Pongamos que hablo de un amigo
(Textos tomado del libro 'Joaquín
Sabina, Perdonen la Tristeza', de Editorial Plaza y Janés)
Tomado de Reforma
Pongamos que hablo de un amigo
Por LOLITA
Cd de México, México.-Joaquín Sabina... tienes
apellido de sabia, de bruja buena y hada dislocada. Tienes varita
mágica y la usas sólo a veces. No he podido conocerte
lo suficiente (no como él), pero el tiempo quiere que lo
haga. Fuiste testigo mudo de la ausencia de mi alma, pero hablaste
cuando el triunfo se quedó a vivir dentro de ti.
Gracias por ellos, por tu música, por tu claridad cotidiana y porque aún nos queda mucho por vivir, como cantó Rosario.
Pongamos que hablo de un amigo que también tiene su boquete en el corazón.
Te quiere, Lolita.
El atleta de la medianoche
Cd de México, México.-Hace un
tiempo que no alterno con Sabina, no tengo edad. Pero la imagen
que me queda de aquellas madrugadas es la de Joaquín como
el negativo de Carl Lewis, rodeado de amigos que habíamos
perdido, por agotamiento, la posibilidad de seguirlo en las antimetas
que proponía la noche. Era cuando el Atleta de la Medianoche
más brillante, más activo, tomaba la última
curva peligrosa de los 50 con el whisky en la mano, un Ducados
en la boca, ¿o era un Habanos?, y pedía, con la
voz de lija del 7, una guitarra.
Joaquín Sabina es un atleta de madrugada que crea en todo momento y, lo mejor -el mu' maricón-, es que lo hace sin despeinarse. Antes, cuando su fama era sólo terrenal, prefería escribir cerca del infierno... Yo lo recuerdo en un burdel en México, D.F. con la Polaroid en los ojos, volcado sobre una cuartilla y lidiando, con la izquierda, a una señorita.
Me gusta Joaquín porque es muy generoso. Ahora se ha llevado el estadio a su casa, pero no corre con ventaja. Usa la misma pértiga que todos los demás y no escatima un soneto si puede servirte para hacer una canción.
Yo quiero mucho a este Ben Johnson tirillas y zascandil, y si su biógrafo no lo pone de puta madre, yo me cago en t'os sus muertos.
Sabina y Anibas
Cd de México, México.-Dice el
escritor peruano Julio Ramón Rybeiro que "todos tenemos
un doble en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil
porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario".
Es difícil encontrarlo
y más cuando se le busca, es cierto. En cambio, el doble
da contigo siempre que le viene en gana.
El doble es alguien que está en nosotros, dentro de nosotros,
y de vez en cuando se da a conocer, casi siempre para mayor gloria
del personaje oficial.
Y tú le amas y le abominas y él a ti.
Y él te niega y te reconoce y viceversa.
El doble suele ser ese íntimo enemigo que te recuerda desde el espejo el paso de los años y el rastro de los daños. Ese mamón que nos traspasa las resacas de sus borracheras y las deudas de sus excesos y sus incompetencias. El monstruo que no nos cabe bajo la piel y nos arrastra con él por la vida para mostrarnos la belleza de lo inútil, para que nos enteremos de cómo lo sublime y lo sórdido caminan por la vida de la mano.
El doble es el compañero
de viaje, el cómplice que siempre está del otro
lado, sea cual sea el lado en el que se encuentre uno.
Mi doble se llama Tarrés.
Vivimos, el uno del otro y por el otro, manteniendo una relación a caballo del socio y el contrario, conscientes y resignados ambos a la "innoble servidumbre de amar seres humanos, y la más innoble que es amarse a uno mismo", como dijo Jaime Gil de Biedma.
Sabina, en cambio, no tiene dobles.
Tiene muchos imitadores. Buscavidas que hacen suyos los defectos del Flaco al tiempo que carecen de sus virtudes.
Tiene también un interesante catálogo de sanguijuelas y fantasmas en nómina y con llave de la casa, que le suministran Peusec ilustrado, e incluso dispone de un eficiente y entregado servicio a domicilio que se ocupa de limpiar los vómitos, recoger los destrozos y reponer las carencias. También hay quien le ama sincera y ciegamente, pero dobles, lo que se dice dobles, no tiene.
Supongo que en algún tiempo los tuvo, como todo el mundo, pero se le acabaron. Algunos no pudieron seguirle el paso y se quedaron atrás.
Otros se le debieron caer de los bolsillos y los más se diluyeron en los caminos aceitosos por los que se arrastró nuestro héroe.
Amarse a sí mismo es la primera condición para tener un doble.
Tal vez por eso Sabina no los tiene.
Tal vez por eso o porque el tipo prefiere entreverarse con sus personajes, que no sus dobles, y confundirse con ellos viviendo vidas que él mismo construye y/o destruye, y a los que les hace sentir el rigor de su cotidiana muerte, lo cual provoca que, de vez en cuando, cansados de la caña que les da el Sabina, sus personajes se rebelen.
El otro día, en lo del Caco Senante, uno de ellos comentaba:
"... Este chico acabará muy mal... Tú, que eres amigo suyo, deberías hablar con él. Decirle que nos cuide un poco más...
... Que tome el sol, que tenemos un color que, vamos, parecemos Lázaro recién revivido...
... Y que coma a sus horas...
... Que no abuse, que con moderación todo es bueno... pero, ¡hostias!, el tío es que se pasa mucho...
... Y mucho rock and roll y mucha polla... pero los años no perdonan, amigo...
... Y luego están los modales... y el lenguaje... Coño, un poquito más de respeto... que hay cosas que son sagradas. Yo estoy de acuerdo con lo que dice, pero... leche, es la manera, ¿me entiendes...?
... Y... ¡Cómo nos viste...! ¡Joder...! Si parecemos 'periquito va de corto...' Debería cuidar la presencia... No sé qué quiere que le diga, pero, para un tipo de su edad, eso del bombín y el chaleco de colorines me parece un poco extremado...
... Y si en lugar de tanto putón se dedicase más a la familia otro gallo le cantaría... pero ya se sabe...
... En fin, ya lo dijo aquél: 'Cada quien es cada cual y baja las escaleras como quiere. ¡Salud, primo, y aúpa Atleti...!'".
Y soltó una carcajada cascada y se dio la vuelta encaminándose a la barra en donde le esperaban una rubia y una cerveza.
La evidencia de que la vida es un camino sin retorno en su caso es extremadamente clara, pero, qué coño, también los toreros mueren los domingos en la plaza y, puestos en plan taurino, Sabina consume tanta vida porque es un hombre que tiene mucha muerte.
Aunque también puede ser que Sabina no exista.
Si existiese se pondría el teléfono cuando lo llamo.
Lo más seguro es que el Sabina sea un invento mío, o, mejor dicho, el seudónimo de un tal Anibas que se inventó mi doble, para tener un sosia, que como el Tarrés se niegue a crecer y no tenga el ramalazo de maricón de Peter Pan. Un cómplice para sus correrías. Un compañero para llorarle en la solapa. Un colega del que aprender. Un bufón al que reírle las gracias. Un amigo con el que compartir el tequila de los solitarios. Un desnaturalizado que tampoco recuerde con exactitud la fecha de nacimiento de sus hijos.
Pero si Sabina no existe, ¿qué hacer, entonces, con toda esta ternura que guardo para Joaquín?