15 de mayo de 1998 Brecha 19

encuentro y repetición


Juventud, ¿divino tesoro?

Desde hace poco, las cifras de suicidios en Uruguay se han convertido en voz de alarma.* Hay tres intentos y uno consumado a diario.

MARY VIDELA

Uno de los porcentajes más altos comprende a la población de más de sesenta y cinco años, quienes se suicidan por la ingesta -ingente- de medicamentos a la que tan característicamente se someten. Hecho que en realidad no constituye una novedad porque así como la industria química prospera en el mundo (y como toda empresa, vorazmente necesitada de consumidores), también prosperan los gerontocomios -más conocidos por el eufemismo de "casas de salud"-, miserables paliativos para la soledad de ancianos a quienes el capitalismo no les encuentra utilidad.
Pero lo más interesante ahora es que haya un elevadísimo porcentaje de suicidas entre adolescentes que no sobrepasan los catorce años. Tema que tampoco debería ser noticia, puesto que son varios los momentos de la historia en que los suicidios de jóvenes han alcanzado cierta boga. Una oleada conocida tuvo lugar en el siglo XVIII de la mano de Werther, el célebre personaje de Goethe. Reflexionando sobre los hechos, el autor decía en "Poesía y Verdad": "en tal ambiente, atormentados por pasiones no satisfechas, sin que de afuera se nos estimulara a realizar acciones de importancia, sin otra perspectiva que la de llevar una vida burguesa, morosa y sin espíritu, nos aveníamos, insolentes y malhumorados, con el pensamiento de abandonar a nuestro arbitrio la vida cuando ésta ya no nos satisfaciese, lo que servía de débil recurso contra las lúgubres visiones y el hastío de la vida cotidiana." Parecen las palabras de un joven de hoy, pero tienen más de doscientos años. Si de las motivaciones inconscientes Goethe puede decir poco (como por otra parte le sucede en general a los sujetos), dice más respecto de lo social: aburguesamiento, falta de estímulos, hastío, inactividad, males que parecen endémicos en nuestras ciudades.
En otro momento de la historia, abril de 1910, Freud participó de un debate presentando unas reflexiones a propósito de la muerte de un alumno en una escuela vienesa. Se sospechaba que había sido suicidio. Como era habitual en Freud, sus expresiones fueron de singular dureza: atribuía a la propia escuela la mayor parte de la responsabilidad en el hecho, e interpretaba que "la escuela media es, para

sus educandos, el sustituto de los traumas que los demás adolescentes encuentran en otras condiciones de vida. (…) la escuela media tiene que conseguir algo más que no empujar a sus alumnos al suicidio; debe instilarles el goce de vivir y proporcionarles apoyo, en una edad en que por las condiciones de su desarrollo se ven precisados a aflojar sus lazos con la casa paterna y la familia. Me parece indiscutible que no lo hace y que en muchos puntos no está a la altura de su misión de brindar un sustituto de la familia y despertar interés por la vida de afuera, del mundo." Por discutibles que sean las puntualizaciones de Freud e incluso las de Goethe, resulta de la mayor importancia rescatar los elementos que tienen en común y que apuntan directamente a las causas del problema: el joven, para ser feliz o sentirse mínimamente realizado, necesita ser protagonista de la vida, actuar en ella. Nunca del modo que nuestra cómoda burguesía propone, a saber, con autitos importados, con motos de agua, con cine de ultra-violencia, con drogas, con cajeros automáticos, o convirtiéndose en empresas unipersonales o en micro-empresas que reducen a los sujetos a no ser más que un libro con entradas y salidas de dinero. Una persona es mucho más que eso. La sociedad capitalista actual solo nos muestra un restringido panorama de lo que es vivir , señalando sin piedad los límites dentro de los cuales moverse, construyendo a cada paso hombres unidimensionales. ¿Cómo desarrollar en estas condiciones un interés por la vida de afuera, por el mundo, distinto de lo que socialmente se reclama, que podría resumirse en "tener éxito y mucho dinero en el bolsillo"?. Se sabe que pagando altos costos personales y sociales se puede ser muy exitoso. Pero esto no alcanza como respuesta, puesto que muchos jóvenes con éxito se suicidan.
Si los esfuerzos de la educación por desarrollar el interés de los jóvenes por alguna cosa se encuentran con tan rotundos fracasos, hay que ir a buscar las causas en la familia. No otro sino el padre es quien puede mostrar a su hijo el mundo exterior, en tanto es el único capaz de separarlo del amor voraz de la madre. Esta función que el psicoanálisis denomina castración, función de corte, es la que permite establecer que el deseo de la madre es por su esposo y no por su hijo, abriéndose a partir de allí una promesa que el hijo satisfará fuera del hogar. Desafortunadamente, las cosas casi nunca ocurren así.
RESPONSABILIDADES REPARTIDAS. Asistimos a una época de mujeres superpotentes, madres solteras que reivindican su derecho a la "producción personal", ya con el acuerdo de su circunstancial pareja, ya por inseminación artificial, pronto por clonación como propone un médico norteamericano. Dos cosas deberían llamar la atención: que quienes desean clones son las

mujeres, y que habría que hacerse la pregunta de qué sucedería si los hombres negaran su contribución a los bancos de esperma.
De esa manera, junto a estas mujeres no puede haber más que padres humillados, relegados a la mera función de sementales, ajenos al deseo de su mujer quien solo encuentra completud -y por ello, felicidad- en el hijo, sin necesitar la presencia de un hombre a su lado.
Si el sexo masculino ha erradicado el NO de su vocabulario, si cambia con facilidad la responsabilidad de padre por la de amante o compañero eventual, si cede ante un deseo unilateral, si no se pregunta por su deseo propio, que no espere hijos felices o psíquicamente sanos.
El perverso personaje de Malcom Mac Dowell en "Naranja Mecánica" es un sujeto sin salida frente al deseo de la madre y la indignidad que muestra el padre. El patético Alex no tiene padres, tiene unos queridos "M" y "P", como él los llama. ¿No habría que ver en la intolerable inmadurez, en la debilidad moral de esos "mayores" una de las principales causas de la rabia y la violencia de Alex?. Más de veinte años después de la película de Kubrick, otra vez el cine inglés nos muestra el signo de estos tiempos con esa pequeña obra de arte que es la muy conocida "Trainspotting". Hoy seguimos asistiendo al lastimoso espectáculo de jóvenes que son padres de sus padres, ahogando en droga un grito: ¡Sé un padre!, ¡Sé un adulto!, ¡Mostrame un camino!.
Kurt Cobain, el líder de Nirvana, se fue de la vida dejando el enigmático indicio de un secreto que nadie nunca sabría. Pero su arte fue más explícito: "Trabajé duro para tener un padre, y sólo conseguí un Papi", dice en una de sus canciones.
El deseo es el motor de la vida psíquica. Pero nuestra juventud -ni divina ni tesoro- es terrena, es pobre y está enajenada de su deseo. Sobrevive como puede entre cucharada y cucharada de la sopa de mamá, mientras el papi hace zapping entre la NBA, el ATP Tour, la copa UEFA, la AUF, la AFA y la Peluquería de Don Mateo.
Casi la misma situación que describía Goethe, entonces ¿por qué no actuar como Werther?.

* Véase informe en BRECHA, 6-III-97, págs. 13-17

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