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Los días
persiguiéndose |
11 de enero de 2007 Pactos Los pactos no son ni buenos ni malos, que ahora parece que sólo los bribones y los traidores no pactan. Ha habido pactos para crear una raza de tanques igual que para recitarnos los Derechos Humanos, para las más pequeñas idioteces burocráticas o para una paz que quiere hacer del mundo un trozo de lapislázuli, pactos que son prorrateos y otros que son un himno de buenas intenciones. Los pactos parecen tener todos nombre de arcángel pero se cuelan ambiciones, intereses, propaganda, naderías, disimulos. Un pacto no nos asegura nada, salvo las ganas de algunos de sentarse un rato. Pactemos esto, vuelva usted a tal pacto, reúnase el otro, vuelva el consenso, queden las manos entrelazadas por ramos de margaritas. Los políticos están mimosos en su odio, pero yo no me fío nada del que viene arrastrándose sobre el vientre con una manzana en la boca o un muslo fuera. Ya tenemos experiencia de pactos que son prostibularios, domingueros o gastronómicos. El tan famoso Pacto por la justicia sólo era el reparto amigable de comisarios políticos en el gobierno de los jueces. El Pacto antitransfuguismo era un callarse todos y, si no, cambiar escrupulosamente un tránsfuga de un lado por el del otro. El Pacto por las libertades y contra el terrorismo ha sido una promesa de no hacer política con los muertos que se ha roto (se podría discutir por quién) cuando la carne arrojadiza ha resultado conveniente. El pacto del Estatuto ha sido un equilibrio entre mitologías sobre un texto hueco humidificado de grandilocuencias. Hay otros que son tonterías publicitarias, como el Pacto por el libro. Y luego, estos cinco (“del quinto no me acuerdo”) de Chaves, que querían cambiar el rodillo de la mayoría absoluta por la ocurrencia de trasladar el Parlamento a un casino, y mientras hacer tiempo en la mudanza. Cuidado, pues, con los pactos. Desde aquella serpiente de la Biblia como una bailarina, pasando por Fausto y llegando a Chaves, tienen rabo y candelas. |