El 13 de mayo de 1958, a cuatro años del levantamiento argelino contra Francia —la Francia empeñada en considerar a Argelia como una parte más del territorio nacional y no como una "colonia" originó que París fuera el escenario, ruborizante, de manifestaciones proclamando la "Argelia francesa"— se estableció, en Argel, un Comité de Salud Pública, bajo los mandos militares que de ninguna manera querían abandonar África.
Fue, de facto, una sublevación militar ultra. El problema se estimó tan grave que se creyó en la posibilidad de un desembarco de los paracaidistas en la Metrópoli. André Malraux, armado de sus deslumbrantes fantasías legendarias, recorrió las calles de París con un viejo grito rebelde: "¡franceses a las armas!".
Fue a ver al general De Gaulle que, llamado apremiantemente por el gobierno, había abandonado su histórico retiro en Colombey-les-deux-Eglises donde, desde años, trabajaba, solitariamente, en sus memorias. Desbordante, Malraux, le dijo lo que estaba haciendo. De Gaulle, mirándole por debajo de sus pesados párpados de elefante, se limitó a responderle: "Usted haga lo que quiera. Yo me voy a dormir. Los de Argel son militares y no harán nada sin órdenes". Así fue. Sin embargo, por unanimidad de todos los partidos, en un estado de emergencia nacional, se transpasó el poder al general De Gaulle y se redactó una nueva constitución para Francia: la de 1958 que todavía sigue vigente.
El 13 de mayo de 1968, diez años después de aquella crisis histórica, Francois Mitterrand, un político de 52 años que, en 1965, había sido candidato único de la izquierda frente a De Gaulle (para ser derrotado) pronunciaba una Conferencia, en la Sala Pleyel, con este título: El 13 de mayo, diez años después. Se refería al intento de sublevación del viejo ejército francés contra Francia al sentirse abandonado, en Argelia, por el Gobierno de París. Era un análisis del pasado, pero dejó deslizar una frase de inmediata actualidad: "Ustedes han asistido esta misma tarde a un reflejo de la buena salud del país. Es preciso que la izquierda sepa ser algo más que un museo de grandes recuerdos para ser, al revés, un espacio donde la juventud pueda encontrarse..."
El 14 de mayo, mientras los estudiantes gritaban en la calle "¡Diez años son suficientes!" (se referían al mandato de De Gaulle que cumplía, en efecto, una década) se levantaban las primeras barricadas y se producían los primeros choques con la policía. Todo había comenzado al iniciarse el curso en 1967. El crecimiento de la nómina universitaria en Francia llegaba a 600 mil estudiantes (hoy son ya más de 1,500.00) como consecuencia de la enseñanza gratuita y el derecho de todo bachiller de acceder a la Universidad sin otro examen. Jean Roche, Rector de la Academia de París, declaraba: "Podemos acoger 120 mil estudiantes; tendremos 150 mil". Se intentó reformar el sistema. El malestar, en la base estudiantil y sindical, se hizo sentir. El país, rico, terminada la descolonización en África y Asia, se conformaba. Los jóvenes, al revés, querían una mutación. En el mes de enero de 1968 el Secretario de Estado para la Juventud, Missoffe fue a la Universidad de Nanterre para hacer un discurso con motivo de la inauguración de una piscina. Hizo un discurso ocasional. Un estudiante le interpeló tutéandole. Missoffe, asombrado, le miró de frente. El estudiante le dijo: "En tu libro blanco sobre la juventud no se habla de los problemas sexuales de los estudiantes". Francois Missoffe le contesta: "Lo mejor que puede hacer es que se vaya a la piscina para calmar sus ardores". El estudiante, de nacionalidad alemana, se llamaba Daniel Cohn-Bendit. Había nacido en Francia accidentalmente porque sus padres, judíos alemanes, habían huido de Alemania al hacerse cargo del poder un energúmeno llamado Adolf Hitler. A los 13 años regresó a Alemania, hizo el bachillerato allí y retornó a Francia para realizar, en París, sus estudios universitarios. Su hermano mayor, Gabriel, era profesor en Saint-Nazaire. Los dos convergen en el anarquismo que disponía de una plataforma periodística: "Internationale Situationniste".
Nanterre se convertiría, en París, en el centro de una explosión social y cultural que era ya patente en Inglaterra, en la España franquista (donde una nueva generación se enfrenta con el gobierno y obligará a un reajuste ministerial, pese a la dictadura) en Alemania donde los jóvenes socialistas de Berlín, se confrontan con la socialdemocracia, inclusive los hijos de Willy Brandt y se traduce a los profesores huidos del nazismo que estaban instalados en las academias de Estados Unidos y donde Berkeley sería, inesperadamente, un hogar de agitación.
Entre los profesores alemanes de la Escuela de Francfort que serían "re-traducidos" del inglés al alemán de nuevo, uno —y después del alemán al francés— sería, con el retrato mítico del Che Guevara, el "Libro de Mao" y la adhesión anarquizante de Jean-Paul Sartre, el revulsivo de una situación ("situationniste") explosiva. El profesor alemán, traducido del inglés por los estudiantes berlineses, se llamaba Marcuse.
La crispación de la Universidad de Berlín tenía un líder natural, Rudolf Dutschke (Rudi el Rojo nombre que le sería trasladado, en unos meses, a Daniel Cohn-Bendit bajo el mismo espectro: Dany el rojo) que transmitiría a la sociedad una tensión inesperada. En efecto, desde el comienzo del año de 1968 la Alemania próspera se encontró con el terrorismo y los cocteles Molotov. El Tribunal de Francfort fue atacado con explosivos al mismo tiempo que Rudolf Dutschke organizaba en Berlín la Universidad Paralela. Berlín no era una ciudad cualquiera. Liberada por los ejércitos soviéticos unas horas después del suicidio de Hitler el 30 de mayo de 1945, la vieja capital alemana fue dividida en cuatro comandancias de ocupación militar (la urbe quedó en el territorio de Alemania Oriental que fue la Zona de Ocupación soviética), es decir, de Estados Unidos, la URSS, Inglaterra y Francia y, por ello, terminaría siendo el escenario histórico de la guerra fría.
En efecto, en 1953 se produjo, en Berlín Este, la primera sublevación obrera contra el régimen soviético y los tanques entraron en acción en unas jornadas terribles. En la misma raya de separación entre el Berlín occidental y el soviético, el alcalde socialista de la ex capital de Alemania, Willy Brandt, se plantó allí y dijo a la gente, que aspiraba a pasar la frontera "que si la cruzaban lo haría con ella, pero que era el comienzo de la III Guerra Mundial". Los obreros alemanes del Este quedaron aislados. La URSS levantaría, ante el levantamiento y el éxodo de millares de personas hacia el Oeste, el muro de Berlín. Fue una hazaña arquitectónica inútil. Nunca se detiene a un pueblo con una muralla china.
Lo cierto es que a esa ciudad llegaron, para oír a los estudiantes alemanes, Daniel Cohn-Bendit y Alain Krivine. Éste último, dirigente de las Juventudes Revolucionarias de Francia. Ante una multitud Rudi Dutschke explicaba a la gente cómo "superar la estrategia policiaca". El Partido Comunista francés declararía que el movimiento estudiantil era "pequeño burgués"; De Gaulle que era una "chiquillada"; su ministro de educación que se trataba de "grupúsculos irresponsables". El 22 de marzo de 1968 (el día antes, como protesta contra la guerra del Vietnam, se habían roto las vitrinas de los locales del American Express en la Plaza de la Ópera) 150 estudiantes de Nanterre ocupaban el piso octavo de la torre administrativa de la Universidad de Nanterre. Se leyó un manifiesto. Los grupos anarquistas, gauchistas, maoístas y trotskistas aprobaron, primero, el manifiesto y, después, a su líder: Daniel Cohn-Bendit, (hoy militante del Partido Verde alemán y teniente de alcalde en la ciudad de Francfort), que entraba en la historia. ¿Proyecto?. "Impedir que la sociedad burguesa recuperara a la juventud y la universidad". Da un poco de rubor, pero no corrió la sangre, sino la tinta.
El 11 de abril de 1968 un obrero de Munich, exasperado, disparaba tres veces seguidas contra Rudi el Rojo. El atentado, en la edad de la instantaneidad (que ya anunciaba la tormenta gigantesca de Internet y el discurso único con la revolución de las telecomunicaciones vinculadas a las multinacionales) fue una declaración de guerra. En Nanterre provocó una crisis institucional. El 25 de abril el diputado comunista, Pierre Juquin fue expulsado por los estudiantes de extrema izquierda de una reunión. El "lenguaje" conmocionante pasaba a ser el centro del debate. El Movimiento del 22 de Marzo, dueño del "terrorismo verbal", dejaría sin poder a las autoridades de Nanterre y, en uno de sus salones, se prepararon las "jornadas antiimperialistas".
En Alemania el atentado contra Rudi Dutschke generó una onda de atentados que la policía contestó con una violencia total. Desde el 2 de mayo de 1968, en Francia, la conmoción de Nanterre se extendió a la Sorbona. El 3 de mayo el periódico del partido comunista "L'Humanité" publica un texto de Georges Marchais —siempre con muy poco cerebro— simplificando los problemas y reduciéndolos a la vieja "lengua de madera". Dijo lo siguiente: "Hay que desenmascarar a los falsos revolucionarios que defienden, desde el Movimiento del 22 de Marzo, al poder gaullista y los monopolios capitalistas". Era una estupidez. El problema grave, el verdaderamente preocupador, era entender las causas por las cuales una juventud opulenta, hija de la generación que había terminado con el colonialismo (aunque fuese en circunstancias dramáticas) no encontraba su propio sitio. Mitterrand, el 8 de mayo, en la Asamblea Nacional lo expresaría mejor, aunque no fuese muy clarividente, con esta reflexión: "Si la juventud no tiene siempre razón la sociedad que se burla de ella, la desconoce y la golpea, no tiene razón nunca..."
Se inventaban, en las paredes, los nuevos slogans: "La acción no es una reacción, sino una creación". El 11 de mayo la ciudad, en el Quartier Latin, parecía una zona de combate: árboles y barricadas. La policía toma el distrito. Ante la magnitud del movimiento el día 12, domingo, el Partido Comunista pidió el apoyo para un movimiento de protesta que "no servía ya a De Gaulle". El 13, lunes, la confrontación se hizo mayor de edad. Los manifestantes ganaban las calles. Se pedía la semana de 40 horas y la jubilación a los 60. Ahora, por cierto, Francia ha votado, para el año 2000, la semana de 35 y el retiro a los 55.
Una manifestación de la derecha ultra, el Movimiento de Occidente (como si "Occidente" no fuera, desde otra versión, la libertad y la tolerancia) pedirá, desde una exaltación ritual de "patriotismo", "Francia para los franceses" y "que se fusile a Cohn-Bendit". No hay duda: "La France aux francais. Fusillez Cohn-Bendit".
El Primer Ministro, Pompidou, desde la Asamblea, define la situación: "No es el gobierno el que está en causa ni sus instituciones ni tan siquiera Francia ¡es la civilización!". La exageración era enorme, pero el hemiciclo le aplaudió estusiásticamente.
Casi a las mismas horas, la Sorbona, Universidad de París, se declaraba "asamblea constituyente" y "comuna libre"; Nanterre era reconocida como "Facultad libre y autónoma". Los estudiantes suizos se solidarizan con los franceses. La fiesta de la juventud, entre barricadas, violencias verbales y ocupación del Teatro Odeon y la Mutualité, no arrojará un muerto, pese a los choques frecuentes con la policía. En Milán, la Universidad fue ocupada por los estudiantes. Los jóvenes nacidos en 1945, al finalizar la II Guerra Mundial, tenían, en 1968, 23 años. La invención "literaria" llenó las calles. En las nobles paredes de la Sorbona se repite un slogan lúcido: "Prohibido prohibir". Se acuñan las frases más poderosas de la década: "La imaginación al poder"; "el arte ha muerto, no consumamos su cadáver"; "haz el amor y no la guerra".
Las Facultades permanecerían abiertas, día y noche, a partir del 16 de mayo, para atender la demanda de asambleas abiertas. "Sólo el 5% de los hijos de los obreros están en la Universidad. Queremos que esto cambie". Los estudiantes cercan la fábrica Renault para que los trabajadores se les unan. En la entrada de la empresa, en Boulougne-Billancourt, el sindicato CGT, pone las cadenas en las verjas de hierro. Los obreros, a su vez, izan la bandera roja, pero el encuentro es limitado. Los trabajadores, dueños de su historia, se muestran solidarios, pero su huelga tiene sus propios objetivos de clase.
El general De Gaulle, indecentemente, cuando estaba de viaje oficial en Rumania (país de un "discurso único") hace una declaración, que ante esa sociedad, resultaba notablemente inmoral: "Rumania nos da una lección. Su Universidad funciona. La nuestra nos crea problemas". Era inadmisible. Cuando regresa a París le dice a Pompidou, su Primer Ministro: "esto es un burdel". El partido comunista intenta establecer contacto con los movimientos extremistas que le sobrepasan.
El 22 de mayo se expulsa de Francia a Daniel Cohn-Bendit. Una enorme manifestación estudiantil de protesta ("Alto a la expulsión de los camaradas extranjeros") se realiza en las calles en apoyo al Dany el Rojo que se confronta, a la vez, con el poder gaullista y el partido comunista. Los líderes socialistas piden la caída del gobierno. Obtienen 233 votos; eran necesarios, para que la moción fuera efectiva, 244. Pero el debate fue transmitido por la televisión. La calle organizaba la nueva memoria.
Aparecen los síntomas de la fatiga del movimiento. Nace, como réplica, el partido por la Defensa de la República. Las barricadas, desmontadas en el día, se rehacían en la noche. Los gases lacrimógenos eran el nuevo componente de la ciudad. Los estudiantes inventan una nueva frase: "La voluntad general contra la voluntad del 'general'". El 24 De Gaulle se dirige a los franceses desde el Palacio del Eliseo. Asume que es preciso hacer reformas, pero defendiendo al Estado. Los huelguistas, en las fábricas, pretenden mejoras. Los trabajadores defienden sus reivindicaciones, pero no apoyan la violencia. La clase trabajadora tiene su propia autonomía y sindicalismos muy fuertes. Sobre todo la CGT, de filiación comunista. Unos y otros controlan sus bases. Era lógico.
La negociación y el fin de de Gaulle
El domingo 26 de mayo de 1968, después de una noche de sábado tumultuosa, comienzan, en el Ministerio de Asuntos Sociales, en la calle de Grenelle, —la famosa "negociación de Grenelle"— las conversaciones entre las partes en disputa. En su casa de Nievre, donde será enterrado muchos años después, Mitterrand, pide "un cambio total". En Londres, ante la embajada francesa, los flemáticos británicos se enfrentan con la policía. El lunes, después de 25 horas de negociaciones en la rue Grenelle, se hace público que dos millones de trabajadores (de salario mínimo) obtendrán el 35% de aumento.
El martes 28, con el cabello rojo teñido de negro Cohn-Bendit entró clandestinamente en Francia con la apariencia de un español. Nada se había resuelto aún. El movimiento, lentamente, se agranda y se apaga. De Gaulle hace una escapada a Baden-Baden, donde están estacionadas tropas francesas en Alemania y se llega a creer que aspira a imponer su decisión con ellas. Es una etapa dramática y última. El 30 es la jornada decisiva, a su vez, para el régimen construido, sobre las cenizas de la guerra colonial, en 1958 y para el movimiento estudiantil.
La decisión del poder es la disolución de la Asamblea Nacional y, por tanto, nuevas elecciones. El régimen ha hecho crisis, pero el país, cansado, se integra en una enorme manifestación —viernes 31 de mayo— de "mayores", con André Malraux a su cabeza, de adhesión al régimen y a De Gaulle y se anuncia, antes de las elecciones, un nuevo gobierno de transición. El movimiento estudiantil ha hecho rodar las cabezas del poder sin hacer correr la sangre. Hubo, en ese largo mes de barricadas, un muerto por accidente. Lacan, en la Escuela Normal, en una de sus clases dice: "En el mes de mayo no tuvimos, en los hospitales, un solo enfermo mental nuevo. Todo el mundo se divertía en la calle". Frase lúdica. El país, no los dementes, hicieron saber que no todo iba bien y que era preciso "cambiar el mundo". Excesos. Ante el anuncio de las elecciones generales los trotskistas y los comunistas revolucionarios firmaron su última proclama: "Elections, trahison". Las elecciones dieron una victoria enorme a los defensores del régimen, pero lo cierto es que el general De Gaulle había muerto, históricamente, en mayo. No supo ni lo que ocurría ni lo que se le exigía. Vencedor de las elecciones en la segunda vuelta (30 de junio de 1968) dimitiría unos meses después. El hombre de la liberación de Francia, regresado a su lugar sagrado, Colombey-les-deux-Eglises moriría en una tarde helada: el 9 de noviembre de 1970.
El aplastamiento (agosto de 1968) de la Primavera
Pudo ver antes, De Gaulle, —su ceremonia funeraria fue un duelo universal, de cabezas gobernantes ante ese gran "monumento" de la historia contemporánea— la crisis de la Primavera de Praga.
En efecto, el 21 de agosto de 1968, al alba, los países del Pacto de Varsovia (exceptuado Rumania) invadieron Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga. La desproporción era gigantesca. A las 2 de la madrugada 6,300 tanques, 800 aviones y 250,000 soldados terminaban con la esperanza de reconstruir, en una república popular, (establecida por el golpe de fuerza de 1948) un "socialismo de rostro humano". Los dirigentes comunistas, con Alexander Dubcek al frente, habían dado a conocer, clandestinamente, desde una fábrica, su protesta. Esposados fueron a Moscú. Regresaron, el 28 de agosto, para "proclamar", (el discurso de Dubcek fue dramático y con lágrimas en los ojos) que era preciso aceptar la "normalización" tal como la imponía Breznev, esto es, Moscú.
La Primavera de Praga había muerto.
En su número del 20 al 26 de agosto de 1998 —a los treinta años de aquella tragedia política y cultural— una de las más importantes revistas de la izquierda democrática francesa, Le Nouvel Observateur, rememoraba la invasión de Checoslovaquia y la ocupación de Praga, con este titular impresionante: "Y la URSS entra en agonía". "Le 21 aout 1968, les chars sovietiques écrasent le Printemps de Prague, et la URSS entre en agonie")
Título exacto. André Gratchev (futuro portavoz de Gorbachov en su etapa de Secretario General del Partido Comunista de la URSS a partir de 1985) asiste a la aniquilación de la Primavera de Praga como representante de la URSS en la Federación Mundial de las Juventudes Democráticas. Hace estas declaraciones al producirse la hecatombe que significaría, sin más, un "inri" ético a la gran crisis de la esperanza:
—"Hasta la invasión de Checoslovaquia yo logré establecer en mí, pese al mayor escepticismo sobre la realidad soviética, la esperanza en las reformas y la adhesión casi total a la política exterior de la URSS. Se estaba en plena guerra del Vietnam y ello nos permitía creer que estábamos del lado bueno".
Mijail Gorbachov era, en agosto de 1968, segundo secretario del Partido Comunista en Stavropol, —muy lejos de Moscú— en su propia región natal. La revista Le Nouvel Observateur le interroga, ahora, sobre lo que pensó sobre la intervención soviética el 21 de agosto:
—"Yo la aprobé, claro. Los alemanes y la CIA querían desestabilizar el campo socialista. La dirección checa se había dejado desbordar; era necesario ayudar a nuestros camaradas..."
—"¿Usted pensaba de verdad eso?".
—"Sí, era así. Pensaría eso hasta el mes de noviembre de 1969 cuando fui a Brno (Checoslovaquia) con una delegación soviética. Nos esperaban en una gran fábrica de la ciudad y al entrar en ella todos los obreros, todos sin excepción, dieron lentamente la vuelta sobre sí, dándonos la espalda. El silencio fue total. Fue algo petrificante. No se veía una sola cara y, al día siguiente en Bratislava, la misma cosa. Ningún contacto, nadie quería hablarnos, salvo los campesinos. He comprendido, entonces, —añade— hasta que punto hemos herido a ese pueblo, humillado a los hombres que querían conjugar socialismo y libertad. Si nosotros les hubiéramos seguido, en vez de destruirles, no habríamos perdido los 20 años que nos hacían falta..."
Gorbachov no sabía que el 13 de enero de 1969 un joven estudiante de Praga, Jan Palach, después de despedirse de su novia Helena diciéndole que le hubiera gustado casarse con ella y tener dos hijos, se roció de gasolina y se prendió fuego en el centro de Praga como protesta, atroz y terrible, de la intervención soviética. En la Plaza de Vesceslao están las flores de su incendio. Su agonía duró tres días. La doctora que le asistió en el hospital se llamaba Jaroslava Moserova. Era vicepresidenta del Senado checo y, terriblemente acongojada, tuvo que decir a su país que Jan palach había muerto...
La invasión de Praga —reléase lo que dice Gorbachov— hizo trepidar el mundo socialista. Los desgarramientos en los partidos y las conciencias fueron incalculables. Nada pudo ser ya como era —esperanza— y nada pudo remediarse para el futuro. La generación checa de 1968 había nacido, en 1948, con el golpe de Estado que terminó con la posibilidad de una historia democrática. Veinte años después sería representada por Jan Palach y un prisionero de las catacumbas y genio literario, Vaclav Havel, que libertado de la prisión sería el hombre al que acudió el país entero, a la hora del derrumbe de los muros, para hacer la transición pacífica: la "revolución de terciopelo".
Mijail Gorbachov dice, en la entrevista
antes citada, algo memorable: la intervención para liquidar la Primavera
de Praga significó que se liquidaron los 20 años por delante
para realizar las esperanzas. Es correcto. Su generación había
salido (o estaba a punto de hacerlo) de las Universidades, conquista social
indiscutible, cuando se hizo público el "documento secreto" de Kruschev
denunciando los crímenes de Stalin (XX Congreso, febrero
de 1956) y la personalización absoluta del poder a tres años
de la muerte de aquel. Traumatismo gigantesco que no se alivió,
cuando ya estaban en las estructuras de la nomenklatura soviética,
cuando se produjo la intervención soviética en Hungría
para aplastar, con las mismas proposiciones de Stalin, el levantamiento
de Budapest. Los tanques de Kruschov actuaron como en Berlín
en 1953: aniquilando una ciudad. Por vez primera en un país socialista
las estatuas de Lenin y Stalin, derribadas en la vía
pública, fueron usadas como barricadas frente a las tropas soviéticas.
El tiempo pasó. Polonia se alzó con el primer sindicalismo
independiente —Solidarnosc— que, casi representando la unanimidad obrera
e intelectual, hizo frente al régimen. La tentación de la
invasión, por parte de la URSS, fue clara. Juan Pablo II
hizo saber al gobierno soviético que si había intervención
él mismo volaría desde Roma para unirse a su pueblo en la
resistencia...Palabras, por vez primera, mayores.
1968: La hora trágica de
México
El año de 1968 fue, en México, la liquidación, por la violencia, de la Primavera. Podrían haberse usado muchos de los supuestos del poder francés respecto a la significación profunda del movimiento. No se quiso aceptar, en principio, lo esencial: que en 1968 el octubre mexicano —con la sangre y la miseria moral de Tlatelolco, es decir, con una inmensa distancia sobre la fiesta llamada mayo francés— significaba y significa, aún, un parteaguas de la historia.
El país, en 1968, tenía alrededor de 47 millones de habitantes (el Censo de 1970 proporcionaría 48.2 millones) de los cuales, por vez primera, existía una inicial mayoría de población urbana, es decir, una población que pretendía ser ejemplo y síntesis de una nación que dejaba atrás el pasado rural y, por tanto, la política del "discurso único". En efecto, en 1960, el Censo de ese año reveló ya que el 50.7% de la población mexicana era urbana: sólo el 28.7% en 1910. La progresión de la escolaridad proponía otro Estado. Aún pesaban, cierto, sobre las generaciones, sin duda, las palabras de Vasconcelos, en 1920, al hacerse cargo de la Rectoría de la Universidad: "nuestros principales enemigos son la miseria y la ignorancia...Yo vengo aquí para llevar la Universidad al pueblo".
El México de 1968 inauguraba, frente a un régimen cerrado, clausurado en sus propias estructuras oligárquicas, la posibilidad de una apertura real. Los procedimientos, las herramientas del trabajo de análisis no fueron, en el caso de los estudiantes, en muchos casos, las adecuadas. No pueden compararse sus errores, ciertos, indudables, como ocurriría en el mayo francés, con la desproporción brutal de la respuesta, con la decisión, absolutamente bárbara, de impedir una sola variable de transformación. El México bárbaro regresó a lo cotidiano.
La voluntad de potencia pretendía asumir los cambios reales como una hazaña del régimen, y no como una transformación válida, indisputable, de la sociedad entera. Los alumnos de la enseñanza superior, en 1960, ascendieron a 76,269 alumnos; en 1970 —con la herida seca y directa, contra la nación emergente, de 1968— fueron 218,637, es decir, un índice de crecimiento de 100 a 280 en una sola década. Los estudiantes universitarios (entre 20 y 24 años) representaban sólo el 2.7% de ese estrato de edades en 1960; el 5.4% en 1970 y el 14.6% en 1980. Se estaba en el seno de una transformación que debería haber incitado, sin más, a una clase dirigente responsable a anticipar, a prever, a discurrir con la mutación del país en vez de conducirle, contra la pared, a su propia autodestrucción sin que ello ampliara, en un solo milímetro, la estatura moral de la clase dirigente. Al menos, Gorbachov, al explicitar su recorrido, en 1969, por las ruinas de la Primavera de Praga entendió que, con la intervención, se perdieron 20 años decisivos para la Unión Soviética y que, aquel mismo día, comenzó la agonía.
La revolución demográfica de México, valor exponencial que precede a la crisis de Tlatelolco, avanzaba ya las bases para un nuevo diálogo nacional que, cierto, la base social en protesta no siempre vio ni calibró con lucidez. Sin embargo, la clase dirigente se negó a aceptarlo, científicamente, ni siquiera como posibilidad real de su propia sobrevivencia ética como clase. Quería todo el poder.
Sin embargo, la mutación urbana exigía una revolución en la distribución del Ingreso (que se concentró aceleradamente entre 1950 y 1976 paralizando el desarrollo y transportando consigo la explosión de nuestros días) puesto que el país urbano planteaba otra interpretación del mundo. "En 1940, cuando el país tenía 19.6 millones de habitantes, sólo contaba con 6 ciudades con más de 100 mil habitantes". En 1968 (datos para 1970 lo cual es lo mismo) "su número había crecido a 35 y la población de esos centros urbanos se incrementó, en ese periodo, de 3.5 millones a 17.4 millones". (Philips H. Coombs: "Estrategia para mejorar la calidad de la educación superior en México. Informe para el Secretario de Educación Pública. FCE).
El crecimiento económico sostenido, entre 1950 y 1976 fue de 6.5% anual sin prácticamente inflación (el 2%), pero al final de ese largo periodo el 50% de los hogares más pobres participaban en el Ingreso con menores indicadores, en 1976 que en 1950. En suma, en el amanecer de 1968 existían los datos coherentes para impulsar, a la vez, una nueva redistribución del Ingreso y una nueva redistribución del poder. No se pudo desde abajo; no se quiso desde arriba y el pecado de Tlatelolco paralizó en el fondo, como el plomo, la creación de una sociedad nueva que, como en el mayo de 1968 en Francia, no representara a Thanatos sino a Eros. Entre nosotros pudo Thanatos y no Eros. ¡Ay, de los vencedores bajo esas condiciones!.