VIENA, Fin-De-Siecle
INTRODUCCION
UNA ESTRATEGIA DE TRABAJO
Schorske plantea desde la introducción el uso del
término "moderno" como antitético del término "antiguo" desde el
siglo XVIII. Pero en los últimos cien años lo moderno es un término que se ha
independizado del pasado, volviéndose indiferente a la historia, la cual se habría
tornado inútil.
La transformación histórica obliga, no solo a los
individuos sino también a los grupos sociales, a rever y/o sustituir sistemas de
creencias ya muertos.
Hacia fines del siglo XIX Viena se reveló como
terreno fértil para sostener la cultura a-histórica de nuestro tiempo. Los defensores
del Iluminismo del siglo XX (H. Robinson, Beard, Dewey) veían el progreso histórico como
interdependiente de la razón y la sociedad. Con Marx, el énfasis estuvo en los elementos
de lucha y crisis social. Pero ambas posturas compartían el principio del progreso social
y del empleo de las ideas como medio de estímulo y de explicación de ese progreso.
A partir de Nietzsche, la cultura europea sufre
grandes cambios. Las diferentes categorías elaboradas para definir u orientar cualquier
corriente cultural posterior a Nietzsche, no se prestaban a generalizaciones ni permitían
una integración dialéctica convincente de la historia, como ocurría antes.
A medida que se independizaban del pasado, las
disciplinas académicas se tornaban cada vez más independientes unas de otras ya que
revelaban características estructurales y estilísticas autónomas en el arte, la
literatura, el pensamiento en general.
El historiador debía renunciar, al enfrentar el
problema de la modernidad, a la postulación previa de una categoría general abstracta.
Ahora debía procederse a la búsqueda empírica de pluralidades como condición previa
para encontrar modelos unitarios en la cultura.
En este sentido, la estrategia de Schorske será
incursionar por separado en diferentes ramas de la actividad cultural teniendo en cuenta
la experiencia social en común como base de cohesión de aquellas ramas.
LOS NUEVOS CONCEPTOS FILOSOFICOS: NACE EL
"HOMBRE PSICOLOGICO"
La crisis político-social posterior al New Deal
(1947) trajo cambios también a nivel filosófico. En ese pasaje, uno de los cambios más
extraordinarios fue el que se produjo de Marx a Freud, con lo que se proponía trasladar
la búsqueda de los males de la humanidad no ya en el dominio público y sociológico,
sino en el privado y psicológico.
En Austria los jóvenes se rebelaban no tanto contra
los padres sino contra la autoridad paterna que les había sido legada. Atacaban al
sistema de valores del liberalismo clásico en que habían sido criados, el cual, según
ellos, hacía de su país "un pequeño mundo donde el grande realizaba sus
tests".
El carácter socialmente circunscripto de la élite
cultural vienesa, con su mezcla de provincianismo y cosmopolitismo, tradicionalismo y
modernismo, generó un contexto más cohesionado que en el resto de Europa, lo cual
permite un estudio más coherente del desarrollo intelectual de principios del siglo XX.
Los más refinados escritores de Viena, pintores, psicólogos y hasta historiadores del
arte se preocuparon por el problema de la naturaleza del individuo en una sociedad en
desintegración. Surge una nueva concepción del hombre: del individuo racional que
dominaba científica y moralmente la naturaleza y la sociedad, se pasó a un hombre más
rico, más peligroso e inconstante, el hombre psicológico.
En lo político, el liberalismo austríaco derrotaba
a la aristocracia y al absolutismo barroco en 1848, logrando establecer un régimen
constitucional en 1860. Hacia 1895 surgieron movimientos que se enfrentaron a la
hegemonía liberal impuesta pocos años antes: social-cristianos, pangermánicos
antisemitas, socialistas, nacionalistas eslavos. Surge un gran portavoz, Karl Lueger, con
quien los social-cristianos iniciaron una década de gobierno combinando antisemitismo,
clericalismo y socialismo municipal, generando una sensación de impotencia.
La cultura moral y científica vienesa de esos
tiempos no se diferenciaba del victorianismo: virtuosa, represora, en lo político
dominaba la ley a la que se sometían individuos y sociedades. En la nueva cultura
estética, el burgués no podía ignorar su herencia individualista. Un ejemplo de ello es
el estilo empleado en la prensa, el folletín, cuya característica principal era
que la reacción subjetiva del narrador o crítico de la experiencia, así como los tonos
de su sentimiento eran priorizados sobre el tema del discurso. Se transformaba el
análisis objetivo del mundo en un cultivo subjetivo de sentimientos personales. El
folletinista era narcisista e introvertido, recibía pasivamente la realidad exterior y
sobre todo era muy sensible a los estados psíquicos. Las consecuencias de esta
revolución del pensamiento podrían resumirse como sigue:
- Imperan el narcisismo y la hipertrofia de los sentimientos.
- Se produce un debilitamiento de la racionalidad, la ley moral y el progreso, propios
del liberalismo.
- Las masas se alzan en movimientos.
- El arte pasa de adorno a esencia, de expresión a fuente de valor.
- La herencia estética fue la de una cultura de nervios sensibles, hedonismo inquieto
e incluso franca ansiedad.
LOS LIDERES POLITICOS Y CULTURALES DE LA
EPOCA
Dos figuras importantes de ese período fueron Arthur
Schniltzer (1862-1931), estético y moralista científico, y Hugo von Hofmannsthal
(1874-1929). Ambos enfrentaron el mismo problema, el planteado por la disolución de la
visión liberal clásica del hombre en la moderna política de Austria, reconociendo el
surgimiento del hombre psicológico, aunque desde enfoques diferentes: Schniltzer desde lo
científico-moral y Hofmannsthal desde el arte.
La sociedad austríaca no pudo respetar las
coordenads de orden y progreso caras al liberalismo, y ese mismo movimiento hizo
eclosionar las energías políticas de las masas. Frente al nacionalismo alemán, surge la
autonomía eslava. El laissez-faire de los liberales dio lugar a los narcisistas del
futuro. El catolicismo resurgió con los campesinos y artesanos, para quienes liberalismo
era igual a capitalismo y capitalismo igual a judíos. Por su parte, los judíos volvieron
la espalda a sus antiguos benefactores liberales dando por respuesta el sionismo: la fuga
hacia el hogar nacional.
Los nuevos movimientos de masas antiliberales
surgieron desde abajo para desafiar a la clase media culta, paralizar sus sistema
político y minar su confianza en la estructura racional de la historia.
Dos virtuosos de ese nuevo tono más agudo
fueron Georg von Schonerer (pangermánico) y Karl Lueger (social-cristiano),
inspiradores y modelos políticos de Adolf Hitler.
Theodor Herzl fue quien protegió a las
víctimas de Hitler contra el reinado del terror haciendo su labor desde los folletines.
Los tres esbozaron un concepto de vida y un modo de acción que hicieron importante parte
de la revolución cultural más amplia que se introdujo en el siglo XX.
Schonerer usó la violencia física y atrajo
a su lado a gente colérica: artesanos desesperanzados, estudiantes con espíritu de
rebeldía romántica. El "Caballero de Rosenau", profundamente clase media, Don
Quijote tardío y violento, encontró en artesanos y estudiantes un séquito feudal con el
cual ensayó un farsa brutal que fue ejemplo para Hitler.
Lueger se acercaba a Schonerer en que ambos
eran antiliberales, antisemitas y en que practicaban una política parlamentaria de
desórdenes y turba. Pero mientras Schonerer transformó una política de vieja izquierda
en nueva derecha (nacionalismo democrático en pangermanismo racista), Lueger hizo lo
inverso transformando la vieja derecha en nueva izquierda (catolicismo político
austríaco en socialismo cristiano). Lueger era menos alienado y más tradicional que
Schonerer. Aún en su antisemitismo carecía del rencor, la convicción y la coherencia de
Schonerer. Su frase: "Quien es judío lo determino yo", le permitió neutralizar
el poder explosivo y subversivo del antisemitismo en favor de los intereses de la
monarquía, la Iglesia Católica y el capitalismo que decía combatir. Forjó alianzas
entre aristócratas y demócratas, artesanos y clérigos, limitándose a usar el veneno
racista para atacar a los liberales.
Theodor Herzl, comprometido con la cultura
liberal, intentó salvar sus principales valores. Trató de realizar una utopía liberal
para su pueblo a través de una premisa racionalista, el conocimiento libera, y
otra del deseo, el deseo libera.
Fue un líder natural para las víctimas del
antisemitismo pues encarnaba en su persona el ideal asimilacionista. Hizo un abordaje
creativo de la cuestión judía a la cual llegó no por hostilidad social ni por
oportunismo político, sino por frustración personal y por desesperación estética. Su
idea era resolver el problema liberal a través de un nuevo estado judío, y resolver el
problema judío a través de un Estado liberal.
Se dedicó a escribir folletines, ese tipo de
narración naturalista exigido por una cultura positivista, pero desde una perspectiva
altamente personal. Esta tarea lo llevó a Francia donde, luego de cuatro años de
observación íntima de la vida socio-política francesa, se transformó de esteta en
liberal interesado, de liberal en judío y de judío en sionista.
Hacia 1893 vio la victoria de la demagogia sobre la
solidez y el sentido político. Como otros intelectuales sin fe en un electorado no
esclarecido, empezó a considerar al pueblo como "masa". Veía que los judíos
no tenían otra alternativa más que el socialismo.
En su transformación, Herzl rechazó una
concepción positivista del progreso histórico en favor de la pura energía psíquica
como la fuerza motriz de la historia. Volvía a su mente la fórmula de Hofmannsthal: "Política
es magia. Quien sabe invocar las fuerzas de las profundidades, a aquel seguirán".
EL PSICOANALISIS EN SU CONTEXTO HISTORICO
En el año 1902, el descifrador de enigmas que
encontró la llave de la condición humana en la historia de Edipo, un todavía
desconocido Dr. Freud, fue designado profesor adjunto en la Universidad de Viena.
Comunicó su nombramiento a un amigo con una parodia periodística de tinte político:
"El entusiasmo del público es inmenso. Llueven
felicitaciones y ramos de flores, como si el papel de la sexualidad hubiese sido
repentinamente reconocido por Su Majestad, la interpretación de los sueños ratificada
por el Consejo de Ministros y la necesidad de la terapia psicoanalítica de la histeria
aprobada por mayoría de dos tercios en el Parlamento".
Su cátedra se mostró ambigua: por un lado fue una
victoria de su sentido común; por el otro parecía una capitulación a la autoridad
odiada. "Aprendí que el viejo mundo está gobernado por la autoridad, de la misma
forma que el nuevo está gobernado por el dólar. Me flexioné por primera vez a la
autoridad", dijo Freud.
En cierta forma, para su conciencia su promoción
era un delito moral. Detrás de esas reacciones contradictorias se encontraba la lucha de
toda la vida de Freud contra la realidad socio-política de Austria: como científico y
judío, como ciudadano e hijo. En "La interpretación de los sueños" Freud hace
una exposición completa y personal de esa lucha interna y externa, y al mismo tiempo la
supera al elaborar una interpretación de la experiencia humana donde la política podía
reducirse a una manifestación epifenoménica de fuerzas psíquicas.
Freud vivió una gran crisis en la década de 1890.
Deseando ser investigador científico, fue obligado por su pobreza a seguir la carrera de
medicina. Si bien en 1885 ganó una beca para estudiar en París, fue designado para el
hospital de la Universidad donde podía investigar y más adelante ingresó al hospital
infantil de Viena, no encontraba en todo ello oportunidades que le dieran el prestigio que
tanto ambicionaba. Lo que más lo mortificó por aquellos años fue no conseguir una
cátedra. Su larga espera (diecisiete años en total cuando la regla en la Facultad de
Medicina eran ocho años), su aislamiento intelectual, la frustración profesional y el
malestar social se conjugaron en lo que aparentaba ser un fracaso académico.
Por formación familiar, convicción y filiación
étnica, Freud pertenecía al grupo más amenazado por las nuevas fuerzas antisemitas. Las
promociones académicas de judíos en la Facultad de Medicina se hicieron más difíciles
después de la crisis de 1897. En ese mismo año Freud se afilió a la hermandad judía
B'nai B'rith como un refugio cómodo donde era aceptado sin preguntas como individuo y
respetado sin provocaciones como científico.
El medio que Freud recreó en su autoanálisis es el
del liberalismo recién victorioso de 1860. En ese contexto adquirió los valores
políticos que lo acompañarían toda la vida: admiración por el Napoleón conquistador
de la Europa Central atrasada, desdén por la realeza y la aristocracia, admiración por
Inglaterra (en especial por Oliver Cromwell) y por sobre todo, hostilidad contra la
religión, especialmente la Apostólica Romana.
Como la mayoría de los austríacos cultos de su
generación, Freud estaba embebido de cultura clásica y gustaba mucho de la arqueología
a la que aprendió a amar de la mano del profesor Emanuel Lowy: "El me mantiene de
pie hasta las tres de la mañana", le escribió a Fliess, "...háblame de
Roma".
Tiempo después descubrió que Roma tenía para él
un carácter de síntoma neurótico, apareciendo el tema en sueños que analizó a lo
largo de varios años.
En agosto de 1898 tuvo el "sueño
revolucionario" donde pronuncia su teoría política madura, cuyo principio central
es que toda la política es reductible al conflicto originario entre padre e hijo. El
parricidio sustituía al regicidio; el psicoanálisis sobrepasaba a la historia.
El descubrimiento brillante, solitario y doloroso
del psicoanálisis fue una victoria contrapolítica de enorme grandeza. Al reducir su
propio pasado y su presente político a un estatuto epifenoménico en relación al
conflicto originario entre padre e hijo, Freud dio a los liberales una teoría
a-histórica del hombre y de la sociedad que haría soportable un mundo político que
giraba sin control.