ECOLOGÍA Y MENTIRAS
DEL SISTEMA
Consumismo, modernización, crecimiento, desarrollo,
y otros factores de alteración del planeta y de la sociedad.
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Cuatro frases que hacen crecer la nariz de Pinocho
Por Eduardo Galeano
1 Somos todos culpables de la ruina del planeta
La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos
todos responsables', claman las voces de la alarma universal, y la generalización
absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen
los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad
más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos
que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad.
Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al 'sacrificio
de todos' en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos
internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación
que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable
al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial
ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes
la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas
que le sacan el jugo. Pero las estadísticas confiesan. Los datos
ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad
comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen
que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las
consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación
del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la
dilapidación de los recursos naturales no renovables. La señora
Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó
recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran
lo mismo que los países desarrollados de Occidente, "harían
falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades".
Una experiencia imposible. Pero los gobernantes de los países del
Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que
nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían
ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo,
no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de
apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como
paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en
la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando
el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando
sin mundo.
2 Es verde lo que se pinta de verde
Ahora, los gigantes de la industria química hace
su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo
la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo
de verde sus préstamos. "En las condiciones de nuestros préstamos
hay normas ambientales estrictas", aclara el presidente de la suprema banquería
del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita
la libertad de contaminación. Cuando se aprobó en el Parlamento
del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas
que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente
la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos
que podrían ser resumidos así: "los defensores de la naturaleza
son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico
y a espantar la inversión extranjera". El Banco Mundial, en cambio,
es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión
extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará,
junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial.
Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100
veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar
proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable,
conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial,
el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás
proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se llama Mundial,
como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos
viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa
tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el
principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna
a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus
acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su
política económica en función del dinero que concede
o promete. La divinización del mercado, que compra cada vez menos
y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías
a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión
del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los
alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.
3 Entre el capital y el trabajo, la ecología
es neutral
Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero
él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los
velorios de sus víctimas... Las empresas gigantes de la industria
química, petrolera y automovilística pagaron buena parte
de los gastos de la Eco 92. La conferencia internacional que en Río
de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia,
llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que
producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció
una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la
venta de veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio,
hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica
perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para
ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos.
Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas
más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que
buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas
que esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de
semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz,
Ciba-Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La industria química
no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo
que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero
y la libertad humana. La ecología neutral, que más bien se
parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia
de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio
no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos.
Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988,
en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía:
que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social.
Chico creía que la floresta amazónica no será salvada
mientras no se haga la reforma agraria en Brasil. Cinco años después
del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de
100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha
por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo
van a las ciudades desde las plantaciones del interior.Adaptando las cifras
de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda
América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas
a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son
una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se
puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología,
sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.
4 La naturaleza está fuera de nosotros
En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar
a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el
monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por
caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas parte". Pero no
se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada
por el mercado mundial, la civilización invasora confundió
a la ecología con la idolatría. La comunión con la
naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas
de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse
jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol,
y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos
de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía
a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía
entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió
con la vocación demoniaca o la ignorancia. Para la civilización
que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz
que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina,
puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza,
que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos
enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos
sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter
a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla.
Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella
está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los
relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote
con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje,
mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.
Reforma, 1995
CARTA ANTIECOLÓGICA
A LOS ECOLOGISTAS
Mi nombre es Progreso, y mi propósito es no
detenerme. Mi esencia es el movimiento, y mi acción es transformadora.
Los cambios que provoco pueden amenazar el orden natural de las cosas,
pero el desorden resultante, en tanto no impida mi marcha, me es indiferente.
He comprobado que los desórdenes que hasta
aquí provoqué, conducirán a una inestabilidad tal,
que deberé cesar. Sé que si quisiera continuar, debería
disminuir ya mismo mi avance, para permitir un reordenamiento que me asegure
durabilidad. Pero el Progreso no sabe de aquietamientos preventivos; el
Progreso sólo sabe persistir en lo suyo. Aunque el destino del Progreso
sea su propia decadencia.
El futuro no es mi límite: mi límite
es el presente, y la superación es mi constante. Por lo tanto, no
me importa regularme según el mañana, sino expandirme según
el ahora.
Ustedes, los defensores del medio ambiente, hablan
de "desarrollo sostenible", pretendiendo controlar el desarrollo para sustentarlo.
Pero yo no soy controlable. Yo, Progreso, soy desarrollo también.
Y mi propósito es no ser controlado.
Sé que mi tendencia no lleva a buen destino. Sé que la
destrucción que se avecina les demostrará que ustedes no
me utilizaron, sino que fui yo quien los utilizó a ustedes para
mi obra destructiva. Pero sólo en esa obra será que conocerán
al artesano que les habla. Hasta ahora me han ignorado como dueño
de ustedes, creyéndome vuestro servidor. Creyeron que podían
abusar de mí para fabricar toneladas de objetos hacedores de una
falsa felicidad. Les di toda esa industria del confort, del bienestar material,
y supieron que nada de eso hacía la felicidad. Pero pretendieron
seguir usándome, para continuar mintiéndose entre ustedes
con las falsas promesas de la sociedad de consumo que conmigo construyeron.
Tanta materia me dieron para que yo elaborara estupideces,
que el mal uso que de mí pretendieron hacer, sólo podrá
tener una respuesta, y será mi autoridad sobre la voluntad de ustedes.
Intentarán detenerme, como si acaso les fuera a obedecer, y comprobarán
que cuando menos me necesiten y más precisen mi detención,
más acelerado estaré para concluir mi obra: la destrucción
de la sociedad desarrollada, consumista, autodestructiva. Porque esa autodestrucción
de ustedes dependía de mí, cuando creían que yo dependía
de ustedes. Nunca quisieron reconocer que no debían pretender dominarme,
porque, así, sólo provocaron que los dominara. Si me hubieran
respetado desde el inicio, los habría ayudado a vivir plenamente,
en la fabricación de objetos saludables e inocuos. Pero prefirieron
que les perturbara la vida, y ahora van conociendo el sobrevivir, hasta
que ni siquiera eso puedan lograr cuando muchas regiones sean inhabitables.
Quizá sobrevivan, sin embargo, los pocos
herederos de mi enseñanza que, de saber aprovecharla, tal vez recurran
a mi ayuda y no a mi manipulación. Tal vez no busquen poder, apoderándose
de mí, sino que busquen obedecer a la naturaleza, dejándome
obedecerla para asistirla. Y así será que no volveré
a dominarlos. Porque ustedes habrán aprendido a dominarse.
El Progreso no sabe detenerse; sólo sabe persistir en lo suyo.
Si lo mío es lo que ustedes me han dado, sólo puedo persistir
en destruirlos, porque lo que me dieron es fuerza destructiva. Y lo mío
es, además, la potencialidad de construir a favor de la naturaleza,
pero no puedo hacerlo en mi actual condición. Me es ajeno ese espíritu
constructor, porque es ajeno a ustedes, que me están empleando para
que destruya la naturaleza.
Me es indiferente la desesperación de ustedes
los ecologistas, porque soy insensible y antiecológico: soy el reflejo
de la humanidad, y soy su exterminador, porque así ella me quiso,
porque no quiso la vida. Y terminaré destruyendo aquello que no
quiere la vida.
Comandante Clomro
La Plata, Argentina, 5 de junio de 1995
Consumismo
Declaración de Eusnet
Lo que no queremos ser: "Homo coca-colens"
Ha sido un historiador africano,
Joseph Ki-Zerbo, el que ha acuñado la denominación: Homo
coca-colens. La que designa al fenómeno mundial de la aparición
de un conglomerado de nuevas tribus repartidas por todo el planeta y cuyas
señas de identidad son la baja edad (son más adolescentes
que jóvenes) y la afición por la música rock, los
aparatos de reproducción de sonido, los pantalones vaqueros y el
consumo de "Coca-Cola".
Por encima y por debajo
de esos signos concretos y visibles, la seña infalible de identidad
de quienes, jovencitas y jovencitos, maduros y maduras o viejas y viejos,
son ya ejemplares, especímenes, del Homo coca-colens, es
ésta: la feroz atracción, la adicción, que sienten
por el consumo de cosas que sin embargo no pueden pagarse.
En efecto, los miembros
de la especie Homo coca-colens son miembros de las masas de seres
humanos que en todo el mundo han sido atrapados y alucinados dentro de
un sistema social que les exige que se dediquen a consumir, que espera
que se dediquen a consumir, que les empuja, exhorta, seduce y aliena para
que se dediquen a consumir.
Que, en fin (y es lo más
eficiente para hacer de ellos consumidores compulsivos y seres frustrados
si no pueden pagarse el consumir), les valora y les recompensa en la medida
en que se dediquen a consumir, de forma que la religión práctica
que regula sus vidas se resume en dos mandamientos: "tú serás
lo que tengas y gastes; tanto tienes/tanto gastas, tanto vales" y "no serás
(no tendrás, no gastarás) nunca menos que tu vecino".
Nosotros, las mujeres y
los varones de Eusnet-APC, tenemos muy claro: a) que no queremos convertirnos
en ejemplares del Homo coca-colens; y b) que no nos será
fácil evitarlo.
Sabemos bien que nosotros,
la sociedad que habita en Euskal Herria, estamos dentro de los límites
territoriales de la sociedad consumista. Y sabemos bien lo difícil
que es vivir a la contra dentro de un sistema.
Sabemos que un sistema establecido
puede convertir en casi total y desesperadamente inútiles los esfuerzos
de un individuo para actuar basándose en reglas distintas o para
perseguir objetivos diferentes de las reglas y los objetivos bendecidos
(o tolerados) por el sistema.
Pero sabiendo todo eso sabemos
bien que la "calidad de vida", que fijamos como meta individual y colectiva,
ya no es compatible con el consumismo y todo lo que el consumismo legitima
y exige. Y que tampoco es compatible con la monstruosa acepción
que se ha venido dando al término "crecimiento".
alreves8@aol.com (AlReves8)
wrote:
Una verdad universal: los 338 supermillonarios del planeta, juntos,
tienen tanto dinero como los 2.400.000.000 mas pobres del planeta, juntos.
Y que mejor fuera el mundo si esto no fuese verdad.
Ramon
Y que mejor seria el mundo si supieramos escribir como la gente.
Inmediatamente comienzo a deshacerme de mi fortuna.
Al Reves, por favor modifica tu conteo:
337 supermillonarios
2,400.000.000 pobres
1 tarado
Inka Kapaz
nuevo conteo
338 hijos de puta
2.400.000.000 tarados
y el resto inteligentes que la van a arreglar en internet
Inka Paz
Carlos Canel Jane Hawes: No tomes el nombre del Inka en vano!
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