VERANEO
Tú en la casa copada, yo en una carpa en el patio
y la sagrada familia sospechándome maricón
tal vez por la costumbre -único bien heredado de mi padre-
cruzar las piernas protegiendo el sexo, con un brazo encima
como si fuera a recibir un golpe bajo
Y aquí estamos:
“quiero llegar tostadita a Santiago"
poniéndote pomadas en el cuerpo,
haciéndote el amor con cuidado de tus quemaduras.
En los pasatiempos veraniegos
la sagrada familia parece absolverme: los triunfos sistemáticos
algo cosechan de resentimiento y respeto. Por mi parte
lavo los platos como un bendito caballero
y fumo el bossanova crepuscular como tu cuerpo
mirando el bikini gotear en el cordel.
HECTOR FIGUEROA MIRANDO LAS ESTRELLAS
Trabajo como una persona sola
Como el chino y el pobre que soy
Como si quisiera surgir.
Compro CD's de Jazz, la revista madrileña Co & Co,
Libros de Anagrama, Visor e Hiperión.
Leo a poetas tan mal editados como mal nacidos
Que van al grano como las prostitutas al dinero:
Versos cortopunzantes que empiezan generalmente con
mayúscula
Para que se sienta el martillazo
Y camuflar la prosa pura.
Mi casa es una taberna que recibe a toda clase de amigos:
Hijos de puta que consumen mi tiempo, mis libros
Y el trago que le da sentido
A mi vida sin sentido de cartero.
A veces viene la mujer araña
A encarnarse conmigo durante días de ausencia laboral.
Me hace café, me da comida,
Limpia el baño de quinta de recreo
Y me deja vacío
Fumando, mirando las estrellas.
(3) EL FLAMENCO (REMANSO)
En el alcázar más alto, en una casa esquina
o en una embarcación
posa, cual veleta fija,
nuestra ave.
Hace equilibrio para comprobar su lucidez, observa
cual Rodrigo de Triana que no grita tierra
ante la promesa, la ilusión, en un mar liso
bajo un cielo sin nubes y sin viento:
así está la ciudad: quieta,
pero nada es eterno
excepto un flamenco en un alcázar;
cualquier brisa brusca podría desbaratarlo
o doblarle las rodillas (ante lo cual
tal vez vuele de vergüenza abandonándonos
o tal vez tambalee y choque y muera;
no habría rey entonces,
equilibrio, alcázar
ni visión de tierra firme).
Sus patas agregan altura a la altura del alcázar
desde el cual mira con indiferencia a dios
y con indiferencia a veces imagina
la posibilidad de amor en el ocaso;
ha de llegar, tal vez, el amor, desde aquella
dirección infrarrojo a la que mira imperturbable.
El tono blanquirrosa de sus plumas
añora mimetizarse con el crepúsculo;
su sangre añora disolverse, desaparecer,
morir ahí.
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