|
Los días
persiguiéndose |
29 de marzo de 2007 Fusilando No hay moral en la metáfora, sólo mala puntería para la sensación o para el brochazo. En cualquier caso, al que escribe le corresponde cargar con sus metáforas como con sus borracheras. Almudena Grandes dijo en Sevilla que “fusilaría” cada mañana a dos o tres voces que le “sacan de quicio”, y eso le quedó pobre como metáfora y ancho como cinismo. Fusilar voces quizá le sonaba a fusilar en efigie a los espíritus de cierta ideología igual que a sus uniformes en tendederos. Fusilar voces a lo mejor sólo era romper ese gramófono con el que suena la derecha, rajar en su casa el tambor que le machaca las sienes. Lo que ocurre es que, en alguien sin metáfora, fusilar se queda en fusilar como sus culos se quedan en agujeros. Es decir, que no hemos visto metáfora en la metáfora, que es lo peor que le puede ocurrir a un escritor. Entonces ya no hay ingenio, ni hay cinismo, ni hay provocación inteligente, sino que se diría que Almudena Grandes carga verdaderamente con el mosquetón y sólo tiene eso para ofrecer, como un cazo o un muñón de su pobre intelectualidad. Creo que se lo recuerdo a Ortega y Gasset, contar eso de que Baroja veía la trampa de la literatura en “llamar dátiles a los dedos”. Pero Almudena Grandes llama “fusilar” a “fusilar” y ahí no hay nada sino pereza y quizá ganas verdaderas de que algunos amanezcan con sombra de hierro en las paredes. Ha habido mucho jaleo con esas fotos porno-religiosas, ya ven, cuando uno creía que con Buñuel o Pasolini o Godard todo eso debería resultar ya viejo e inofensivo. ¿Habrá algo más manido que lo de épater les bourgeois? Bueno, quizá sólo el sentirse escandalizado, que es siempre el colmo de la inelegancia y de la inactualidad. Los escritores, aun los escritores sin arte, siguen intentando la provocación, con brillantez o con manazas, y eso no me escandaliza. Pero sí me da pena, y todavía más, miedo, el amago de una izquierda con canana, tanto como la derecha en sus cabalgadas con Dios y la Patria. No, aquí no hay que fusilar a nadie. Ni siquiera a las voces que mañanean su odio. Tampoco a los fotógrafos de las pollas de los santos ni a los novelistas de festival. Perdonemos las malas metáforas. Pero guardemos de una puta vez los fusiles y que los poetas saquen, si acaso, aquellas espadas suyas como labios. |