Invitado
Por Juan María Alponte
El 1 de enero de 1789, siete meses antes, así nomás, de la toma de la Bastilla -cuya fiesta nacional no se celebró hasta 1880 para que se vea que la historia tiene pies de plomo y los mitos, para los creyentes, los ojos sabios de Minerva- un grupo de mujeres se dirigía al rey de Francia Luis XVI con unas palabras que, en gran parte del mundo, podrían repetirse hoy: "Nosotras, las mujeres del Tercer Estado, nacemos casi todas sin fortuna (los otros dos estados, cuerpo o estamentos del Régimen francés eran, como se sabe, me permito intervenir, la Nobleza y el Clero). Nuestra educación consiste en ir a la escuela, escuela gobernada por un maestro que, él mismo, no sabe la primera palabra de la lengua que enseña. Pero las mujeres continuarán yendo hasta que sepan leer el Oficio de la Misa en francés y las Vísperas en latín. Aprendidos los primeros deberes de la religión se nos enseña a trabajar desde los 15 o los 16 años... Si la naturaleza les ha rehusado la belleza se casarán, sin dote, con artesanos infortunados y vegetarán en el fondo de provincias donde tendrán hijos a los que no podrán educar adecuadamente. Si, al contrario, nacen bonitas, pero sin cultura, sin principios y sin idea de la moral, serán las víctimas del primer seductor, cometerán la primera falta, vendrán a París para esconder su vergüenza y la perderán eternamente y morirán víctimas del libertinaje..."
Añadían, serenas, implacables, sin embargo, lo siguiente: "Para eludir tantos males, Señor, le demandamos que podamos educarnos y tener empleos; no para usurpar la autoridad de los hombres, sino para que podamos ser estimadas por nosotras mismas, de fortuna que tengamos medios para vivir al abrigo del infortunio y evitar que se aumente el número de desgraciadas que llenan las calles convirtiéndose en la vergüenza de nuestro sexo y en la vergüenza de los hombres que las frecuentan..."
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