Permítanme ustedes retroceder. No decir. No agregar un testimonio en que se exponga -como se expone un argumento o como se expone al indefenso- lo que ha sido para mí la experiencia de la poesía. No quisiera correr el velo. El ejercicio del amor me llama a la cautela. Y, creo, se debe respeto y pudor a quien se ama. Más aún si no se está seguro en ser correspondido. Por lo demás, la Poesía siempre testimonia. Y se escriben los poemas, creo, con una confianza básica, elemental, en su carácter necesario, en la creencia de que ellos sintetizan -en la lengua- la verdad y la belleza. ¿Para qué, entonces, formular una poética? ¿Si la Poesía contiene una Verdad autoevidente, para qué añadir palabras que sólo satisfacen la vanidad de quien se pone fácilmente del lado de la belleza ante un mundo enajenado, la vanidad de quien se aparta de la humanidad construyendo una mística privada, la vanidad de quien se aleja de su propia precariedad con disquisiciones exquisitamente literarias? La Eternidad, esa excusa de nuestros ejercicios no deja de ser una idea casi banal si se la contrasta con la crudeza de la vida cotidiana, de la prensa y de la fiesta sacrificial en que se consume nuestra sociedad. ¿Qué nos queda entonces? ¿Aceptar el dictum de Wilde: "Todo arte es completamente inútil"? Nadie que se haya dedicado con mínima pasión al oficio poético podría aceptar, de buenas a primeras, tamaña afirmación sin sentirse menoscabado en lo más propio. Sería irresponsable, además, desviar al arte de su potencial emancipador con excusas de futilidad. La Poesía se debe a la Belleza. Y basta ver el mundo degradado en que vivimos para comprender -por defecto- la utilidad de la Belleza. Una sociedad bella no ampara dictaduras ni se niega a la memoria. Es tan triste el Chile que vivimos. No tengo una respuesta inmediata a estas desordenadas preguntas. Pero creo que mi poesía nace de ellas, de esa experiencia amorosa con el habla, la cual me muestra una verdad que sólo puedo cautelar con el silencio. No creo que la poesía -como lo creyó Neruda- pueda ni deba exhortar al público para salir de la miseria. Y tampoco creo -como cree el más crudo realismo- que ella deba defenderse de la violencia deviniendo en una representación literaria de la violencia o en su representación trivializada: el artefacto. La tarea de la Poesía es la belleza. La preocupación del Poeta es la belleza. Un crítico me ha acusado de "pretencioso" por no distraer mi joven poesía con las ocupaciones de los jóvenes: los romances de verano, las emociones puberales, el zaping cotidiano. (El zaping, qué triste jerga la nuestra.) Me acusa de ser prematuramente serio por tensionar mi poesía con los temas de los que les vengo hablando, me acusa de entrar sin consentimiento en un terreno que nuestra "cultura democrática" veda para los mayores de 40, y que otros -que se presumen dueños del porvenir de la nación- niegan incluso hasta los viejos. Debo advertirles, entonces, que no sostengo la idea de que la juventud tenga temas pertinentes. Ella sabe tanto de la libertad y de la falta de la libertad como ese crítico. Ella adolece de la misma impotencia que muestra hoy el resto de la sociedad. No veo mérito ni desmérito al hecho de ser joven, exceptuando que creemos -los jóvenes- tener un poco más de tiempo. A veces incluso descreo de la palabra juventud. Sin embargo, quienes prohiben a la juventud hablar a secas de los problemas fundamentales de la experiencia humana están del mismo lado de quienes administran su entusiasmo con presumidos suplementos literarios. Ese crítico que me llama "pretencioso para mi edad" con la voz de la autoridad y la experiencia pretende impedirme envejecer. Sin embargo, nada me distraerá de mis asuntos, de la urgencia que traen consigo -siempre- el decir y las palabras. |