Ciudad de México

Entre cielo nublado y paredes grises, puertas y zaguanes pintados por las bandas del barrio, casi nadie se atreve a pasar por aquí, un rumbo tenebroso pero tranquilo, en la esquina un borrachito ya inconsciente abrazando un pomo vacío, la calle regada con basura de las vecindades cercanas, y en las banquetas sucias papeles y pancartas de los partidos políticos que siempre prometen una cuidad mejor. Así, y con algo de frío y goteras en los techos de la acera se describe una tarde de un callejón del Centro de la Ciudad de México. Y yo sentado en el piso de uno de los rincones, recargado en la pared tapizada de fotos del Ché en papel periódico, con mi cuaderno viejo, algunas notas, poemas, y una hoja en blanco. Y mientras yo empiezo a escribir se oyen gritos, en la esquina una anciana es asaltada, el borracho ni abre los ojos, y yo solo me agacho y me escondo dentro de mí hasta que termine el suceso. Sigo escribiendo y empieza a anochecer, sólo uno de los faroles se enciende, el ruido del tráfico de las calles aledañas empieza a desaparecer mientras se hacen presentes la soledad y el miedo. Un perro con cara de hambre camina hacia mí lentamente, tratando de encontrar abrigo y se acuesta cerca de mis piernas mientras se asoma por el portón de fierro de una vecindad el humo denso de la marihuana que están fumando tres chamacos que están perdidos en sus vuelos. Y empieza a hacer mas frío, empieza a lloviznar y algunas gotas despiertan al briago. Cierro mi cuaderno para que no se moje, me levanto dejando sin abrigo al perro, tomo un taxi y me voy tranquilamente a mi casa. Pero el briago, la anciana, los drogos, el asaltante, el perro... ¡Carajo!, ¿Ellos a donde van?.

Jack Fermón Schwaycer.



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