La madre de Freud era una mujer cariñosa, enérgica y dominante, que tuvo una influencia decisiva en su vida. Era originaria de Brody, ciudad situada en el imperio Austro-húngaro en la frontera con Polonia. Se casó con Jakob a la edad de diecinueve años, cuando su esposo contaba ya cuarenta. La madre de Freud, era una mujer joven y bella . Martin, el hijo de Freud, la recuerda como "una típica judía polaca, con todas las deficiencias que ello supone. No era en modo alguno lo que nosotros llamaríamos "una dama"; tenía un temperamento enérgico y era impaciente, obstinada, de ingenio agudo y sumamente inteligente". Judith Bernays, sobrina de Freud que vivió mucho tiempo con su abuela materna, escribió: "Amalia Freud imponía su voluntad en cuestiones pequeñas y grandes, era temperamental, enérgica, inflexible, orgullosa de su aspecto casi hasta su muerte a los noventa y cinco años, eficiente, competente y ególatra. Se mostraba encantadora y sonriente cuando había extraños, pero yo, por lo menos, siempre sentí que con los íntimos era una déspota, y una déspota egoísta". Consolidó su poder en la familia porque no solía quejarse, ni en las penurias sufridas antes y después de la Primera Guerra, ni cuando la vejez comenzó a doblegarla. Rendía culto sin tapujos a su primogénito, a quien llamaba "mi dorado Siggi". Era difícil sustraerse a su presencia, incluso después del autoanálisis más completo. En algunas cartas, Freud habla del alivio que sintió a la muerte de su madre, a cuyo funeral no concurrió y a quien sobrevivió por sólo nueve años, diciendo que ahora él también se sentía libre para morir ya que ella no vivía para sufrir su pérdida. Freud escribió mucho más sobre su padre que sobre su madre, presumiblemente debido a lo que era culturalmente aceptado en su época o a que ella estuvo viva durante la mayor parte de su propia existencia. (11 Bb, 22 Bb)