PALABRAS A UN ARTISTA DIFUNTO
Dar vueltas y vueltas. Solo. Una playa vacía. Una canción
de Serrat dice:
«Hoy puede ser un buen día;
plantéatelo así...»
Pero no hay planteamiento que valga. Hoy me acordé de tí,
Adolfo. Adolfo Couve. Artista: pintor, escritor. Trágica muerte
de un lobo solitario. Estoy seguro de que no te mató ni una cuerda
aferrándose a tu cuello, ni tus venas abiertas derramando sangre
en agua caliente, ni una bala abriéndote la cabeza, ni el horrible
estruendo de la pistola al dispararse. No. Nada de eso. Hacía tiempo
que venías muriendo cada día. Subiendo y bajando las que
algún día fueron esplendorosas calles de Cartagena. Ahora
pintura a medio descascarar y hordas de gente en la época estival.
Pescado frito, vino blanco, más vino blanco, muchísimo vino
blanco. Pueblo. Muchedumbre. Gente. Mucha gente. Y arriba, sobre el mar:
el artista solo. Con un océano por ventana y un continente desconocido
por puerta. Demasiado solo para un artista. Una lucha horrible en tu interior.
Tu obra aquí. Con nosotros. Es cierto, todos somos solos. siempre
solos. Leemos para creer que estamos menos solos, pero ni modo. Ahí
está: no importa que en verano Cartagena se replete de gente, pescado
frito y garrafas de vino blanco. La pintura a medio descascarar sigue ahí.
Bueno, Adolfo. Aquí se queda tu pintura , tus libros de aquí
para allá. Es cierto: la muerte estaba demasiado dentro de tu obra.
Te mató tu obra. Te mató la insoportable soledad que el artista
trae consigo.
Adolfo: tus atriles los convertiré en barco, navegaré
por tu pintura, como si el arte fuera una comedia y naufragaré ahí,
justo donde tú naufragaste: en el enorme océano que tenías
por ventana.
Hasta la vista.
Un abrazo.
Clemente Dougnac
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