BOSQUEJO
Me pregunto a ratos, cuando el ocio hace divagar sobre lo inútil
si el dibujar caballos me traerá ventura.
O bosquejos discretos en blanco y negro con el pudor de quien teme
errar el trazo
imitando a Rugendas y a sus huasos de manta y sombrero de fieltro
sin insinuar los ojos más que con dos pozas de barro, la boca
con un pez.
Ser breve a la hora de usar la tinta
(se escurre como el humo al pincel inexperto)
hacer el trazo tardo como un arado antiguo
de la época en que el jilguero se hallaba más que el
gorrión francés y los segundos se contaban de a dos, los
cuentos al revés.
Dejar vibrar la tinta con sus armónicos sonando
aun húmeda, volviendo a untar de negro la pluma del ganso.
Y por qué no dibujar al ganso corriendo a medio volar
con el cuello rígido como quien blandiera una vara y su pico
mandarina:
mejor que cualquier dogo guardián o amuleto para la ventura.
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LA CAZA DEL DESDENTADO
Cuando el cogote es de una presa astuta
y ya no es pura dermis
sino un sinfín de finas capas que alternan grasa tendón
y carne cual anillos repitiendo en la madera
por más que se prense la quijada como haría un alicate
o un alacrán su púa sobre el tórax de la araña:
pocas mordeduras aseguran buena caza
No bastan veintiocho incisivos o colmillos limados con piedra de toque
ni sobran ungüentos que alivien la encía
si los dientes no son más que un queso horadado
si una arenilla envuelve la baba como el polen la de un abejorro
Entonces uno a uno de dos en tres caen blancos dados sobre la lengua
y se escupe a la buena suerte cual vía de probar fortuna
pues no hay ratones de larga o corta cola
ni suficientes en Hamelín
que den abasto a tanto diente aguardando el oro bajo la almohada.
RITMO
Qué mal puede haber en seguir con los pies el ritmo de
las cosas, en familiarisarse con las goteras, en afinar el pulso: qué
mal habrá en hacer del ruido compás o del pestañeo
pandereta.
Como cuando el sorber la sopa hizo bailar al mediodía
que apuró el paso de puro gusto. Se hizo tarde temprano y los ciudadanos
desconcertados dormimos más que nunca.
Como cuando los gatos hicieron crujir las tejas con ires y venires,
al ritmo con que el durmiente se abre a la ceguera, con vocabulario de
timbal.
Ahora un zarpazo a destiempo rasga el labio de la noche. Y cuento
una, dos, tres sonrisas que caen.
Los gatos saltan del techo a su madriguera mientras la noche se lame
la herida, los gatos sus uñas.
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SIGUIENDO CON LAS METAMORFOSIS, AHORA LA DE UN GALLO
Intentaré relatarles lo que oí oculto en un barril de
manzanas
lo mismo que un ratón a la espera que los piratas tramen un
motín o que una criada barra la sala sin notar mi madriguera.
Contarles sobre cierto gallo embalsamado que causara estragos en la
cañada
casa donde los licores saben a cobre
y las viudas encantan viajantes con trabalenguas y barajas marcadas.
Sucedió que tras un chasquear de yemas
(dedos de quien nunca se supo)
batió el ave sus alas de paja, sus ojos hueros como bolas de
vidrio
ante el pasmo de mancebas, solterones que la suerte hizo que pagasen
por ser queridos.
De este modo, haciendo gala a Don Edgardo
o a esos cuentos de arrieros sobre jotes, cuervos y demás aves
profanas
¡No se posa el gallo en un desgraciado a quien desmocha la mollera
picoteándole la dermis como si fuese maíz!
(el resto lo suponen conocido: gritos, cacareos; él que se cubre
sus ojos, el gallo que le hiere los nudillos).
Y ya cuando la escena rayaba en el delirio
como desactivando el sortilegio
un segundo chasquido hace detener el revoloteo:
cae el pájaro cual momia sobre las rodillas de quien fuera su
presa, mientras los comensales huyen a escudarse bajo un canelo bendito.
Breve poemario o entelequias atribuibles a Juan Cristóbal
Romero de su posiblemente denominado MARULLA |