlatelolco al día siguiente. Encabezó la línea que se opuso al control de Movimiento por el PCM y rompió en asamblea el acuerdo del CNH para el levantamiento de la huelga que se tomó en casa de Andrés Caso, representante del gobierno en las frustradas negociaciones para el diálogo público. Integrado a una organización campesina fue aprehendido en 1972 y permaneció preso en Lecumberri hasta 1976. Trabajó después en el sector público en áreas relacionadas con el desarrollo regional, organización de campesinos para la producción y promoción de proyectos de inversión en zonas agrícolas del país. Dirigió de 1986 a 1992 un Parque Industrial en Ciudad Obregón, hasta 1997 fue asesor del gobierno de Sonora en esos rubros. Y de 1997 a la fecha promueve por su cuenta la creación de agroindustrias exportadoras e imparte cursos sobre desarrollo económico regional.
—De entrada una diferencia con respecto a las fechas: creo que uno de los grandes errores que se han cometido es considerar que el Movimiento se terminó el 2 de octubre. Esto, si bien es entendible por haber sido encarcelados los principales dirigentes, de ninguna manera justifica la actitud de algunos compañeros. La situación que se vivió fuera durante los tres meses siguientes —octubre, noviembre y casi todo diciembre— fue difícil y debimos luchar en dos frentes. No se cuál fue el más difícil, si el externo al tratar de conducir lo que algunos consideraron un cadáver, o enfrentar los recados de algún compañero que desde Lecumberri nos decía qué hacer y cómo lograr casi como única tarea la libertad de los estudiantes presos. El análisis de este período es una de las deudas que se tienen con la historia del Movimiento. Por fortuna, los involucrados estamos vivos y sería deseable que escribiéramos lo que pasó tratando de poner las cosas en su lugar. Creo que la fecha clave fue el 27 de agosto. Te diré por qué. Considero que ese día los resultados de la movilización tanto en número como en actitud de los estudiantes convenció al gobierno que no podrían derrotarnos con maniobras. Recuerdo que, al ver llegar más y más estudiantes a un Zócalo lleno, Raúl Alvarez Garín me dijo: "Ángel, en una semana ganamos". Y al bajar del capacete del camión donde se ubicaban los oradores y el sonido, Federico Emery me comentó "Angelitro, nos van a partir la madre". Por desgracia Federico acertó. Y quizás lo lamentable sea que no profundizó en el análisis de su postura y se dejó llevar por la euforia que reinaba. Quisiera, pues, en lugar de hablar de fechas clave comentar algunas cosas que llamaría errores clave, decisiones que muestran nuestra exacta dimensión ante la magnitud de una movilización que en mucho se dio sin que nos lo propusiéramos. Un error clave fue la incapacidad para enfrentar la negociación. La posición de diálogo público respondía más a la desconfianza que privaba respecto a la actitud de los dirigentes que encabezaban movimientos que enfrentaban al gobierno que a un instrumento táctico. Esta postura nos llevó casi a un callejón sin salida. Al final se impuso la realidad y aquello que se inició el 2 de octubre por la mañana se convirtió de manera privada en una larga e inútil serie de reuniones con los enviados presidenciales. La exigencia de dialogar en público y ante representantes de los medios de comunicación se olvidó por irrealizable. Otro error que considero clave es el de no haber actuado con firmeza y visión para haber cancelado el plantón que se había aprobado en el seno del Consejo Nacional de Huelga (CNH) la noche del 27 de agosto. Ante la pérdida de control de los manifestantes reunidos, y dada la magnitud de la exigencia del diálogo público para la solución del pliego petitorio, que fue coreada por miles, nos reunimos varios de los dirigentes en el claro que dejaban los dos camiones del Politécnico en medio de la Plaza de la Constitución y ahí, acerca de las consecuencias de dejar un plantón en el Zócalo hasta el 1º de septiembre, día del informe presidencial, Alvarez Garín y Gilberto Guevara Niebla comentaron la necesidad de cancelar lo acordado por mayoría en el mitin con que culminaba la manifestación y retirarnos a nuestras casas. Sin embargo, recuerdo que Luis González de Alba —espero que él lo recuerde— planteó que no era correcto que los del Poli siempre tomáramos ese tipo de decisiones —puesto que Sócrates A. Campos Lemus, dirigente del IPN ante el CNH, sujetó la decisión de aprobar o rechazar el plantón al voto de la mayoría de los asistentes al mitin— porque votábamos como un grupo unido. Que el acuerdo del CNH debía respetarse. Creo que tanto Raúl como Gilberto y Federico Emery, que estaba también presente, podrían abundar en este punto, y así poder medir la magnitud del error cometido al no haber levantado el plantón. Otro error, y creo que con mucho es el fundamental, es el no haber sabido interpretar la situación que se empezó a vivir desde fines de la segunda decena de agosto. Poco a poco la represión empezó a aparecer, al principio velada y luego claramente tratando de descabezar al Movimiento mediante la captura de su dirección. La toma de Ciudad Universitaria el 18 de septiembre fue más bien un acto fallido pues no se logró el objetivo de capturar en pleno a los miembros del CNH en el auditorio de la Facultad de Medicina. Después del ataque al Casco de Santo Tomás y de la represión descarada que siguió los mensajes eran claros y no deberían haber dejado dudas. Sin embargo, la magnitud de las movilizaciones y la respuesta misma de la ciudadanía, aunada a la falta de experiencia por el nivel de desarrollo político del país en ese entonces, nos impidió ver lo obvio. El 2 de octubre por la mañana el agente de la Federal de Seguridad, Ayax Segura, planteó —ante la recomendación del CNH de que no asistieran los principales dirigentes al acto en Tlatelolco por razones de seguridad— que, dado el desorden que se generaba siempre por el afán protagónico de muchos de querer estar en la tribuna de cada acto, era imperativo que los principales y más respetados dirigentes estuvieran para imponer orden. No tuvimos argumentos sólidos para rebatir esta posición y claramente recuerdo que perdimos la votación respectiva. Aquí también se repitió el intento fallido de dos semanas antes de tratar de detener a los principales dirigentes del CNH, con los resultados ya conocidos. Lo anterior de ninguna manera significa reducir en lo más mínimo la responsabilidad de la parte gubernamental en la represión violenta del Movimiento. Lo que pretendo señalar es la imperiosa necesidad de ubicar en su justa dimensión el papel que jugamos los que en mayor o menor medida tuvimos una responsabilidad como dirigentes. Me sentiría mal si en los próximos meses aparece el equivalente al libro Marcos; la genial impostura de Bertrand de la Grange y María Teresa Rico, recientemente editado en México, y con elementos objetivos y argumentos producto de un análisis desprovisto de la pasión personal y el afán de figurar como salvadores, nos muestra ante esta generación en nuestra exacta dimensión destruyendo el mito construido por algunos. Soy de la idea que el mito lo destruyamos nosotros. (CP)