“La obsesión de la cosecha y la indiferencia por la historia son los dos extremos de mi arco”. Si el tiempo de la historia no esta hecho con el tiempo de la cosecha, la historia no es, en efecto, sino una sombra fugaz y cruel en la que ya no interviene el hombre. Quien se entrega a esta historia no se entrega a nada y, a su vez, no es nada. Pero quien se entrega al tiempo de su vida, a la casa que defiende, a la dignidad de los vivos, se entrega a la tierra, y recibe de ella la cosecha que siembra y alimenta de nuevo. Finalmente, hacen que avance la historia quienes saben revelarse también contra ella en el momento deseado. Esto supone una tensión interminable y la serenidad crispada de que habla el mismo poeta. Pero la verdadera vida esta presente en el centro de este desgarramiento. Es este desgarramiento mismo, el espíritu que se cierne sobre los volcanes de luz, la locura de la equidad, la intransigencia extenuante de la mesura. Lo que resuena para nosotros en los confines de esta larga aventura rebelde no son formulas de optimismo, que no tenemos sino que fabricar en lo mas extremado de nuestra desdicha, sino palabras de coraje y de inteligencia que, cerca del mar, son también virtud. Ninguna sabiduría puede pretender dar más actualmente. La rebelión choca incansablemente contra el mal, a partir del cual solo le queda tomar un nuevo impulso. El hombre puede dominar en sí mismo todo lo que debe serlo. Debe reparar en la creación todo lo que puede serlo. La rebelión no puede prescindir de un amor extraño. Quienes no hayan descanso ni en Dios ni en la historia se condenan a vivir para quienes, como ellos, no pueden vivir; para los humillados. El movimiento más puro de la rebelión se corona entonces con el grito desgarrador de Karamázov: ¡Si no se salvan todos, para que la salvación de uno solo!. Esta es la loca generosidad de la rebelión, que da sin demora su fuerza de amor y rechaza sin dilación la injusticia. Su honor consiste en no calcular nada y distribuir todo en la vida presente a sus hermanos vivientes. Así se muestra pródiga con los hombres futuros. La verdadera generosidad con el porvenir consiste en dar todo al presente. La rebelión demuestra con ello que es el movimiento mismo de
la vida y que no se puede negarla sin renunciar a vivir. Cada vez que resuena
su grito más puro hace que se levante un ser. Es, por lo tanto,
amor y fecundidad, o no es nada. La revolución sin honor, la revolución
del calculo que, prefiriendo un hombre abstracto al hombre de carne, niega
al ser todas las veces que es necesario, pone justamente al resentimiento
en el lugar del amor. Entonces, cuando la revolución, en nombre
del poder y de la historia, se convierte en ese mecanismo mortífero
y desmesurado, se hace sagrada una nueva rebelión en nombre de la
mesura y de la vida. Estamos en ese extremo. Al término de esta
tinieblas es inevitable, sin embargo, una luz que adivinamos ya y que sólo
tenemos que luchar para que sea. Más allá del nihilismo todos
nosotros preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo saben.
En la luz, el mundo sigue siendo nuestro primero y nuestro último amor. Nuestros hermanos respiran bajo el mismo cielo que nosotros; la justicia vive. Entonces nace la extraña alegría que ayuda a vivir y a morir y que en adelante nos negaremos a dejar para más tarde. Con ella, a lo largo de los combates, construiremos el alma de esta época y un Chile que no excluirá nada. En esta hora en cada uno de nosotros debe tener el arco para volver
a hacer sus pruebas y conquistar, en y contra la historia, lo que ya posee,
la magra cosecha de sus campos, el breve amor de esta tierra; en la hora
en que nace por fin un hombre hay que dejar la época y sus furores
adolescentes. El arco se quiebra, la madera cruje. En el máximo
de la tensión más alta va a surgir el impulso de una flecha
recta, del trazo más duro y más libre.
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