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Los días
persiguiéndose |
26 de diciembre de 2006 El enemigo Sí, ha sido el año de Marbella, el gran rosetón de mierda que nos han subido al escenario unos horteras y unas folclóricas enamorados de la grifería de los bidés. Pero Marbella ya era vieja y sólida en sus maneras y ni Jesús Gil ni el cheque de Montaner son de esta cosecha de jirafas que nos ha sorprendido ahora. Tampoco en Marbella hacían nada que no se practicara en todo el ancho salvaje de Andalucía y de España, donde los PGOUs son botines piratas desde el primer trazo hasta la última comisión. Para que esto sea así, para que la corrupción sea costumbre y desenfado, hace falta una idílica combinación de leyes flojonas, jueces con otros asuntos, policía dormida en las cunetas y, sobre todo, una clase política que consiente, que se beneficia, que esconde y que marea. Nadie puede creer que Marbella llegó hasta el punto en que la hemos visto derrumbarse sobre sus heces sin una Junta de Andalucía que pasaba la mano por el lomo de las fieras que veían nacer y copular sin freno allí. Y ahora, y sólo cuando la opinión pública se ha escandalizado, lo que se les ocurre es ofrecer esos pactos para no cumplir que hacen ellos, esas escenificaciones de virginidad que tantas veces (¿recuerdan algo que llamaron pacto antitransfuguismo?) hemos visto desinflarse en la nada o arrojarse a la cara. Claro que hay soluciones, pero duelen, dejan damnificados y desmariscados, desllantan su financiación y no molan. Por eso buscarán parches y no tengo ninguna duda de que la nueva Ley del suelo será esto sin más valentías. Si fueran honrados y atrevidos alguien diría que habría que liberalizar todo el suelo, salvo el especialmente protegido por razones medioambietales. O, como ha propuesto alguien, que al menos las plusvalías de las recalificaciones revertieran de alguna manera en el propietario originario, con lo que se perdería la lascivia del pelotazo. Soluciones hay, lo que no sabemos es si hay ganas para ponerlas en marcha. Este enemigo, la corrupción, herencia de un país de cañizos y engañaciegos, se acuesta con todos y a todos compra. Pierdan toda esperanza, pues las leyes no las redactarán ángeles, sino los mismos que llevan haciéndose ricos con el prorrateo de España incluso desde antes de que el primer listo viera en el mar la forma de muchos cuartos de baño. |