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Los días persiguiéndose |
5 de abril de 2007 Cielos barrocos
![]() Andalucía está en el barroco, cuadros con manos y con alas descienden de las nubes donde viven, grandes copones pasean sus dogmas de pan esponjado, lo alto se reparte en sus cofres, el pueblo se come las flores embellecidas de carne de la misma muerte. Sí, son los cielos barrocos que atracan en las calles, son sus ángeles vendimiadores que suenan a orquesta, son las pisadas de los dioses en su ceniza o en su aserradero como entre los relojes de sus palacios. El barroco quizá fue sólo una resistencia, una reacción, el último intento de apabullar al hombre, a través del arte, con la religión igual que con un gran mueble. El hombre cartesiano (¡el hombre moderno!) volvía a encontrar la razón, cuya crisis o desesperanza (la “desesperación” del hombre mediterráneo del siglo I, lo llamó Ortega) había propiciado que llegara el Cristianismo con toda la fuerza de la pura negación. Pero ante ese hombre nuevo, el barroco, el cielo estatuado que era lo barroco, estaba ahí para vestir, para encender a la religión, todavía, de otra manera, de su última manera. Andalucía está barroca, cada color, cada ramaje y cada lanza llegan al arriba de donde proceden, igual que entonces. Los Cristos y las Vírgenes lloran de estar pintados, los candelabros trepan por sus espaldas como salamandras bordadas, una riqueza de sombras y circunvoluciones panifica los misterios, quiere renovarlos y presentarlos en cenas. Y el hombre nuevo, con su razón de hombre (eso es la modernidad), calla o duerme, aun tan tarde, en la oscuridad del oro, en la trampa de lo bello, sobre las tumbas lacradas de los dioses. |