Mi hermosa y delicada Elisabeth, me ha pedido que le explique el porqué1 usted se ha enamorado de su psicoanalista, con alegría he aceptado la difícil misión de explicar un fenómeno complejo y atractivo como el volar de las golondrinas que pudimos contemplar el otro día mientras dábamos un paseo vespertino por el parque de las esculturas. Constantemente se desprenden átomos de nuestro cuerpo, átomos que son atraídos por elementos de opuesta carga eléctrica que circulan a nuestro alrededor. Así como en la tierra predominan las cargas positivas2 y en el cielo las negativas (lo que permite la manifestación del relámpago), algo similar ocurre en la relación entre cada uno de nosotros y las demás personas. También hay átomos que ingresan a nuestro organismo, que lo conforman y van modelando. A medida que nos ponemos viejos –justamente por esto- menos átomos ingresan a nuestro organismo, el que en un momento comienza a desprender sus últimos átomos sutiles: los átomos del alma en la última expiración (elan vital). El alma -la psyché- es como una estrella interior que quema estos átomos para producir luz y calor a nuestro cuerpo: los pensamientos son luz y los sentimientos el calor producto de esta fundición de átomos. El alma y el cuerpo no están compuestos de distintos elementos, sino de distinta sutileza o aspereza de los mismos átomos. Los átomos sutiles –por los que está compuesto el alma y los dioses- al rosarse provocan música y placer; los átomos ganchudos en su choque provocan dolor, al enredarse entre sí. Elisabeth, en usted ha operado el signo de todos los tiempos, la operación por excelencia del alma, la que permite la mantención y creación de nueva vida: el amor. Sin embargo, ha sido un amor especial, un amor que es llamado “amor de transferencia”. Todos sabemos o intuimos desde pequeños los infinitos significados del fonema amor. La transferencia es un término o concepto3 clínico que proviene de la matemática. La matemática es la disciplina -o ciencia como prefieras llamarla- más falsa y que no significa nada; por eso los términos matemáticos, porque no significan nada y son absolutas abstracciones, es por lo cual podemos atribuirle los significados que nosotros queramos. La transferencia es el intercambio de átomos entre dos seres4 y el amor ese movimiento. El amor que se produce en la relación psicoanalítica: el amor de transferencia, cumple con los mismos sentimientos y simulacros que el enamoramiento: el corazón nos palpita, nos entregamos al misterio de lo inmanente, queremos estar cerca de la persona a la que creemos amar, percibir su aroma y oír el tono de su voz. Pero hay algo que distingue a este fenómeno como una representación, un simulacro, un reflejo en negativo de la preciosa visita de Eros. No se origina en ese componente de azar que rige al AMOR natural e indivisible (inanalizable), sino que es una situación provocada y prolongada por causas de cercanía y confianza depositada en el psicoanalista, al cual se acude precisamente por la necesidad de cambiar, cambiar algo que precisamente suele ser la incapacidad de amar. El amor de transferencia, que no es un pseudoamor sino un amor particular producto de la relación dada, es fuerte y abraza con sus lenguas de agua y fuego tanto a la persona que acude a terapia como al que la practica. La operación importantísima que da un carácter sagrado al trabajo de la psicoanálisis y de la cual prácticamente depende el éxito de tal, es el demostrar el espejismo y la frustración que el amor a menudo implica: situación frustante en lo inmediato para las pasiones desatadas, pero oportunidad única para desarrollar la facultad de amar y comprender las propias actitudes que han impedido tal ejecución. Desde aquí podemos observar todas las proyecciones e identificaciones5 que se presentan en el amor, y los posibles motivos por los cuales no se han desplegado en toda su majestuosidad las velas de este navío. Desde aquí podemos observar el reflejo invertido del funcionamiento amoroso, comprendiendo y levantando las resistencias que han impedido entregarse en total y absoluta libertad a la locura azarosa del amor. La interpretación, el análisis y el cierre de este simulacro, puede permitir el vuelo de la facultad de amar en la vida cotidiana plena de azar, y no situada convencionalmente como en la psicoanálisis. Sin embargo, la psicoanálisis como toda actividad humana –y quizá universal- está regida y entregada al clinamen, que no es otra cosa que la desviación provocada por el azar, y que actúa a una velocidad más rápida que el pensamiento6 . Por lo que los resultados del amor de transferencia en la terapia no son –nada lo es- completamente predecibles. Que las altas estrellas la acompañen. Suyo,
1 El porqué siempre escapa a nuestra comprensión –debido al clinamen, fenómeno omnipresente en la naturaleza, que pronto explicaré-, sólo tenemos acceso al análisis del cómo. 2 Que las cargas sean denominadas positivas o negativas es sólo una convención. 3 Una "palabra-valija" como diría el filósofo Gilles Deleuze. Una "palabra-maleta" (Lewis Carroll). Una "maletera" (Julián Rios). 4 entre dos personas, entre dos estrellas, entre una flor y un fruto, entre el tiempo y el espacio, etcétera. 5 Prometo en una próxima carta explicarle acerca de qué son las proyecciones e identificaciones. 6 Los atomos se mueven a la velocidad del pensamiento.
(Epicuro).
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