29 de enero de 1999 Brecha 15

encuentro y repetición


Montevideo, ciudad alarmada

PSICOANALISTA MARY VIDELA 

Es más que interesante la polisemia del término alarma, sobre todo cuando es la palabra más usada por los montevideanos.
Actualmente -no debía ser así antes- su mención evoca de inmediato la alarma del auto o la de bienes inmuebles. El diccionario define a esta palabra como
"aparato o mecanismo eléctrico de seguridad, que en determinadas circunstancias y mediante contactos especiales, da aviso o señal perceptible, poniendo en actividad automáticamente sirenas, timbres, dispositivos luminosos, etcétera".
Los ciudadanos se expresan haciendo sonar una cada cinco minutos más o menos; dado que son todas iguales, son muchos los que se ponen nerviosos cuando escuchan sonar un auto. Consecuencia: se generaliza el
alarmismo.
Pero hay otra acepción mucho más delicada del término. Alarma
proviene de ¡al arma! que es "aviso, grito o señal que se da en un ejército o plaza para que se disponga de inmediato a la defensa o al combate". El diccionario dice que se trata de tomar las armas para defender algo: las personas pueden batirse a tiros por una casa, un auto, unos electrodomésticos. Queda claro que no se usan alarmas para prevenir que las personas sean raptadas, robadas, ultrajadas, torturadas. Estos son hechos de los que siempre nos enteramos después, cuando poco o nada puede hacerse para evitarlo. La alarma sólo avisa que un objeto corre peligro de algún tipo.
La seguridad pública está hoy en debate, la gente se siente poco protegida, está
alarmada. Por si las alarmas no brindaran suficiente seguridad, los montevideanos disponen de cada vez más armerías donde elegir el medio que mejor le disponga a la defensa…o al combate.
El ser humano es influenciable. La inmadurez, característica de sus primeros años de vida, le hace totalmente dependiente del otro. El otro le muestra, le enseña, le influye. El psicoanálisis dice que el conocimiento humano es esencialmente paranoico porque está siempre en relación a otro, le viene desde afuera. Es fácil ver que ese otro que enseña también persigue. Provoca horror que un joven de catorce años mate a sus padres (EUA, 1998), o que otro balee por la espalda a un compañero con el que no se llevaba bien (Montevideo, 1998). No provoca horror lo mal que le fueron trasmitidos ciertos códigos a esos jóvenes, la ausencia de juicio sobre sus actos, la incapacidad de evaluar sus consecuencias.
El ser humano no es tal sino en relación a los demás, está sujeto a ellos aunque no lo sepa conscientemente. Quiere decir que la forma como le llegan los mensajes

(contradictorios la mayoría de las veces), la influencia que tienen sobre él, son hechos que ocurren a nivel inconsciente pero -salvedad nada menor- sólo hasta que se toma la decisión por lo contrario. La sensibilidad no viene en los genes, hay que aprenderla. Es un imperativo ético detenerse ante lo que provoca angustia porque el cerebro no admite el zapping que permite la televisión cuando un programa no gusta.
Justamente por ello, para quienes se dicen
escuela, no está permitida de ninguna forma la inconsciencia.
La televisión es la nueva escuela, dice Giovanni Sartori y todos le escuchan. ¿Escuchan realmente?. El martes 8 canal 12 emitía en una misma tanda dos mensajes totalmente contradictorios. Separados por el aviso de algún refresco, anunciaban un programa de "los más escalofriantes tiroteos de la policía" (un
Top Cops a los que nos tiene acostumbrados la televisión americana pero mucho más violento) y otro sobre "los más increíbles rescates de animales". No se sabe cuál es el objetivo del canal -aparte de vender muy caro su espacio publicitario, que no importa si va dentro de una telenovela o de una masacre en la selva colombiana-, ya que nunca juzga sobre ninguna cosa de su programación. Oficia de Pilatos, porque como "el cliente siempre tiene razón" y la tele sólo ofrece "lo que el cliente demanda", si quieren sangre hay sangre, y si quieren rosas también. El zapping de la angustia banaliza la violencia y a partir de ahí cualquier cosa da lo mismo.
La televisión americana fabrica por toneladas ese tipo de programas, espurias escuelas de la heroicidad que no cumplen su objetivo: hay más armas ilegales en el mercado, los portadores son cada vez más jóvenes, los crímenes son de una violencia inusitada, los índices de criminalidad son más altos. Si la Policía tiene algo que aprender del estilo estadounidense, se puede objetar, que esas películas las vea la Policía. Porque si un niño aprende a discar el 911 (que acá es distinto, hay que decirlo), sabemos que hay otro que aprende qué efectivas son las armas automáticas.
El saber no ocupa lugar, dicen. Pero el lugar, que no es otro que el cerebro, debe estar mínimamente ordenado y maduro para juzgar. Eso depende de la primera escuela, la más importante de todas -¿es necesario decir cuál es?-, que también puede enseñar a apagar la tele, una escuelita muy veleidosa para ser confiable.
Es al adulto a quien le toca decidir, si puede: ¿prefiere ser un sujeto responsable por usted y por los otros, aunque sean de otra especie; o le gusta más ser un vaquero del lejano oeste, de gatillo fácil y nervios a flor de piel?. Las opciones son excluyentes.
prev.gif (221 bytes)

gc_icon.gif (2851 bytes) Free Home Page

1