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Los días
persiguiéndose |
20 de diciembre de 2006 Desayuno con diamantes La película Desayuno con diamantes perdió en el cine la fuerza del verbo de Truman Capote, pero ganó la cara de jaboncito de Audrey Hepburn y la partitura de Henry Mancini, que hizo una música para ser tocada por enamorados abandonados o gatos con frío (o quizá al revés). Es verdad que Chaves no tiene la carita de Audrey Hepburn, pero sí mucho de su historia en esta película que va de fiestas tristes y de esperanzas lánguidas. La joven Holly Golightly llegó del campo a la Gran Manzana y vivía de pedir para el tocador a los ricos con los que salía, al fin y al cabo una forma de prostitución aunque en el cine no enseñara más que su cuello como un cáliz. Curiosamente, Chaves también viene de una tierra pobre y legumbrona, nuestra Andalucía, y se va a las grandes ciudades y despachos de la UE a pedir fondos, subvenciones y propinas. Como en la película, es una manera falsa de tocar la riqueza sólo con la pluma del sombrero, sólo con un guante o sólo en un guateque. Luego, tras las noches decadentes, con soledad y con culpa, el desayuno frente al escaparate de Tiffany's le servía a la chica para soñar su futuro o para engañarse con que tenía un futuro, pues los diamantes engañan como los gatos, de los que hay tantos en esta película como anillos. Y sí, Chaves también mira joyas por detrás de cristales, soñándose dentro, y eso es lo que son para él estos eventos, internacionalidades, viajecitos de relumbrón, esto que realiza tan a menudo últimamente, una manera de quitarse la tristeza del pobre y del que amanece solo como un taxista. Ni la Alianza de Civilizaciones necesita a Chaves de ideólogo, de speaker o de tramoyista, ni la música de los chicos de Barenboim se perfuma con su presencia, ni por él la ONU va a dejar de ser un póster de Benetton. Pero Nueva York, donde el que llega parece siempre un marinero, es una ciudad sentimental y todos tenemos allí un símbolo o una rubia imaginaria. Chaves lo que quería era desayunar otra vez en Tiffany's, antes de volver a su pijama, a su gato y a su guitarra. |